El espectro en la máquina
ELENA
El almacén de la calle 12 es una catedral de sombras y metal frío. El detective Thorne nos espera en una oficina elevada, rodeado de pantallas y cables. Julian está sentado en una silla de metal, envuelto en una manta térmica, con el rostro hundido en las sombras mientras Thorne le limpia la herida.
— Lo logré, Julian —susurro, sin despegar la vista de la tablet de Adrian Thorne—. El último bloque de datos se ha desencriptado.
Él levanta la cabeza. Hay una fatiga en sus ojos que va más allá de la pérdida de sangre.
— ¿Qué es? ¿Cuentas bancarias? ¿Nombres de senadores?
— No —respondo, sintiendo un nudo en el estómago—. Es un archivo de video. Etiquetado como "Seguro de Vida - Proyecto Puerto 2016".
Presiono play. La imagen es granulada, grabada por una cámara de seguridad oculta en un despacho de lujo. Aparecen dos hombres. Uno es el Juez Miller, diez años más joven. El otro... el otro hace que Julian se ponga en pie de un salto, ignorando el dolor del hombro.
— Padre... —murmura Julian.
JULIAN
En la pantalla, mi padre, el "honorable" Magistrado Vane, no parece un hombre de leyes. Sostiene un arma con una frialdad que me hiela la sangre. Frente a él, de rodillas, está un hombre joven, un líder sindical del puerto que yo recordaba vagamente haber visto en los periódicos de mi juventud.
"— No puedes detener el progreso, muchacho —dice mi padre en el video. Su voz es la misma que usaba para leerme cuentos de niño—. Aethelgard necesita este puerto. Y yo necesito que tú guardes silencio".
El disparo es seco. Limpio. Mi padre guarda el arma y mira directamente a la cámara oculta, como si supiera que algún día, alguien —probablemente Miller— usaría eso para chantajearlo.
"— Límpienlo —ordena mi padre—. Y asegúrense de que el expediente caiga en la mesa de un fiscal novato que sepa seguir órdenes".
El video se corta. El silencio en el almacén es absoluto, solo roto por el goteo de agua de una tubería lejana. Miro a Elena. Ella tiene la mano sobre la boca, con los ojos llenos de una compasión que no puedo soportar.
— El fiscal novato... —digo, y mi voz suena como si viniera de otro planeta—. Fui yo. Mi primer caso importante. La muerte de ese líder sindical. Mi padre me dio el expediente y me dijo que era un ajuste de cuentas entre bandas.
— Julian, no lo sabías —dice Elena, acercándose y rodeándome con sus brazos—. Te usó para enterrar su propio crimen.
— No solo eso, Russo —respondo, apartándome suavemente mientras la rabia empieza a sustituir al shock—. Te usó a ti también. Él sabía que tú eras la única abogada con suficiente garra para investigar, así que se aseguró de que nos odiáramos. Si estábamos ocupados peleando el uno contra el otro en los tribunales, ninguno de los dos miraría hacia arriba. Hacia él.
ELENA
Julian camina hacia la ventana, mirando la ciudad que siempre creyó estar protegiendo. Su mundo se ha derrumbado, pero en lugar de quebrarse, algo en él se ha endurecido. Ya no es el hijo que busca aprobación; es el fiscal que busca justicia, incluso si el acusado lleva su propio apellido.
— Thorne —dice Julian, girándose hacia el detective con una mirada gélida—. ¿Puedes rastrear la ubicación actual de mi padre?
— Está en la finca de la montaña —responde Thorne, revisando su terminal—. Bajo protección de seguridad privada... de Aethelgard.
Julian se ajusta el vendaje y recoge su arma de la mesa.
— Se acabó el esconderse. Elena, Thorne... vamos a ir a esa finca. No voy a dejar que Miller sea el único que pague por esto. Mi padre escribió la ley de esta ciudad con sangre, y hoy voy a ser yo quien dicte su sentencia.
Miro a Julian y asiento. La rivalidad de diez años no fue un error del destino; fue una distracción orquestada por el hombre que más debía protegerlo.
— Entonces vamos —digo, cargando mi propia arma—. Tenemos un legado que quemar.