Los secretos del muelle
JULIAN
A las tres de la mañana, el puerto de los muelles del sur cobra una vida diferente. No es la vida del comercio legal, sino la de las sombras. Mateo nos ha traído hasta un mirador escondido entre contenedores.
— Miren allí —señala Mateo hacia el muelle 47—. Esos camiones no tienen logos. Entran cada noche a las dos y salen antes de que salga el sol. Y los guardias... no son estibadores. Son paramilitares.
Saco mis binoculares. Los camiones llevan un pequeño sello en la esquina de la matrícula: un emblema discreto de una "A" estilizada dentro de un círculo.
— Aethelgard——susurra Elena a mi lado—. Julian, esos camiones no llevan materiales de construcción. Mira la suspensión. Van casi vacíos, pero se mueven con una escolta de tres coches.
— No llevan mercancía —concluyo, sintiendo un escalofrío—. Llevan servidores. O documentos.
— O personas —añade Elena—. Mateo, ¿a dónde van esos camiones después de salir del puerto?
— A la antigua planta de procesamiento de agua —responde Mateo—. Está abandonada desde los años 90. Pero hace un mes instalaron vallas eléctricas y cámaras térmicas.
Miro a Elena. La red de Miller era solo la punta del iceberg. El puerto de su infancia se ha convertido en el centro neurálgico de una operación de lavado de datos y dinero que escala hasta los niveles más altos del gobierno.
— Tenemos que entrar —digo, y esta vez, mi voz no tiene dudas—. Si conseguimos los manifiestos de esos camiones, tendremos los nombres de todos los accionistas de Aethelgard.
Elena me mira con una mezcla de orgullo y miedo.
—Vane, si estamos ahí, no habrá juez ni jurado que nos salve si nos atrapan.
— Lo sé —respondo, ajustando mi chaqueta—. Pero ya no soy un fiscal. Y tú ya no eres una abogada defensora. Somos el único veredicto que queda.