El Guardián de los Muelles
MATEO RUSSO
Encender un cigarrillo en el Muelle 47 sigue siendo la mejor forma de recordar quién soy. El humo se mezcla con la bruma salada del puerto y el olor a gasóleo de las grúas. Dicen que esta ciudad ha cambiado. Dicen que ahora es "limpia".
Yo miro mis manos, llenas de cicatrices y callos, y sé que la limpieza es una ilusión que se mantiene con mucho esfuerzo.
— Jefe, el cargamento del sector norte viene con el sello roto —dice el joven Javi, acercándose con una tableta digital.
— Que no baje nada del barco hasta que yo lo revise personalmente —respondo, ajustándome la chaqueta de cuero—. Y dile al capitán que en este puerto ya no se aceptan "propinas" para mirar hacia otro lado. Si trae algo que no está en el manifiesto, se lo tragará antes de salir de la bahía.
El chico asiente y sale corriendo. Me gusta el miedo respetuoso que hay en sus ojos. No es el miedo que le tenían a Miller, ese miedo que te hacía encoger los hombros. Es el miedo a decepcionar al hombre que les devolvió la dignidad.
Miro hacia la colina. A veces, en los días claros, puedo ver el reflejo del sol en las ventanas del despacho de mi hermana y Julian. Elena lo logró. Se casó con el "niño de oro" y lo convirtió en un hombre de verdad. Me alegro por ellos, de verdad. Se merecen ese jardín, esas risas y esa paz de la que yo solo puedo disfrutar los domingos por la tarde antes de que el peso del puerto vuelva a caer sobre mis hombros.
Pero mi paz es diferente.
Mi teléfono vibra. No es un cliente, ni es mi hermana preguntando si iré a cenar. Es un número oculto.
— Russo —dice una voz distorsionada—. Hay un movimiento en la frontera sur. Gente de Aethelgard que no se dio por vencida. Vienen por lo que quedó del fondo de Sterling.
— Alguien que prefiere que el puerto siga siendo tuyo. Tienes veinticuatro horas antes de que el primer contenedor "fantasma" toque tierra.
La llamada se corta. Suspiro y tiro la colilla al agua, viendo cómo se apaga con un siseo.
Julian y Elena ganaron su guerra en los tribunales y frente a las cámaras. Limpiaron el nombre de la familia y mandaron a los peces gordos a la cárcel. Pero las sombras... las sombras no se van con un veredicto. Siempre hay alguien nuevo queriendo ser el rey de la basura. Alguien que cree que porque el Fiscal Vane ahora vive en los suburbios, el puerto está indefenso.
Se equivocan.
Me encamino hacia el almacén principal. Paso junto a la placa que lleva mi nombre, esa que Julian insistió en poner. La ignoro. No necesito mármol para saber quién manda aquí.
— ¡Javi! —rujo, y mi voz rebota en las estructuras de metal—. Llama a los muchachos de la vieja guardia. Diles que el turno de noche se va a alargar. Y que traigan algo más que llaves inglesas.
Saco una vieja navaja automática del bolsillo y la hago saltar. El brillo del acero es lo único que necesito para sentirme vivo. Elena y Julian son la luz de esta ciudad, su cara pública y su esperanza. Pero yo... yo soy el que se queda en la oscuridad para asegurarse de que nadie apague esa luz.
Alguien tiene que ensuciarse las manos para que otros puedan tenerlas limpias. Y a mí nunca me ha importado el barro.