Mi enemigo favorito

Capitulo 30

La muralla de carne

JULIAN

​El jet desciende bruscamente, atravesando la capa de nubes. A través de la ventanilla, ya no veo solo la oscuridad del océano, sino las luces de la ciudad. Pero algo es diferente. Las autopistas que conducen al Aeropuerto Internacional están colapsadas. No por el tráfico habitual, sino por miles de luces que se mueven al unísono.

​— Julian, mira las redes —dice Elena, pasándome el móvil de Adrian Thorne—. El video de tu confesión se ha compartido cuarenta millones de veces en diez minutos.

Los titulares pasan a toda velocidad: #VaneDiceLaVerdad, #JusticiaParaElPuerto, #SterlingRenuncia. La gente no se ha quedado en casa viendo el espectáculo. Han salido a la calle.

​— Thorne, ¿puedes aterrizar en la pista 4? —pregunto, mirando los cazas F-15 que aún nos flanquean, pero que no han disparado.

— Si los militares disparan ahora, habrá una masacre civil —responde Thorne desde la cabina—. Hay miles de personas rompiendo las vallas del aeropuerto. Se están sentando en las pistas. No pueden aterrizar sus helicópteros de asalto si la pista está llena de gente.

ELENA

​El avión toca suelo con un impacto que nos sacude los dientes. Los frenos chirrían, quemando caucho, mientras el Gulfstream se detiene justo en el centro de la terminal privada.

​A través de las ventanas, la escena es surrealista. Hay una marea humana rodeando el avión. Estibadores del puerto con sus chalecos naranjas, estudiantes, abogados en pijama, familias. Han formado un círculo de cientos de metros de profundidad alrededor del jet.

​Más allá de la multitud, veo las luces azules y rojas de las unidades de Operaciones Especiales. Están bloqueados. Sus vehículos blindados no pueden avanzar sin arrollar a la población civil que ha salido a protegernos.

​— Es nuestra oportunidad —digo, agarrando la mano de Julian. Sus dedos están fríos, pero su agarre es firme.

​— Adrian, tú vienes con nosotros —ordena Julian, levantando al abogado del suelo—. Vas a repetir cada palabra frente a esas cámaras.

JULIAN

Abrimos la escotilla. El ruido es ensordecedor. Un rugido de esperanza y rabia que me golpea el pecho. Al salir a la plataforma, el aire frío de la noche me llena los pulmones.

Bajo las escaleras con Elena a mi lado. La multitud se abre, creando un pasillo humano. A lo lejos, el Comandante de la unidad de asalto levanta un megáfono, pero su voz queda sepultada por los gritos de la gente.

​— ¡JULIAN! ¡ELENA! ¡JUSTICIA!

Llegamos al borde de la multitud, donde los rifles de los soldados están apuntando directamente a mi pecho. El Comandante se acerca, con el rostro sudoroso. Sabe que si da la orden de disparar, la ciudad arderá esta misma noche.

​— Fiscal Vane, tiene que entregarnos las pruebas y al detenido —dice el Comandante, aunque su mano tiembla sobre su arma.

​— No —respondo, y mi voz se amplifica a través de los miles de teléfonos que están grabando en vivo—. Este hombre no va a una base militar. Va a una celda pública. Y estas pruebas no se entregan al Gobierno. Se entregan al pueblo.

Miro a Elena. Ella saca la tablet y, con un solo toque, envía el enlace de descarga pública a todos los servidores de prensa del mundo.

— Ya es tarde para Sterling —dice Elena, mirando directamente al Comandante—. La verdad ya no tiene dueño.

En ese momento, el Comandante baja su arma. Uno a uno, los soldados de la línea frontal imitan el gesto. La muralla de carne ha ganado. Pero mientras la multitud nos rodea para celebrarlo, veo a un hombre con traje oscuro alejándose entre las sombras, hablando por radio. Sterling no se rendirá sin un último acto de desesperación.




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