Mi enemigo favorito

Capitulo 19

Señal de muerte

ELENA

El neón parpadeante del cartel del "Blue Rest Motel" tiñe la habitación de un azul eléctrico y enfermizo. Huele a tabaco rancio y a desinfectante barato, pero es el único lugar a cincuenta kilómetros del puerto donde no piden identificación.

— Ponla sobre la mesa, Julian —digo, arrojando mi chaqueta empapada sobre una silla desvencijada.

​Él saca la tablet de Adrian Thorne. La pantalla brilla con una frialdad tecnológica que desentona con las paredes desconchadas del motel. Mis dedos vuelan sobre el cristal, intentando penetrar las capas de encriptación.

— Es una mina de oro —susurro, sintiendo un escalofrío—. Cuentas en las Islas Caimán, contratos con el Ministerio de Defensa, registros de sobornos a tres jueces del Tribunal Supremo... Miller era un principiante comparado con esto.

— Elena —la voz de Julian suena tensa, demasiado tensa—. Mira la esquina superior derecha.

Me quedo helada. Un pequeño icono de un satélite parpadea en rojo rítmicamente. No es una notificación de red. Es un protocolo de seguridad activo.

— Un rastreador GPS de grado militar —digo, sintiendo que el estómago se me cae a los pies—. Está integrado en el hardware, no en el software. No puedo apagarlo con un código.

— ¿Cuánto tiempo llevamos aquí? —pregunta Julian, desenfundando su arma y caminando hacia la ventana para mirar a través de las lamas de la persiana.

​— Diez minutos.

— Entonces ya están aquí.

JULIAN

Fuera, el sonido de la lluvia es constante, pero hay algo más. Un motor diesel que se detiene a la entrada del motel. No hay luces, no hay sirenas. Solo sombras moviéndose con una precisión que no pertenece a la policía local.

​— Russo, apaga la luz —susurro, pegándome a la pared junto a la puerta.

​El clic del interruptor deja la habitación en una penumbra azulada por el neón exterior. Escucho el crujido de la grava bajo unas botas tácticas. Son profesionales. El "equipo de limpieza" de Aethelgard no viene a arrestarnos; vienen a recuperar su propiedad y a borrar cualquier rastro de nosotros.

​— La tablet es el cebo —dice Elena, acercándose a mí en la oscuridad. Su respiración es agitada pero controlada—. Si la dejamos aquí y corremos...

— No —la interrumpo, agarrando su mano—. Si la dejamos, ganan. Tenemos que sacar la información y destruir el hardware antes de que entren. ¿Cuánto necesitas?

— Dos minutos para subir el último bloque de archivos a la nube de Thorne —responde ella, volviendo a la mesa mientras la luz de la tablet ilumina su rostro decidido.

​De repente, el cristal de la ventana estalla. Una granada de gas lacrimógeno rueda por el suelo, siseando un humo blanco y denso que nos quema los pulmones al instante.

— ¡Elena, al suelo! —grito, disparando dos veces hacia la puerta justo cuando la madera cede bajo un ariete.

El caos estalla en el pequeño cuarto de motel. El sonido de los disparos es ensordecedor en el espacio cerrado. Veo a Elena toser violentamente, aferrada a la tablet mientras la barra de carga avanza con una lentitud agónica: 92%... 95%...

​— ¡Vete al baño, cúbrete! —le ordeno, devolviendo el fuego contra las siluetas que intentan entrar por la brecha de la puerta.

Siento el impacto de una bala en mi hombro, un golpe de calor seco que me hace trastabillar. Pero no puedo caer. No ahora. Miro hacia atrás y veo a Elena cerrar la tablet con un golpe seco.

​— ¡Listo! ¡Está arriba! —grita ella, con los ojos llorosos por el gas.

​— ¡Rómpela! ¡Ahora! —le rujo.

Ella estampa la tablet contra la esquina de la bañera de porcelana y luego dispara un tiro directo al procesador central. El parpadeo rojo del GPS muere instantáneamente. Estamos a oscuras, rodeados de gas y asesinos, y por primera vez en diez años, el Fiscal de Hierro y la Abogada Rebelde no tienen un plan de escape. Solo se tienen el uno al otro.




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