El as en la manga
ELENA
El sótano del Palacio de Justicia es un laberinto de archivos muertos y humedad. Nos han encadenado a unas tuberías de calefacción oxidadas en una habitación que parece haber sido olvidada por el tiempo. Julian está sentado en el suelo, con la espalda contra el metal frío, respirando con dificultad. El golpe que le dieron en el estómago fue serio.
— ¿Estás bien? —le susurro. La oscuridad es casi total, solo interrumpida por una bombilla amarillenta que parpadea en el pasillo.
— He tenido días mejores, Russo —logra decir, aunque su voz suena forzada—. Pero Miller cometió un error.
— ¿Solo uno? Yo cuento como veinte.
— Me dejó las manos delante. Cree que porque soy "un hombre de reglas", no sé cómo romper un par de esposas. Pero tú... tú te ves demasiado tranquila.
Me permito una sonrisa cínica a pesar del miedo. Me muevo con cuidado, sintiendo el roce del cuero de mi bota contra el tobillo.
— Antes de salir de la cabaña, sabía que Sarah podía ser un punto débil. Así que hice algo que tú considerarías "altamente ilegal y procesable" —susurro, acercándome a él—. Tengo un micro-transmisor de alta frecuencia escondido en el tacón de mi bota. Está grabando todo. Y si mis cálculos no fallan, alguien ya está escuchando.
Julian abre los ojos de par en par.
— Elena... eso es espionaje ilegal. Ningún juez aceptará esa prueba.
— A la mierda el juez, Julian. Esto no es para el juicio. Es para que nos encuentren antes de que nos metan una bala en la cabeza.
JULIAN
La miro y, por un momento, olvido que estamos a punto de morir. Su audacia es lo que siempre me volvió loco. Mientras yo buscaba la ley, ella buscaba la supervivencia.
De repente, el sonido de pasos pesados se acerca. Pero no es el caminar pausado de Miller. Es alguien que corre. Un hombre aparece en el umbral de la puerta: es el Detective Marcus Thorne. Tiene la placa colgada al cuello y el arma desenfundada. Se ve sudoroso y fuera de lugar.
— Thorne —susurro, aliviado.
— Vane, maldita sea. Sarah me llamó desde un teléfono público. Estaba histérica —dice Thorne mientras saca una cizalla de su chaqueta—. Dijo que Miller los tenía. ¿Están heridos?
— Elena... eso es espionaje ilegal. Ningún juez aceptará esa prueba.
— Elena tiene un transmisor —le digo rápidamente mientras él corta mis cadenas—. Miller está arriba, preparándose para "limpiar" la escena. Thorne, si entramos ahora, lo tenemos.
— No podemos simplemente entrar, Julian —dice Thorne, ayudándome a levantarme—. Tiene a la mitad de la seguridad del edificio en su nómina.
Elena se pone en pie, frotándose las muñecas enrojecidas. Sus ojos brillan con esa chispa peligrosa que solo aparece cuando tiene un plan maestro.
— No necesitamos a la seguridad —dice ella, ajustándose el zapato—. Necesitamos a la prensa. Thorne, ¿puedes conectar mi señal de audio a la red wifi del tribunal?
— ¿Qué vas a hacer, Russo? —pregunto, aunque ya me imagino la respuesta.
— Voy a hacer que el Juez Miller se confiese ante su audiencia favorita: el público en vivo. Mientras él da su discurso de despedida, nosotros vamos a emitir su verdadera voz en cada pantalla del edificio.
Thorne sonríe de lado.
— Eso es un suicidio profesional para todos nosotros.
— Bueno —respondo, mirando a Elena y sintiendo que, por primera vez, estoy dispuesto a quemar el código penal por ella—, parece que es un buen día para dejar de seguir las reglas.