Emma:
—Amor tengo algo para darte—dije escondiendo tras de mí la pequeña cajita que contenía la prueba positiva de embarazo. La verdad Cristhian y yo llevábamos seis meses de relación, yo estaba estudiando medicina y el arquitectura. Él sonrió pero en ese preciso instante sonó una alarma en su teléfono, tal y como había ocurrido en los últimos días, cada día a las seis en punto sonaba la alarma y él se marchaba tres horas exactas, sin importar lo que estuviese haciendo lo dejaba y se iba. Decía que iba al gimnasio, que debía entrenar, ser puntual, yo nunca había sospechado nada, nunca me había opuesto a que lo hiciera, hasta hoy que me dejó con la sorpresa en mis manos y el corazón acelerado, salió casi corriendo, tomó las llaves de su auto.
—¡Crishian! —exclamé, él besó mi frente en automático sin dejarme hablar y se fue. Yo sentí incertidumbre, y es que a decir verdad en seis meses que llevaba con él no conocía a nadie de su familia, decía que su padre siempre estaba viajando, que su madre había muerto y que su hermana estaba casada y vivía lejos y que ya iba a esperar a que su padre regresara para hacer una cena y presentármelos a todos juntos, yo como tonta le creí, lo amaba tanto que creía en todas sus excusas y justificaciones sin sentido, pero hoy luego de ver que ni siquiera prestó atención a la sorpresa que le daría decidí seguirlo, salí rápido tras de él, pedí un taxi y pedí al taxista que lo siguieran, vi que se detuvo en un restaurante en el que le alcanzaron en la ventanilla del auto comida para llevar como si fuera costumbre y siguió conduciendo hasta una pequeña casita en un barrio pequeño, cuando detuvo el auto la puerta se abrió como si lo estuviesen esperando y un niño de unos cinco años salió corriendo a alcanzarlo, lo levantó en peso y lo abrazó, detrás venía una mujer embarazada, embarazada de unos siete u ocho meses que lo abrazó con un cariño que se notaba en la distancia, él la rodeó por la cintura y entraron los tres juntos a la casa, ahora todo encajaba, todo tenía sentido, Cristhian estaba viviendo dos vidas paralelas, tenía dos familias, una rutina, un horario, cada mentira planeada cuidadosa y meticulosamente. Regresé a casa y lloré, lloré las tres horas que él no estuvo en casa. Llamé a mi madre y le dije que quería regresar a casa, que quería irme de este país, que no aguantaba más que estaba embarazada, que el padre de la criatura me estaba engañando y entonces mi madre me compró en línea los boletos de avión para el día siguiente en la noche. Cuando Cris llegó fingí dormir para no hablar con él, no quería que me viera en ese estado, él llegó y fue directo a la ducha como hacía siempre cada vez que llegaba de verse con su otra mujer o con la principal porque todo parecía indicar que la otra era yo, miró que yo estuviese dormida y escribió un par de mensajes antes de acosatarse. Al día siguiente me levanté temprano antes de que Cristhian despertara, era sábado y era mi cumpleaños, sin embargo yo fui a la Universidad a intentar gestionar que me dieran mi expediente y mi traslado a otra Universidad en mi país. Durante todo el día mi teléfono estuvo sonando, mensajes y llamadas de Cristhian que no respondí, volví a casa al mediodía, cuando abrí la puerta la casa estaba llena de globos y de amigos nuestros.
—¡Sorpresa! —gritaron cuando entré y Cris salió y me abrazó.
—Amor he estado llamándote todo el día—pronunció. Yo me quedé estática, tenía ganas de gritarle, de abofetearlo, de decirle todo lo que pensaba de él, y cuando fui a abrir la boca él se arrodilló y sacó una pequeña cajita con un anillo.
—¿Quieres casarte conmigo? —preguntó. Mi odio hacia él aumentó en ese momento, lo odiaba, lo odiaba con todas mis fuerzas pero no quería irme como la víctima, no quería irme dándole el gusto de que viera que me había destrozado el corazón así que decidí destruirlo, en público. Él estaba seguro de que yo aceptaría pues miles de veces habíamos hablado de que nos casaríamos, de que seríamos una familia.
—No, no quiero casarme contigo Cristhian—pronuncié y en la sala se hizo un silencio estremecedor, nadie siquiera pestañó pues a simple vista siempre habíamos sido la pareja perfecta.
—Emma ¿es una broma verdad? —preguntó, yo quería llorar pero me contuve.
—Ya no te amo Cristhian, ya no siento nada por ti, lo siento—todo se quedó inmóvil como una película en pausa, yo fui hasta la habitación y saqué una maletas que había dejado preparadas desde la noche anterior.
—¿Qué ocurre Emma? ¿Te vas? ¿A dónde? ¿Cuándo cambió lo que sentías por mí? —preguntó con los ojos nublados como si le doliera el corazón, aunque yo sabía perfectamente que lo único que le dolía era su maldito ego. Entre al taxi y cuando arrancó me eché a llorar acariciando mi vientre sin tener la menor idea de cómo sería mi vida a partir de hoy.
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Seis años después:
Me enamoré de un hombre mayor, un hombre que me doblaba la edad, que tenía dinero, experiencia y poder y aún así me trataba como una reina, un hombre que desde el primer momento en que lo conocí se ganó mi respeto y el cariño de mi hijo:
—Te llevo veinte años Emma, tienes la misma edad de mi hijo—pronunció mi novio, se llamaba Eduard y casi me doblaba la edad, tenía 47 años pero era un hombre apuesto, alto, fuerte, elegante, maduro, sabía perfectamente lo que quería, mi hijo lo adoraba y él nos consentía en absolutamente todo. Mis amigas decían que era un shugar, yo veía en él lo que siempre quise ver en Cristhian.
—Te quiero, la edad es solo un número—pronuncié, él se acercó y me besó, sonrió.
—Quiero que te cases conmigo—afirmó—quiero que vayas a mi país y presentarte a mis hijos, hacer una boda inmensa, que conozcas mi empresa, que todos vean lo afortunado que soy.
—Solo llevamos cuatro meses de relación.
—Y eso es más que suficiente para saber que eres la mujer que quiero en mi vida, mi hermosa Emma—dijo halándome hacia él por la cintura.
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Editado: 05.03.2026