Mi enemigo favorito

Capitulo 26

El testamento digital

ELENA

El estruendo de la explosión todavía me retumba en los huesos. Desde la linde del bosque, vemos cómo la mansión Vane se convierte en una pira funeraria de mármol y humo negro. Julian está de rodillas, mirando las llamas con una expresión que no puedo descifrar. Ha perdido su nombre, su hogar y su pasado en un solo segundo.

— Julian... —me acerco y le pongo una mano en el hombro.

Él no se mueve, pero su voz suena más firme de lo que esperaba.

— Se ha ido. Todo lo que creía saber sobre mi familia se ha convertido en cenizas.

— No todo —digo, sacando un pequeño dispositivo de mi bolsillo. Es un escáner de proximidad que conecté a la tablet antes de que todo volara—. Mientras tú hablabas con él, Thorne y yo sabíamos que no saldría vivo. Logré clonar la frecuencia de su sensor biométrico.

Julian me mira, confundido.

— ¿El sensor de su pulso? Pero si su corazón se detuvo, el sensor murió.

— No el sensor, Julian. La "llave de hombre muerto". Arthur Vane era un narcisista. Sabía que si él caía, querría llevarse a sus socios con él. Este dispositivo emula su firma digital. Es la llave de una caja fuerte virtual que Aethelgard no puede borrar. Contiene la ruta de huida de Adrian Thorne.

Julian se pone en pie, limpiándose el hollín de la cara. El dolor de su hombro parece haber quedado en segundo plano frente a la adrenalina.

— ¿Dónde está, Elena?

Consulto la pantalla. Un punto parpadea con una urgencia eléctrica.

— Está en el aeródromo privado de North Point. Su jet tiene permiso de despegue en cuarenta minutos. Si no llegamos ahora, desaparecerá para siempre y nosotros cargaremos con la culpa de la muerte de tu padre.

JULIAN

​Miro el resplandor de la mansión por última vez. La policía y los bomberos estarán aquí en minutos, y seremos los principales sospechosos de un parricidio. No hay tiempo para duelos.

— Thorne, ¿puedes sacarnos de aquí sin que nos detecten los drones de la policía? —pregunto al detective, que está vigilando la carretera con binoculares térmicos.

​— Conozco los caminos de servicio de la montaña, Vane —responde Thorne, ajustándose el chaleco—. Pero una vez que lleguemos al aeródromo, estaremos solos. Es territorio privado de Aethelgard. No habrá refuerzos.

​— No los necesitamos —respondo, mirando a Elena—. Tenemos la verdad, y tenemos el código.

​Subimos al maltrecho coche de Thorne. La huida ha terminado. Ahora es el momento del cierre.




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