Mi enemigo favorito

Capitulo 29

El techo del mundo

ELENA

​El jet se sacude violentamente mientras atravesamos una formación de cúmulos. En la cabina, las alarmas de proximidad empiezan a silbar, pero Julian no parpadea. Tiene a Adrian Thorne acorralado contra el mueble bar, su antebrazo presionando la garganta del abogado.

— ¡Dilo! —ruge Julian. El ruido de los motores hace que su voz suene como la de un dios colérico—. ¡Mi padre no tenía el poder para coordinar a la Marina y al Departamento de Justicia! ¿Quién le daba las órdenes?

Adrian, con los ojos desorbitados y el labio partido, intenta recuperar el aire. Mira hacia la ventana, donde los rayos iluminan el ala del avión.

​— Tu padre era un peón de lujo, Julian —logra decir Adrian con un hilo de voz—. Un hombre con un apellido respetable que servía de fachada. El verdadero cerebro detrás de Aethelgard no vive en esta ciudad. Vive en el Observatorio Naval, en Washington.

Me quedo helada. Dejo la tablet sobre el asiento de cuero.

— El Vicepresidente... —susurro. Todo encaja. Los contratos de defensa, la inmunidad de Miller, el despliegue de tecnología militar en el puerto.

​— El Vicepresidente Sterling —confirma Adrian, cerrando los ojos—. Él fue quien fundó la empresa en las sombras hace veinte años. Tu padre le debía su ascenso al Tribunal Supremo. Cada sentencia, cada favor... era para Sterling. Miller era solo el ejecutor local.

JULIAN

Suelto a Adrian. Él se desploma en la alfombra, tosiendo. Siento una náusea profunda. Mi padre no solo era un asesino; era un siervo. Había vendido nuestra historia familiar por una silla en el estrado que nunca le perteneció realmente.

​— Julian, si esto es cierto... —Elena se acerca a mí, su rostro pálido bajo las luces de emergencia—, no estamos luchando contra una corporación. Estamos luchando contra el Estado.

— Lo sé —respondo, mirando mis manos. Están manchadas de la sangre de Adrian, pero por dentro me siento más limpio que nunca. La duda ha muerto—. Thorne, ¿cuánto combustible nos queda?

​— Suficiente para llegar a la costa —responde el detective desde la cabina—, pero tenemos dos cazas F-15 acercándose por el flanco izquierdo. Nos han identificado. Si no aterrizamos en la Base Aérea de Andrews en diez minutos, tienen orden de derribarnos.

Miro a Elena. Ella sabe lo que estoy pensando. Andrews es territorio de Sterling. Si aterrizamos allí, desapareceremos antes de que nuestros pies toquen el asfalto.

— No vamos a Andrews —digo, volviendo a la consola de la tablet—. Elena, ¿puedes abrir una señal de transmisión abierta? No a la policía, no a la nube. A todas las cadenas de noticias del país. Ahora mismo.

ELENA

​— Es un suicidio digital, Julian —digo, pero mis dedos ya están trabajando—. En cuanto abramos la señal, rastrearán nuestra posición exacta y no habrá forma de esconderse.

​— No quiero esconderme —responde él, poniéndose frente a la cámara de la cabina de pasajeros—. Si vamos a caer, nos llevaremos a Sterling con nosotros. Adrian, vas a repetir lo que acabas de decir. Frente a toda la nación.

Julian me mira y asiente.

— Abre el canal, Russo. Hagamos que este vuelo sea el más visto de la historia.

Presiono el botón. La luz roja de "En el aire" parpadea.

— Tres... dos... uno... —señalo con el dedo.

Julian se endereza. A pesar de la ropa rota, de la herida en el hombro y del cansancio, vuelve a ser el Gran Fiscal. Pero esta vez, su cliente es el pueblo.

— Ciudadanos —empieza Julian, su voz resonando con una autoridad que atraviesa la estática—. Mi nombre es Julian Vane. Y lo que están a punto de escuchar es el testimonio que desmantelará el gobierno que creen conocer.

En ese momento, el avión se inclina bruscamente. Uno de los cazas acaba de cruzar nuestra trayectoria, una advertencia final. El tiempo se ha acabado.




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