El arte del engaño
JULIAN
Miro a Elena. El silencio se estira como una liga a punto de romperse. Adrian nos observa desde el descanso de la escalera, con esa sonrisa de quien cree que ha ganado antes de empezar el debate.
— Acepto —digo. Mi voz suena fría, metálica. La voz del fiscal que no tiene alma.
Elena retrocede un paso, con los ojos muy abiertos.
— ¿Qué? Julian, ¿de qué demonios estás hablando?
— Lo siento, Russo —le digo, sin mirarla a la cara—. Pero Adrian tiene razón. Mi carrera, mi apellido... no voy a tirarlo todo por una causa perdida en los muelles. Siempre fuiste un cabo suelto.
Le doy la espalda. Siento su mirada clavada en mi nuca como un puñal de hielo. Camino hacia Adrian, dejando el dispositivo de extracción sobre una mesa de metal.
— Julian, no puedes hacerlo... —suplica ella, con la voz quebrada.
— Puedo y lo hago —sentencio. Llego frente a Adrian y le tiendo la mano—. Quiero el contrato de inmunidad firmado antes de que entregue la clave de encriptación de estos archivos.
Adrian suelta una carcajada triunfal.
— El instinto de supervivencia de los Vane nunca decepciona. Sabía que eras inteligente, Julian.
Él baja los últimos escalones y desbloquea su tablet para mostrarme el documento digital. Es el error que estaba esperando. Su arrogancia es su punto ciego.
ELENA
Veo a Julian estrechar la mano de Adrian. Mi corazón late tan fuerte que temo que Adrian lo escuche. Mantén el papel, Elena. Mantén el papel.
— ¡Eres un maldito cobarde, Vane! —grito, lanzándome hacia él con una furia fingida que se siente demasiado real—. ¡Te odio! ¡Siempre te he odiado!
Los guardias de la entrada se tensan, pero Adrian les hace una seña para que se detengan. Disfruta del espectáculo. Disfruta viendo cómo la "abogada rebelde" se desmorona.
Me estrello contra Julian, golpeando su pecho con los puños. Él me sujeta por las muñecas, fingiendo contenerme, pero en ese breve contacto físico, sus dedos presionan mi piel con un código que solo nosotros conocemos: tres pulsaciones cortas. Prepárate.
En ese instante, Julian hace un movimiento brusco. No me empuja a mí. Usa su cuerpo como escudo para tapar la visión de los guardias mientras, con un movimiento de prestidigitador que aprendió de los peores criminales que ha procesado, le arrebata la tablet a Adrian de las manos.
—¡AHORA! —ruge Julian.
JULIAN
No le doy tiempo a reaccionar. Le propino un cabezazo a Adrian que lo manda directo al suelo. Elena, con una agilidad felina, no pierde ni un segundo: saca un pequeño dispositivo de interferencia que le robó a Mateo y lo estampa contra la consola central de los servidores.
— ¡Julian, la salida trasera! —grita ella, recuperando el dispositivo de extracción mientras yo guardo la tablet de Adrian bajo mi chaqueta.
Los guardias abren fuego. Las balas rebotan contra las carcasas de metal de los servidores, provocando una lluvia de chispas y alarmas ensordecedoras.
Corremos por el pasillo de servicio, esquivando el humo. Adrian grita desde el suelo, su voz de caballero elegante convertida en un chillido de rabia:
— ¡MÁTENLOS! ¡NO DEJEN QUE SALGAN CON ESA TABLET!
Llegamos a la puerta metálica. Julian la patea y salimos a la lluvia torrencial del puerto. El coche de Mateo nos espera con las luces apagadas al final del callejón.
— ¿Lo tenemos? —pregunta Elena, jadeando mientras subimos al coche y Mateo arranca quemando neumáticos.
Saco la tablet. La pantalla sigue encendida, mostrando el acceso de administrador a las cuentas de Aethelgard.
— Tenemos más que eso, Russo —respondo, sintiendo la adrenalina quemarme las venas—. Tenemos sus nombres. Todos ellos.
Miro a Elena. Ella está sonriendo, a pesar del sudor y la sangre en su labio.
— Actuaste muy bien allá dentro, Vane. Por un segundo, casi me lo creo.
— ¿Solo por un segundo? —le devuelvo la sonrisa, acercándome a ella mientras el coche se pierde en la oscuridad de los muelles—. Tendrás que esforzarte más para leerme el pensamiento la próxima vez.