Mi enemigo favorito

Capitulo 21

Carne y acero

ELENA

​El frío del bosque se nos mete en los huesos, pero el calor que emana del hombro de Julian es alarmante. Está ardiendo. Lo arrastro como puedo, con su brazo sano rodeando mi cuello, hasta que vislumbramos una estructura de madera podrida entre los pinos. Una cabaña de cazadores, abandonada hace décadas.

— Casi llegamos, Vane. No te atrevas a desmayarte ahora —le gruño, aunque mi voz tiembla.

​— No me... desmayo —balbucea él, con la frente perlada de sudor frío—. Solo estoy... analizando la jurisprudencia de morir en un bosque.

Lo tumbo sobre una mesa de madera polvorienta. El olor a moho y sangre llena el espacio. Registro los estantes con desesperación: una botella de whisky barata a medio terminar, unos trapos viejos y un cuchillo de caza oxidado pero afilado.

​— Julian, la bala sigue dentro. Está presionando una arteria. Si no la saco ahora, entrarás en choque hipovolémico antes del amanecer.

Él abre los ojos, desenfocados por el dolor, y asiente.

— Hazlo, Russo. Confío en ti más que en cualquier cirujano con licencia.

JULIAN

El mundo se reduce al círculo de luz de una vela que Elena ha encendido. La veo verter el whisky sobre el cuchillo y luego sobre mi herida. El fuego líquido me arranca un grito que se ahoga en mi garganta.

​— Muerde esto —me dice, metiéndome un trozo de cuero de mi propio cinturón entre los dientes.

Siento el metal frío entrando en mi carne. Es un dolor agudo, eléctrico, que me nubla la vista. Elena está concentrada, con el rostro manchado de hollín y una lágrima solitaria surcando su mejilla, pero sus manos... sus manos son firmes. La abogada que desmantelaba mis argumentos con precisión quirúrgica está ahora desmantelando el daño en mi cuerpo.

— Ya casi... la tengo —susurra ella, con los dientes apretados.

Un tintineo metálico resuena al caer la bala en el suelo de madera. El alivio es instantáneo, seguido de una debilidad abismal. Elena presiona la herida con los trapos empapados en alcohol, vendándome con tiras de su propia camisa.

ELENA

Termino de anudar el vendaje y me desplomo en el suelo, junto a la mesa. Mis manos no dejan de temblar. El silencio de la cabaña es pesado. Julian respira con dificultad, pero el color empieza a volver a su rostro.

​— Lo lograste —murmura él, estirando su mano sana para rozar mis dedos.

​— Nunca vuelvas a hacerme eso, Vane —le respondo, apoyando mi cabeza contra la madera de la mesa—. No estoy lista para ser una viuda antes de ser una novia legal.

​Él suelta una risa débil que termina en un quejido.

— ¿Me estás proponiendo matrimonio en una choza llena de excremento de rata, Russo? Qué poco profesional.

— Cállate y duerme. Yo haré la primera guardia.

​Me siento junto a la puerta, con el arma de Julian en mi regazo. Miro hacia la oscuridad del bosque. Sé que el equipo de Aethelgard no se ha rendido. La explosión del motel solo les dio una razón más para eliminarnos. Pero mientras miro a Julian dormir, me doy cuenta de que ya no me importa el despacho, ni el prestigio, ni la ley.

Solo me importa que el hombre en esa mesa siga respirando.




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