Cenizas y silencios
JULIAN
El silencio de mi apartamento es ensordecedor. No hay sirenas, no hay disparos, no hay gritos de fiscales indignados. Solo el sonido de la lluvia golpeando el cristal y el zumbido de la nevera.
Me quito la camisa blanca, ahora manchada de pólvora y sudor, y la tiro al rincón. Me miro en el espejo del baño: tengo un corte en la ceja y los nudillos pelados. Pero lo que más me duele no es el cuerpo, es la comprensión de que mi placa, mi despacho y mi reputación de "Fiscal de Hierro" se quedaron en aquel auditorio. He ganado el caso más importante de mi vida, y a cambio, lo he perdido todo.
Escucho un ruido en la sala. Elena.
Salgo y la encuentro de pie junto a la ventana, mirando hacia la calle oscura. Se ha quitado los tacones y lleva una de mis camisetas de algodón que le queda enorme. Se ve pequeña, vulnerable, despojada de su armadura de abogada agresiva.
— He revisado las noticias —dice ella sin volverse. Su voz suena rota—. Nos llaman héroes, Julian. Pero el Colegio de Abogados ya ha abierto un expediente por "métodos poco éticos". Mañana no tendremos despachos a los que volver.
— Lo sé —respondo, acercándome a ella lentamente.
— Diez años, Vane. Diez años construyendo una carrera para que terminara en un tiroteo y un video pirateado. —Se gira, y veo que sus ojos están secos, pero llenos de una fatiga infinita—. ¿Valió la pena?
ELENA
Julian se detiene a pocos centímetros de mí. Su pecho está desnudo, mostrando las cicatrices de una vida dedicada al deber, y su mirada es tan cálida que me asusta.
— Si me hubieras preguntado hace una semana, te habría dicho que no —dice él, con una sinceridad que me desarma—. Pero hoy... hoy he visto la verdad sin filtros. Y te he visto a ti.
Da un paso más, invadiendo mi espacio personal, ese que siempre defendí con sarcasmo y leyes.
— No tenemos carrera, Elena. No tenemos futuro claro. Pero estamos vivos. Y por primera vez en mi vida, no tengo que seguir un protocolo.
Su mano sube a mi cuello, sus dedos largos y fuertes acariciando la línea de mi mandíbula. Siento un escalofrío que no tiene nada que ver con el frío de la noche. La tensión que hemos acumulado durante una década —en tribunales, en cafeterías, en el sótano de Miller y en aquella cabaña— finalmente se vuelve insoportable.
— Julian... —susurro, pero no es una advertencia. Es una invitación.
— He pasado diez años intentando sacarte de mi cabeza, Russo —murmura él, acercando su frente a la mía—. Intentando convencer al mundo de que te odiaba cuando lo que realmente odiaba era lo mucho que te necesitaba para sentirme vivo.
Ya no hay argumentos. No hay objeciones. No hay "fuera de lugar".
Me pongo de puntillas y cierro la distancia. El beso es lento al principio, una exploración cautelosa de un territorio prohibido, pero rápidamente se transforma en algo feroz. Es la colisión de dos mundos que se han estado buscando mientras fingían destruirse. Mis manos se hunden en su cabello, y él me levanta con una urgencia que me hace olvidar quiénes somos y qué hemos perdido.
En este apartamento vacío, entre las cenizas de nuestras carreras, finalmente nos encontramos.