El rugido del puerto
ELENA
El sonido de las ramas quebrándose afuera se vuelve rítmico. Cuento al menos seis hombres rodeando la cabaña. El láser rojo de una mira telescópica recorre la pared de madera, buscando un hueco entre los tablones. Julian sigue sumido en un sueño inquieto, su respiración es un silbido tenue.
— Julian, despierta —le susurro, cargando el arma—. Tenemos compañía.
Justo cuando el primer hombre pone un pie en el porche, un estruendo ensordecedor sacude el bosque. No es un disparo. Es el claxon bitonal de un camión de carga pesada.
De la penumbra del bosque emergen dos enormes camiones de transporte de contenedores, abriéndose paso entre los pinos jóvenes como bestias de acero. Sus luces de largo alcance ciegan a los mercenarios de Aethelgard, dejándolos como ciervos frente a los faros.
— ¡POR EL PUERTO! —grita una voz que reconocería en medio de un huracán.
JULIAN
El ruido me saca del delirio. Me obligo a sentarme, aunque el dolor en mi hombro se siente como si alguien estuviera clavando un clavo al rojo vivo. Elena está en la ventana, con los ojos brillando de una forma que no había visto nunca.
— ¿Qué está pasando? —logro articular.
— Es mi hermano, Julian. Y ha traído a sus amigos.
Miro por la rendija. Mateo salta desde la cabina de uno de los camiones empuñando una escopeta de repetición. Detrás de él, una docena de hombres con chaquetas de cuero y linternas potentes empiezan a rodear a los asesinos de la corporación. No son soldados entrenados, pero se mueven con la furia de quienes han sido pisoteados por gente como Miller y Thorne durante toda su vida.
— ¡Vane! ¡Elena! —ruge Mateo, disparando al aire para dispersar a un mercenario que intentaba flanquear la cabaña—. ¡Muevan el trasero! ¡No podemos aguantar este perímetro mucho tiempo!
ELENA
Ayudo a Julian a levantarse. Está pálido y tambaleante, pero sus ojos han recuperado esa claridad cortante del fiscal que no acepta una derrota.
Salimos de la cabaña justo cuando el bosque se convierte en un campo de batalla de sombras y destellos de pólvora. Mateo nos cubre, disparando con una precisión aterradora mientras nos dirigimos a la cabina del camión principal.
— ¡Súbelo! —me grita Mateo, entregándome una pistola adicional—. ¡Sácalo de aquí! Nosotros nos encargaremos de que estos perros no los sigan.
— Mateo, van a llamar a refuerzos aéreos —advierte Julian, apoyado contra la puerta del camión—. Aethelgard no se detendrá ante unos estibadores.
Mateo me mira y luego a Julian. Por primera vez, no veo odio en sus ojos hacia el fiscal, sino un respeto amargo.
— Pues que vengan —dice Mateo con una sonrisa feroz—. Este es nuestro terreno ahora. El puerto nunca olvida a los suyos, Elena. Llévalo al almacén de la calle 12. Allí está Thorne con los federales que aún son limpios.
Subo a la cabina y arranco el motor. El camión ruge bajo mis pies, una fuerza bruta que nos da una oportunidad que no teníamos hace diez minutos. Miro por el retrovisor mientras nos alejamos: Mateo y sus hombres se funden con la oscuridad del bosque, enfrentándose a la corporación con nada más que su valor y el deseo de justicia.
— Julian —digo, pisando el acelerador y atravesando la maleza—. Tu padre quería que estuviéramos separados. Pero acaba de cometer el error de unir a la gente que no tiene nada que perder.
Julian se recuesta en el asiento de cuero, apretando su vendaje.
— Entonces —murmura él—, asegurémonos de que pierdan hasta el último centavo de su imperio.