Parte 3: El Viaje
JULIAN
— Tenemos que irnos —digo, empezando a meter ropa en una mochila de forma desordenada—. Aethelgard tiene ojos en cada hotel de lujo y cada piso franco de la fiscalía. No podemos usar mis contactos.
Elena me agarra del brazo, deteniendo mis movimientos frenéticos. Su mirada ha vuelto a ser la de la abogada que nunca se rinde, pero con un matiz nuevo.
— Sé a dónde ir —dice ella con firmeza—. Hay un lugar donde el código de silencio es más fuerte que el miedo a la corporación. Un lugar donde un fiscal de distrito no duraría ni cinco minutos si no fuera conmigo.
— ¿De qué hablas, Russo?
— Vamos a mi antiguo barrio, Julian. A la casa de mi hermano. En los muelles del sur. Si Aethelgard quiere encontrarnos, tendrá que lidiar con gente que odia a los hombres trajeados tanto como yo te odiaba a ti en la universidad.
Me detengo y la miro. Es el plan más absurdo, peligroso y poco ortodoxo que he escuchado. Es decir, es un plan clásico de Elena Russo.
— Está bien —asiento, ajustando la mochila—. Pero si me pegan un tiro al bajar del coche, espero que tengas un buen discurso fúnebre preparado.
— No seas dramático, Vane. Solo intenta no usar palabras de más de tres sílabas y estarás bien.
Salimos por la escalera de incendios, dejando atrás nuestras vidas, nuestras leyes y el poco orden que nos quedaba, mientras el sonido de una sirena de policía empieza a acercarse a nuestro edificio. El juego acaba de subir de nivel.