El pacto del diablo
ELENA
La planta de agua es una catedral de cemento y óxido. Nos movemos por las sombras, esquivando los haces de las cámaras térmicas, hasta que logramos entrar en lo que parece ser la sala de servidores central. El zumbido de las máquinas es constante, un latido electrónico que esconde los secretos más sucios de la ciudad.
— Julian, mira esto... —susurro, señalando una consola—. Están borrando registros en tiempo real.
— No si yo lo evito —responde él, conectando un dispositivo de extracción.
De repente, las luces de la sala se encienden, cegándonos. El zumbido de los servidores baja de tono y una voz pausada, elegante y carente de toda emoción resuena por los altavoces.
— Es fascinante ver cómo el orden y el caos finalmente han aprendido a bailar juntos.
De la oficina acristalada del segundo piso sale un hombre que parece sacado de la portada de una revista de negocios. No lleva armas. Solo una tablet en la mano. Es Adrian Thorne (sin parentesco con el detective), el abogado principal de Aethelgard Holdings. Su reputación es legendaria: nunca ha perdido un caso porque nunca permite que lleguen a juicio.
— Julian Vane. Elena Russo. —Adrian baja las escaleras con una calma insultante—. Los estábamos esperando.
Julian
Doy un paso al frente, ocultando a Elena detrás de mí por puro instinto, aunque ella me aprieta el brazo, lista para pelear.
— Se acabó el juego, Thorne —digo, manteniendo la voz firme—. Tenemos acceso a la red. Todo lo que Miller intentó ocultar está a punto de ser enviado a la prensa internacional.
Adrian suelta una risa corta y seca.
— ¿A la prensa? Julian, por favor. ¿Crees que nos importa un titular de un día? Nosotros somos los dueños del papel en el que se imprimen esas noticias.
Se detiene a tres metros de nosotros. Nos mira con una mezcla de curiosidad y lástima.
— Estoy aquí para ofrecerles una salida —continúa Adrian—. Julian, eres el mejor fiscal que ha tenido esta ciudad. Tu carrera no tiene por qué terminar en un sótano húmedo. Y tú, Elena... tu talento para encontrar debilidades en el sistema es desperdiciado en casos de poca monta.
— ¿Una salida? —escupo yo—. ¿Después de que intentaran matarnos?
— Eso fue un error de Miller. Él era... impulsivo. —Adrian desliza algo en su tablet y dos documentos aparecen en la pantalla gigante de la sala—. Aquí tienen. Contratos de consultoría internacional para Aethelgard. Siete cifras al año. Inmunidad total. Una vida de lujo en el extranjero.
Miro a Elena. Ella está mirando la pantalla, con los ojos entrecerrados.
— Solo hay una condición —añade Adrian, y su voz se vuelve gélida—. Solo hay una plaza disponible para "Socio Principal". El otro... bueno, el otro tendrá que asumir la culpa de todo el escándalo de Miller. Un sacrificio necesario para que el sistema siga funcionando.
Siento que la sangre se me congela. Es el movimiento maestro de un abogado despiadado: sembrar la traición en el corazón de la única alianza que nos mantiene vivos.
— Tienen cinco minutos para decidir —dice Adrian, dándose la vuelta—. ¿Quién de los dos va a salvarse y quién va a ir a prisión de por vida como el chivo expiatorio? Elijan bien. Después de todo, pasaron diez años intentando destruirse el uno al otro. ¿Qué es una traición más entre enemigos?
Elena
Miro a Julian. Él me mira a mí. El silencio en la sala de servidores es más pesado que el de la celda de Miller. Las palabras de Adrian flotan entre nosotros como un veneno.
Diez años de rivalidad. Diez años de querer ganar. Y ahora, el premio es la libertad de uno a costa de la destrucción del otro.
— Julian... —susurro, buscando algo en sus ojos grises.
Él no dice nada, pero su mano se cierra con fuerza sobre el dispositivo de extracción que contiene las pruebas. En este momento, no sé si está pensando en salvarnos... o en salvarse a sí mismo.