Mi esperanza

Capitulo I Un atardecer y las maravillas que puede hacer

Caminaba por el jardín, veía mi alrededor. Tomé asiento en una de las bancas, observé a las personas que ahí se encontraban. Los adultos con sus caras pálidas y sus bolsas negras bajo los ojos, cansados, infelices, sin vida; ninguno de ellos se detenía a observar el atardecer, ese espectáculo que disfruté con gran entusiasmo, que por un momento fue sometido a juicio al ver aquellas caras pálidas y lúgubres que hacían parecer que no valía la pena, pero al voltear a ver al parque vi a unos niños riendo y jugando, felices por las pequeñas cosas de la vida.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro, era maravilloso ver como simplemente se puede disfrutar de la vida y es que hay momentos en los que no se puede sonreír porque pareciera que es demasiado difícil, por las situaciones que nos rodean, pero puedes detenerte un momento a observar, aquellos detalles que se consideran como pequeños.

Una ráfaga de aire frio vino a dar hasta el lugar donde me encontraba, los dedos de mis pies se erizaron, mi mirada se posó en mis tenis grises, muy desgastados y con unos agujeros en las extremidades. Mi rostro que había estado lleno de reluciente entusiasmo se tornó triste por un instante.

Mire mi pants gris con algunos remendados, al menos la sudadera que llevaba puesta estaba algo caliente, el viento traía consigo hojas de un color marrón, me levante de improviso y comencé a saltar sobre las hojas de los árboles que habían quedado esparcidas por el suelo, era como cuando solo tenía tres años, habían pasado ya once años de eso.

Aunque crean que ha pasado poco tiempo, no es así, la vida a veces suele ser dura y es que cuando siento que ya no puedo más, voy al parque a relajarme y darme cuenta de que el mundo es maravilloso, aunque creamos que es difícil vivir en él.

Se me hacía tarde así que me acerque a un señor que se encontraba cerca.

– Disculpe ¿podría darme su hora? – era un hombre bien vestido y parecía esperar a alguien.

– Cinco y media – dijo mirándome con indignación, le agradecí y fui por mi mochila color azul turquesa.

Tenía que llegar a casa para comer, ya habían pasado algunas horas, seguramente mamá estaría enojada. A pesar de que sabía que cuando llegara a casa no habría mucho para comer, lo que me diera estaba bien, mis tripas y el hambre no me dejaban ni pensar, tenía un agujero en el estómago, trate de apresurarme, pero parecía que el hambre me hacía cada vez más lento y cansado. Pase por una tienda de pasteles, se veían tan deliciosos los admire por un rato y seguí caminando.

Me había tardado un poco haciendo mis tareas en la biblioteca pública, pero me parecía que habían quedado lo mejor posible, aun no tenía idea de a lo que me iba a dedicar, pero siempre imaginaba que con ello podría darles una mejor vida a mis padres y a mi hermano. Mire a una señora que se encontraba en el suelo, con unos ojos verdes que me miraban fijamente, una piel arrugada, cabello largo y canoso. Me sentí triste, no tenía nada para compartirlo con ella, pero que equivocado estaba.

Ella me miro por un largo rato, y pude ver una dulzura en sus ojos, deberían saber la satisfacción que sentí al mirar esos ojos que parecían estar llenos de vida y de sonrisas, después de un momento seguí caminando. Por alguna razón ya no sentía tanta hambre como antes, era algo muy extraño.

Cuando llegue a casa, una estructura algo pequeña, pero seguía siendo mi hogar, toque tres veces. Abrió la puerta mi mamá, una mujer de cabello chino y negro igual que el mío, sus ojos cafés claro, no son nada parecido a los míos que son de un negro reluciente. Mamá llevaba un vestido color azul descolorido y un mandil blanco que contaba con algunas manchas de comida.

– Hijo mío – susurro cuando me abrazo.

Penetre en la habitación. En una silla de madera en el comedor se encontraba mi hermano, solo dos años menor que yo, hacia su tarea algo apresurado.

– Hola Juan – dijo mi hermano que tenía ojos cafés, cabello castaño y una sudadera remendada.

– Hola Emiliano ¿Cómo te fue en tu exposición? – con mi mano sacudí por un rato su cabello.

– Pues... me equivoque al pronunciar una palabra y mis compañeros, se rieron. – dijo con solemnidad – pero todo lo demás lo dije bien – miro al suelo como si se perdiese en él por un momento y luego poso la mirada en mí.

– Mírame yo sé que diste tu mejor esfuerzo y ellos no tenían por qué burlarse de ti – lo mire con dulzura.

– Pero otros compañeros lo hicieron mejor que yo – se veía tristeza en tu rostro.

– Escucha, no importa si no lo hiciste mejor que los demás, lo que importa es que lo hiciste mejor que tú, diste tu mejor esfuerzo, la próxima vez no trataras de hacerlo mejor que lo demás, sino que vas a mejorar lo que tú mismo hiciste. – mi madre tenía varias lagrimas que recorrían su rostro, pero a pesar de ello tenía una sonrisa y nos abrazó a ambos, puedo jurar que fue uno de los momentos más maravillosos de mi vida, otro de los recuerdos que guardaré para siempre en mi memoria. Eres muy valioso nunca lo olvides. – todos teníamos una enorme sonrisa dibujada en el rostro.

– Te quiero mucho hermano – murmuro y continúo haciendo su tarea, pero ahora con una sonrisa en el rostro.

Me dirigí hacia la habitación que compartía con mi hermano, deje mis cosas y las acomode. Se escuchó el sonido de la puerta, en aquel momento iba entrando mi padre con sus ropas rasgadas, se veía muy cansado, un sentimiento de tristeza penetro en todo mi cuerpo.

– Antonio – oí decir a mi madre – ¡Oh! Antonio te ves muy adolorido y cansado – y lo estaba, mi padre era un obrero, en una empresa que hacía herramientas y todo el tiempo vivíamos con la preocupación de que lo pudiesen despedir.

– Vengan a comer Juan, llego tu padre – no comprendía porque cuando nos llamaba nos gritaba. Sí, nuestra casa era pequeña, solo contaba con dos habitaciones, un baño, un comedor, una cocina y podía oírla perfectamente cuando nos hablaba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.