Mi enemigo favorito

Capitulo 31

El veredicto de la historia

JULIAN

El Capitolio se alza ante mí como un gigante de piedra blanca. He subido estas escaleras cientos de veces para presentar casos menores, pero hoy, el peso de cada peldaño se siente como si cargara con los cimientos de la ciudad.

Llevo un traje nuevo que Thorne consiguió para mí. No tiene manchas de sangre ni olor a gas. Vuelvo a parecer el Fiscal de Hierro, pero por dentro, el hombre que solo creía en los códigos ha muerto.

— ¿Estás listo? —pregunta Elena.

​Ella no lleva toga, pero su presencia es más imponente que la de cualquier magistrado. Ha pasado las últimas setenta y dos horas en vela, logrando que un juez federal firme la liberación bajo fianza de Mateo y los estibadores. Los cargos por "terrorismo" se desmoronaron bajo el peso de la opinión pública.

— No —respondo con sinceridad, ajustándome la corbata—. Pero es la primera vez en mi vida que no me importa ganar el caso. Solo me importa decir la verdad.

— Entonces ya ganaste, Vane.

ELENA

Entramos en la sala del Comité de Justicia. El silencio es tan denso que se podría cortar con un estilete. El Vicepresidente Sterling no está presente físicamente —se ha "atrincherado" en su residencia oficial alegando motivos de salud—, pero sus abogados están en la primera fila, con los ojos fijos en nosotros como buitres.

Julian camina hacia el estrado. No hay notas en sus manos. No hay carpetas de cuero. Solo su voz.

— Durante diez años —empieza Julian, y su voz llena el salón sin necesidad de micrófono—, creí que mi labor era proteger el sistema. Hoy vengo a decirles que el sistema no necesita protección; necesita una cirugía de emergencia. Mi padre, el Magistrado Arthur Vane, no fue un héroe. Fue un síntoma de una enfermedad llamada Aethelgard.

Mientras Julian habla, yo estoy en la mesa de la defensa, operando mi computadora. Estamos transmitiendo en vivo la reacción de los senadores. Cada vez que uno intenta interrumpir, despliego en la pantalla gigante de la sala una transferencia bancaria que lo vincula con la red de Sterling. Es un bombardeo de pruebas en tiempo real.

​— Julian Vane es un fugitivo —grita uno de los abogados de Sterling, poniéndose en pie—. ¡Sus pruebas son obtenidas mediante el secuestro y el espionaje!

​— Mis pruebas —responde Julian, mirando directamente a las cámaras de televisión— son el espejo de sus propias acciones. Si la ley no puede castigar a los hombres que la escriben, entonces la ley no es más que una cadena para los pobres y una sugerencia para los ricos.

JULIAN

El interrogatorio dura seis horas. Me desangran con preguntas técnicas, intentan invalidar mi salud mental, sacan a la luz mi relación con Elena como una "distracción pasional".

Pero no retrocedo. Por cada ataque, doy un nombre. Por cada insulto, doy una coordenada de un contenedor en el muelle 47.

Al final del día, el presidente del Comité golpea el mazo. El país está en llamas, metafóricamente. El Departamento de Justicia no tiene más opción que emitir una orden de comparecencia para el Vicepresidente Sterling.

Salimos del edificio bajo una lluvia de flashes. Thorne nos espera en la base de las escaleras. Tiene una expresión extraña, entre el alivio y la melancolía.

— Lo hiciste, Vane —dice Thorne—. Sterling acaba de dimitir. El FBI está entrando en el Observatorio Naval en este momento.

Miro a Elena. Ella me sonríe, pero es una sonrisa cansada. Hemos ganado la guerra, pero nos hemos quedado sin nada. No tenemos empleos, mi apellido es sinónimo de escándalo y nuestra casa es un archivo policial.

​— ¿Y ahora qué? —pregunto, sintiendo el vacío del día después.

Elena me toma de la mano y me guía hacia el coche, lejos de la prensa.

— Ahora, Julian, vamos a hacer algo que nunca nos permitimos en diez años.

— ¿Qué?

​— Vamos a desaparecer. Solo por un tiempo.




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