Combustión espontánea
ELENA
El gas lacrimógeno me desgarra la garganta. No puedo ver a Julian, solo escucho sus disparos rítmicos, contestando al fuego que entra por la puerta destrozada. Mis dedos palpan la pared del baño, buscando desesperadamente la llave de paso que vi al entrar.
— ¡Julian! —grito, tragando humo—. ¡La tubería del calentador es de cobre viejo! ¡Si la rompo, este lugar volará en pedazos!
— ¡Hazlo! —ruge él desde la habitación. Escucho el chasquido de su cargador vacío tocando el suelo—. ¡No nos queda otra salida!
Saco mi arma y, apuntando al codo de la tubería que alimenta el pequeño calentador de agua, disparo dos veces. El metal se quiebra y un silbido agudo inunda el baño. El olor a gas metano es instantáneo, pesado y letal.
— ¡Ven aquí! —le ordeno.
Julian entra al baño tambaleándose, sujetándose el hombro ensangrentado. Sus ojos están rojos, inyectados en sangre por el gas, pero su agarre en mi brazo es de hierro.
— En cuanto la chispa salte, la onda expansiva nos lanzará hacia atrás —dice él, pegando su espalda a la pared de ladrillos del fondo—. Tenemos que saltar por la ventana del tragaluz en el segundo exacto.
JULIAN
Fuera, los hombres de Aethelgard gritan órdenes. Han dejado de disparar. Huelen el gas. Saben que el tablero ha cambiado.
— ¡Vane, no seas estúpido! —la voz de uno de los mercenarios resuena desde el pasillo—. ¡Si enciendes eso, morirán con nosotros!
Miro a Elena. Ella sostiene un encendedor de plástico barato que le robó a Mateo. Sus manos tiemblan, pero su mirada es de una determinación absoluta. Es la mujer más peligrosa que he conocido, y la única que amo.
— A la de tres, Elena —susurro, rodeándola con mi brazo sano para protegerla con mi cuerpo.
— Uno. —Ella coloca el pulgar sobre la rueda del encendedor.
— Dos. —Apoyo mi pie en el borde de la bañera, listo para impulsarnos hacia el pequeño tragaluz de cristal reforzado.
— ¡Tres! —grita ella.
El "clic" del encendedor es el sonido más fuerte que he oído nunca.
La explosión no es un estruendo, es un rugido naranja que devora el oxígeno en un milisegundo. La pared del frente desaparece. Siento una fuerza invisible golpeándome el pecho, elevándonos. El cristal del tragaluz estalla hacia afuera mientras nosotros volamos a través de él, envueltos en una bola de fuego que ilumina la noche lluviosa.
ELENA
Caemos sobre el techo de un cobertizo de madera que cede bajo nuestro peso, amortiguando la caída antes de rodar hacia el barro frío del bosque que rodea el motel.
Me duele todo. El aire frío de la noche quema mis pulmones calientes. Me doy la vuelta, escupiendo tierra, y veo el motel: el ala donde estábamos es un esqueleto en llamas. Las sirenas de los bomberos y la policía local empiezan a sonar a lo lejos, alertadas por el estallido.
— Bienvenido al club de los fugitivos, Vane —respondo, arrastrándome hacia él para ayudarlo a levantarse—. Pero no podemos quedarnos a ver el fuego. Los hombres de Aethelgard que sobrevivieron estarán buscándonos entre los escombros en menos de cinco minutos.
Nos adentramos en la espesura del bosque, dejando atrás el incendio. No tenemos coche, no tenemos armas cargadas y el hombro de Julian necesita puntos de sutura urgentes. Pero mientras caminamos bajo la lluvia, siento una extraña libertad.
Ya no hay tribunales. No hay leyes que nos aten. Solo somos dos sombras contra un imperio.