La herencia de las cenizas
JULIAN
La finca de la montaña está en silencio, una calma artificial que me eriza la piel. Las luces de seguridad bañan los jardines perfectamente podados, pero no hay guardias a la vista. Thorne y Elena avanzan a mis costados, moviéndose con la cautela de quienes saben que han entrado en una jaula.
— Las cámaras están desconectadas —susurra Elena, bajando su arma un milímetro—. Julian, esto no es seguridad. Es un escenario preparado.
Llegamos a las grandes puertas de roble del estudio de mi padre. El olor a tabaco de pipa y papel viejo se filtra por las rendijas. Empujo la puerta y lo veo.
Mi padre, el Magistrado Arthur Vane, está sentado tras su escritorio de caoba, sirviéndose un brandy con una mano que no tiembla. Luce impecable, como si acabara de salir de una audiencia en el Tribunal Supremo.
— Llegas tarde, Julian —dice, sin levantar la vista—. Y has traído a la señorita Russo. Siempre supe que ella sería tu perdición, o tu redención.
— Se acabó, padre —mi voz suena extraña, despojada de la reverencia que le tuve durante treinta años—. Tenemos el video. Tenemos los registros de Aethelgard. Vas a venir con nosotros y vas a confesar cada uno de tus crímenes.
ELENA
Arthur Vane levanta la mirada y nos dedica una sonrisa gélida, la misma sonrisa que Julian heredó pero que usa para la justicia. Arthur la usa para el poder.
— ¿Confesar? —Arthur suelta una risotada seca—. Julian, hijo... ¿crees que construí este imperio para dejar que un fiscal de medio pelo y una abogada de barrio lo derriben con un archivo digital?
Se levanta y camina hacia el ventanal que domina la ciudad.
— Aethelgard ya no me necesita. Y yo ya no necesito este mundo. Adrian Thorne ya se ha ido, llevando consigo lo que queda de la empresa. Yo soy el único cabo suelto que queda... junto con ustedes.
Escucho un pitido rítmico, casi imperceptible, que viene de debajo del escritorio. Mi corazón se detiene.
— Julian... —susurro, retrocediendo hacia la puerta.
— He instalado trescientos kilos de explosivo plástico en los cimientos de esta casa —dice Arthur, volviéndose hacia nosotros con una calma aterradora—. En tres minutos, el apellido Vane será una leyenda, no una mancha en un expediente judicial. Prefiero arder con mis secretos que ver cómo los arrastras por el fango de un tribunal público.
JULIAN
— ¡Estás loco! —ruge Thorne, lanzándose hacia el escritorio para buscar el detonador.
— El detonador es mi pulso, detective —Arthur levanta su mano izquierda, mostrando un sensor biométrico pegado a su muñeca—. Si mi corazón se detiene, la casa explota. Si intento quitármelo, la casa explota. Y si el temporizador llega a cero... bueno, ya saben el resultado.
Miro a mi padre. No hay rastro del hombre que me enseñó a leer. Solo hay un monstruo que prefiere el aniquilamiento a la rendición.
— Tienen dos minutos para correr —dice Arthur, sentándose de nuevo en su silla—. Yo me quedaré aquí, viendo cómo se pone el sol sobre mi ciudad por última vez. Julian, vete. Llévate a la chica. Es lo último que haré por ti como padre.
Elena me agarra del brazo, tirando de mí hacia la salida.
— ¡Julian, tenemos que irnos ya! ¡Thorne, muévete!
— No puedo dejarlo así —digo, clavado en el sitio.
— ¡No hay juicio para un muerto, Julian! —me grita Elena, obligándome a mirarla—. ¡Si te quedas, él gana! ¡Si sobrevives, tú escribes la historia!
Miro a mi padre una última vez. Él cierra los ojos, esperando el final con una arrogancia que me asquea. Agarro a Elena de la mano y empezamos a correr por el pasillo infinito de la mansión.
90 segundos.
Atravesamos el vestíbulo, saltando por la terraza acristalada mientras el pitido se acelera, convirtiéndose en un lamento constante que resuena en toda la montaña.
45 segundos.
Corremos hacia el bosque, con los pulmones ardiendo y el miedo mordiéndonos los talones. Thorne va delante, abriendo camino. Justo cuando alcanzamos la linde de los árboles, el mundo se vuelve blanco.