—¡Madre! —repliqué en el acto.
La hermosa mujer de mirada penetrante y seria, cabellos rubios y ojos de un verde profundo detuvo su atención en mí. Tenso su rostro cansado, llevándose una mano a sus sienes y masajeándolo con los dedos, como si estuviera a punto de perder la paciencia.
—¡Mauricio, no me quiere a mí, quiere a Ainé! ¿Por qué debo recibirlo como mío? —volví hablar ante el silencio que reinaba en la sala.
—Tu hermana ha decidido dejarlo para ti y quedarse ella con Alberto —respondió.
Eso lo sé, pero no me parece justo que ella se quede con mi hombre asignado y me entregue al suyo. Es tan caprichosa que siempre hace lo que ella quiere, y madre, aunque nos quiere a ambas, suele torcer para su lado, cansada de lidiar sus berrinches. En cambio, yo, por ser más obediente, me obligan a aceptar las absurdas exigencias de mi hermana mayor.
Mauricio es el hombre que fue asignado a mi hermana desde niña, y como Ainé quiso tenerlo a su lado desde niña, solo se ha dedicado a usarlo como un juguete, un objeto, que golpea e insulta todo lo que se le da la gana. Sin embargo, él, que en un principio era rebelde y se oponía a sus órdenes, con los años comenzó a mostrar una obediencia y obsesión hacia ella que a la final la terminó por aburrir.
Alberto, que es el que fue asignado a mí, no se crio con nuestra familia. Desde niño fue educado como un digno futuro esposo. Es alto, fuerte, apuesto y leal. Es todo lo que cualquier mujer aceptaría con gusto.
No es justo, me niego a aceptar a un hombre que me ha detestado desde niños y solo tiene ojos para mi hermana. ¡No lo acepto!
He sido sumisa y obediente toda mi vida, pero no estoy dispuesta a este cambio.
—¡No me parece justo! —repliqué apretando los dientes, y empuñando ambas manos.
Mi reclamo sorprendió a mi madre. Aquella fuerte mujer, la matriarca de la familia de nuestro clan, abrió sus claros ojos deteniéndolos en los míos. A diferencia de ella y mi hermana, mi cabello es de tono castaño, y mis ojos son de color miel. Tal como son los rasgos de su segundo esposo, al que ama más que a su primer marido.
—Está bien, Alana, por causarte este perjuicio te daré el permiso de tomar a otro hombre más como tu esposo. Podrás tener dos maridos, pero uno de ellos sí debe ser el hombre que tu hermana, por sus caprichos, ha abandonado. El segundo podrás elegirlo a tu gusto —habló mi madre con solemnidad.
—¡¿Qué?! ¡Madre! —replicó Ainé en el instante—. ¿Dos esposos? Solos las hembras que han obtenido un mérito de honor han podido optar a otro hombre, eso no es justo y...
La fría mirada de nuestra madre la hizo callar en el momento. La mujer que por cansancio solía torcer su brazo hacia su lado hoy no parece dispuesta a darle algo más. Ainé se mordió los labios.
Me quedé ahí, paralizada, bajando la cabeza y aceptando la decisión de madre. Es evidente que diga lo que diga no podré hacerla cambiar de parecer.
En realidad, no quiero más esposos, solo quería a Alberto, a aquel que a veces solía ir a mirar a escondida y que desde niña empezó a gustarme. Pero él permanece frío e indiferente ante las decisiones del cambio de parejas. No parece afectarle. A diferencia de Mauricio, que no parece conforme y su mirada de odio va dirigida a mí.
¿Por qué me odia? ¿Qué culpa tengo yo de las decisiones que mi madre ha tomado? ¿De los caprichos egoístas de mi hermana?
Ambos permanecen silencio. Ninguno de los dos cuestiona la decisión de mi madre, pese a la desconformidad que muestra Mauricio. ¿Por qué? Porque vivimos en una sociedad matriarcal, un mundo donde las mujeres gobiernan, los hombres no tienen ni voz ni voto, se les prohíbe hablar si su esposa o una mujer presente no lo autoriza. Desde pequeño son criados en escuelas especiales para ser esposos fieles, leales y servirles. Y si cualquiera comete infidelidad son condenados a muerte.
—¿Papá? —señalé entrando al costado del ala derecha de la casa, este es el sector asignado para mi padre. Generalmente, los esposos solo aparecen frente a su mujer cuando ella solicita su presencia.
El ala derecha es el lugar del marido privilegiado. Tiene todo lo que cualquiera quisiera; una casa bien armada que se conecta con un pasillo a la mansión principal. El pasillo fue construido de cristal, por lo que permite ver un extenso y bonito jardín de rosas blancas. Al llegar al otro lado te encuentras con una puerta que da a la entrada a un costado de la 'Casa dorada', el lugar en donde vive mi padre. El interior es extenso y luminoso con muebles limpios y lustrados, el ambiente acogedor se divide en dos pisos. Hay varios libreros repletos de libros, a mi padre le encanta leer y mi madre suele enviarle cajas de libros cada cierto tiempo. Al fondo hay una cocina con todo, aunque suele comer junto a mi madre todo el tiempo. Pero últimamente ha estado muy enfermo.
Bajó las escaleras, con dificultad, y tosió con fuerzas, aun así me sonrió. El cabello de mi padre es castaño, y sus ojos color miel, me parezco mucho a él. Mi madre suele decir que por eso le encanta el color de mi cabello.
—Papá, no es necesario que bajes, el médico dijo que debías hacer reposo —señalé preocupada corriendo a su lado para ayudarlo a bajar, ya que solo le faltaban dos escalones.
Lo ayudé a ir al sofá en donde se sentó con dificultad. La vida se le ha ido apagando poco a poco. Antes solía ser un hombre fuerte y risueño, inteligente y amante de la naturaleza. Mi madre lo vio un día cultivando rosas y desde ese día se enamoró de él. Como matriarca exigió un matrimonio y así fue que se casaron. Aun así, papá siempre me dice que ha sido feliz al lado de mi madre, que ella lo rescató. A diferencia de su mujer asignada que solía golpearlo e insultarlo, su esposa siempre lo ha cuidado mucho y le ha dado todo tipo de regalos. Lo sé, sé cuanto mi madre lo ama, y también sé que por eso carga una enorme pena ante el miedo de perderlo.
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Editado: 02.02.2026