Mi enemigo favorito

Capitulo 27

El último despegue

JULIAN

El aeródromo de North Point es una franja de asfalto iluminada en medio de la nada. Un Gulfstream G650 espera con los motores encendidos, el ruido de las turbinas ahogando cualquier otro sonido. A través de los binoculares, veo a Adrian Thorne subiendo por la escalerilla, seguido de dos hombres con maletines.

— No va a llegar a la pista —digo, sintiendo una calma glacial.

​— ¿Cuál es el plan, Vane? —pregunta Elena, revisando su última revista de munición—. ¿Entramos disparando o usamos tu famosa elocuencia?

​— Vamos a usar la ley de Arthur Vane —respondo, mostrándole la tablet—. Elena, usa la llave digital. Bloquea el sistema de navegación del avión desde el servidor de tierra. Haz que crean que hay una falla crítica en el motor.

Elena sonríe. Es esa sonrisa que me dice que vamos a ganar, o a morir intentándolo.

— A la orden, Fiscal.

ELENA

​Mis dedos vuelan sobre la pantalla. El acceso es total. Arthur Vane realmente tenía el control de todo.

— Sistema de navegación... interceptado. Cerrando válvulas de combustible en tres, dos, uno...

Las turbinas del jet emiten un gemido agudo y mueren de golpe. El silencio que sigue es sepulcral. Vemos a Adrian Thorne salir a la plataforma del avión, gritando órdenes a sus pilotos, confundido y furioso.

— Es ahora —susurro.

Salimos de las sombras, caminando por la pista iluminada por las luces de balizaje. Julian va en el centro, con el abrigo largo ondeando al viento, pareciendo el ángel vengador que siempre debió ser. Adrian se queda paralizado al vernos.

​— ¡Vane! —grita Adrian, bajando los escalones—. ¡Deberías estar muerto! ¡Tu padre se encargó de eso!

— Mi padre cometió muchos errores, Adrian —responde Julian, sin dejar de caminar—. Pero el mayor fue creer que yo era como él.

Los guardias de Adrian desenfundan, pero Thorne y yo ya tenemos los puntos rojos de nuestras miras láser en sus pechos.

​— Bajen las armas —ordeno con una voz que no admite réplicas—. Esta zona está bajo vigilancia federal digital. Cada palabra que digan está siendo transmitida a la nube de la Interpol.

Julian se detiene a un metro de Adrian Thorne. El abogado de la corporación, el hombre que nunca perdía, ahora tiembla bajo la lluvia fina.

​— Se acabó el secreto profesional, Adrian —dice Julian, mostrándole la tablet con la confesión póstuma de su padre—. No eres más que el último eslabón de una cadena rota. Y hoy, yo soy el que firma el acta de arresto.




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