El aislamiento de María era casi total, pero el mundo fuera de los muros de obsidiana seguía girando con una intensidad que ella apenas podía procesar. A pesar de su corta edad, la niña percibía que algo trascendental ocurría en el gran palacio principal. Los criados corrían con más prisa de lo habitual, sus rostros reflejaban una urgencia que nunca mostraban al atenderla a ella, y el aire se llenaba de un ajetreo que María solo podía adivinar a través de las ventanas altas y polvorientas. Se escuchaban, muy a lo lejos, campanas de bronce y vítores que hacían vibrar los cristales; era la celebración por el nuevo hijo de la concubina Catalina, el pequeño Fernan, que apenas acababa de llegar al mundo para completar el cuadro de la familia perfecta.
El ambiente en el Imperio había cambiado drásticamente con la llegada de los dos varones en un lapso tan corto. Mientras María permanecía en el silencio sepulcral del Palacio de Obsidiana, el Palacio Rubí se había convertido en el corazón palpitante del reino. Allí, la concubina Catalina reinaba con un orgullo feroz, custodiando a sus dos tesoros: el pequeño príncipe Jack, que con apenas tres meses de vida ya era el centro de todas las miradas y esperanzas imperiales, y el recién nacido Fernan, cuyo llanto era recibido como música celestial por una madre que sabía que su posición ahora era inexpugnable.
Desde la distancia de sus balcones agrietados, María observaba con una mezcla de asombro e incomprensión el desfile constante de carruajes, médicos y nodrizas que cruzaban los jardines hacia las puertas de seda roja del palacio vecino. En su inocencia de cuatro años, su mente no lograba comprender la política, las jerarquías o el hecho de que esos dos bebés eran sus rivales directos; para ella, solo eran hermanos que tenían lo que ella más anhelaba en sus sueños más profundos: el calor de una madre que te arrulle y la mirada de un padre que no te evite. Se imaginaba el interior del Palacio Rubí como un lugar de ensueño, alfombrado con nubes y lleno de mantas de terciopelo, un contraste desgarrador con las sábanas ásperas de lino viejo y el viento gélido que silbaba entre las paredes de su propia habitación.
A veces, cuando el aire soplaba en la dirección correcta, traía consigo el eco de las risas triunfantes de Catalina o el tintineo de los cascabeles de plata fina con los que entretenían al pequeño Jack. María se quedaba muy quieta, casi sin respirar, cerrando sus ojos blancos como la luna para intentar atrapar esos sonidos y guardarlos en su pecho como si fueran un regalo precioso enviado solo para ella. En su corazón de cristal, se preguntaba con una esperanza frágil si algún día le permitirían cruzar el umbral del Palacio Rubí para conocer a sus hermanos. Pasaba horas imaginando que, quizás, si ella les llevaba una de las piedras más brillantes y azules que encontraba en el fondo del estanque, ellos la aceptarían. Pensaba que si el Emperador la veía jugando con los "hijos del sol", el hielo de sus ojos se derretiría y por fin la llamaría "hija".
Sin embargo, la realidad que se tejía a pocos metros de su encierro era mucho más cruel. Mientras ella soñaba con juegos infantiles y manos entrelazadas, en el Palacio Rubí se borraba sistemáticamente cualquier rastro de su existencia. Catalina se aseguraba de que el Emperador Alias solo tuviera ojos para Jack y el pequeño Fernan, susurrándole al oído las virtudes de sus hijos varones mientras enterraba el recuerdo de la difunta emperatriz Anabella a través del desprecio hacia María. La pequeña princesa de nieve seguía siendo solo un susurro molesto en los pasillos, una mancha de invierno en un imperio que ahora solo quería celebrar el verano de los nuevos príncipes.
Aquella noche, cuando el frío arreció, María volvió a refugiarse junto al estanque de aguas estancadas, su único espejo y confidente. Con sus dedos menudos y ateridos, acarició su cabello pálido y lacio, observando cómo su reflejo parecía disolverse en la oscuridad. Se preguntó, con una tristeza tan pura que dolía, si el color de su pelo o la palidez de su piel eran una especie de castigo que la hacía invisible para su padre. "Si mis ojos fueran oscuros como los de ellos...", susurró al agua mientras una lágrima solitaria rodaba por su mejilla blanca, "quizás me dejarían entrar al calor del Palacio Rubí y no tendría que llorar más mirando mi red". Pero el agua no le dio respuesta, solo le devolvió su imagen de nieve y luna, recordándole que, en ese gran palacio lleno de vida, ella seguía siendo la princesa del olvido.
Editado: 23.02.2026