Donde todo comenzó
JULIAN
La biblioteca de la Facultad de Derecho está en absoluto silencio, rota solo por el susurro de las páginas y el olor a papel viejo que siempre me hace sentir en casa. Hemos vuelto aquí por una invitación especial para dar una conferencia, pero nos hemos escapado de los cócteles para buscar un rincón específico.
El pasillo 4-B. Derecho Penal.
— Aquí fue —dice Elena, acariciando el lomo de un libro de jurisprudencia—. Aquí fue donde me dijiste que mi argumento era "emocionalmente inestable".
— Y tú me dijiste que mi brújula se rompería —respondo, acercándome a ella hasta que nuestras sombras se funden en el suelo de madera—. Tenías razón, Elena. Se rompió en mil pedazos. Y doy gracias a Dios por ello, porque me permitió construir una nueva contigo.
Saco una pequeña caja de terciopelo del bolsillo de mi chaqueta. No es un movimiento de fiscal calculador; mis manos tiemblan un poco.
— Durante diez años, nuestra relación ha sido una guerra de desgaste. Hemos sido enemigos, rivales, socios y fugitivos. —Me pongo de rodillas en el mismo lugar donde hace una década intercambiamos insultos—. Elena Russo, he pasado la mitad de mi vida intentando ganar contra ti. Ahora quiero pasar la otra mitad perdiendo contigo. ¿Quieres casarte conmigo y seguir discutiendo hasta que los tribunales nos cierren la puerta?
ELENA
Miro a Julian, el hombre que pasó de ser mi mayor obstáculo a mi mayor apoyo. En sus ojos ya no hay hielo, solo el fuego que compartimos durante nuestra huida.
— Tengo una objeción, Vane —susurro, sintiendo las lágrimas nublar mi vista.
Él sonríe, esperando el golpe.
— ¿Cuál es su fundamento, abogada?
— Que no aceptaré un "sí" a menos que prometas que, aunque estemos casados, nunca me darás la razón en un argumento legal si no puedo probarlo.
Julian suelta una carcajada, me toma de la mano y desliza el anillo en mi dedo.
— Trato hecho. Que conste en acta.
Nos besamos en medio de la biblioteca, rodeados de miles de leyes que una vez creímos que eran el fin de todo, cuando en realidad solo eran el prólogo de nuestra historia. La ciudad afuera sigue su curso, pero aquí, entre los libros y el silencio, la sentencia es definitiva: amor en primer grado, sin posibilidad de fianza.
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Fin.