Mi enemigo favorito

Capitulo 28

Vuelo a ninguna parte

JULIAN

El silencio tras la muerte de las turbinas es solo el preludio del caos. Adrian Thorne nos mira desde la escalerilla del Gulfstream, con el pánico empezando a agrietar su fachada de seda.

​— ¿Qué creen que están haciendo? —grita Adrian—. Esto es piratería aérea. No tienen jurisdicción, no tienen placa...

​— Tienes razón, Adrian —respondo, acercándome mientras Thorne y Elena cubren a sus guardias—. No tengo nada de eso. Por eso mismo no tengo que seguir las reglas de Miranda contigo.

Elena se mueve con la eficiencia de una sombra. En un par de movimientos rápidos, desarma al guardia más cercano y me lanza su arma. Ahora somos nosotros los que tenemos el control del metal.

​— ¡Arriba! —ordena Elena, señalando el interior del avión—. Todo el mundo dentro. Ahora.

ELENA

Subimos al jet. El lujo del interior —cuero color crema, acabados en oro y madera de nogal— es un insulto comparado con la sangre que hemos derramado en los muelles. Obligamos a los pilotos a salir y Thorne se queda en la puerta vigilando el exterior.

— Vane, ¿estás seguro de esto? —pregunta el detective Thorne desde la entrada—. Si despegamos sin plan de vuelo, nos perseguirá la Fuerza Aérea.

— No vamos a ir lejos —responde Julian, sentándose frente a Adrian en una de las butacas de piel—. Solo necesitamos privacidad. Y altura.

Cierro la escotilla principal. El ambiente se vuelve claustrofóbico. Julian se inclina hacia adelante, sus ojos grises brillando con una intensidad que haría temblar a un juez de la Corte Suprema.

​— Adrian, hablemos de dinero —dice Julian con una calma aterradora—. Aethelgard tiene un fondo de contingencia de tres mil millones de dólares para "gastos operativos". Sé que tienes las claves biométricas para mover ese capital.

— No te daré nada —escupe Adrian—. Prefiero morir que darte el control de ese fondo.

​— Oh, no lo quiero para mí —intervengo, sentándome al lado de Julian y abriendo la tablet—. Lo queremos para el puerto. Para las familias que tu empresa destruyó. Para la reconstrucción del barrio de Mateo. Y para nuestra defensa legal, porque vamos a necesitar a los mejores abogados del país para explicar por qué secuestramos un jet privado.

JULIAN

​Adrian se ríe, una risa histérica.

— Son unos ingenuos. Ese dinero está protegido por capas de seguridad que no pueden imaginar. Necesitan mi retina, mi huella y una clave de voz que cambia cada sesenta segundos.

​— Entonces es una suerte que estemos en un avión —digo, haciendo una señal a Elena—. Elena, inicia el despegue manual. Vamos a darle a Adrian un poco de perspectiva.

​— ¿Qué? ¡No! —grita Adrian mientras el jet empieza a rodar por la pista, impulsado por el arranque de emergencia de los motores secundarios que Elena ha logrado puentear.

El avión acelera. La fuerza G nos empuja contra los asientos. Adrian se agarra a los reposabrazos, con el rostro blanco. Cuando el morro del avión se eleva y nos perdemos en las nubes negras de la tormenta, Julian se desabrocha el cinturón y se pone de pie, caminando con dificultad por el pasillo inclinado.

— Escucha bien, Adrian —la voz de Julian resuena sobre el rugido del viento—. Estamos a diez mil pies de altura. No hay radares que nos sigan todavía. Tienes exactamente el tiempo que tarde este avión en alcanzar su altitud de crucero para darnos esas claves. Si no lo haces... bueno, siempre podemos probar si el paracaídas de emergencia del armario funciona tan bien como dice el manual.

— No lo harías —balbucea Adrian—. Eres Julian Vane. Tú crees en el debido proceso.

​— El Julian Vane que creía en eso murió en la explosión de la mansión —respondo, mirándolo fijamente—. El que está frente a ti es alguien que ha visto a su padre asesinar y a su mujer sangrar. Elige, Adrian. El dinero o el abismo.




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