Mi esposo asignado, es mi peor enemigo

Capítulo 2

Sé que si no le permito pasar la noche conmigo sería un desprecio que lo humillaría, pero tampoco quiero pasar mi primera vez al lado de alguien que me mira de esa forma. Es evidente que él no quiere nada conmigo.

—Entiendo —dije finalmente—. Puedes darte un baño primero, y veré en que lugar podrías dormir.

—Sí —movió la cabeza en forma obediente pese al rencor en sus ojos. Entró al cuarto de baño, y solo cuando escuché el agua correr, respiré aliviada.

Mauricio es apuesto, eso no lo puedo negar. De piel trigueña, una buena musculatura, y un cuerpo de ensueño. Pero marcado por las cicatrices causadas por mi hermana. Su cabello es castaño oscuro y sus ojos de un tono negro único. Es alto, fuerte, y atlético. Su mirada es penetrante y masculina. Su único problema es su obsesión con Ainé.

No fue educado como el resto de los hombres, estuvo expuesto en las manos de una criatura caprichosa y cruel como mi hermana. Es por eso que solo ante ella baja su cabeza, con el resto se muestra salvaje e indomable.

Salió del cuarto de baño secándose el cabello con ninguna toalla puesta encima, ante su desnudez no pude evitar levantarme de inmediato de la cama, salté como un gato asustado. Mis ojos, aunque no quisiera, bajaron a su vientre, deteniéndose en su musculatura y luego en su entrepierna.

¡¿Qué diablos?! Su tamaño es más de lo que hubiera imaginado, ¿cuántas veces él y mi hermana habrán dormido juntos? ¿Ella recibió esa cosa enorme?

No es un secreto que ellos tuvieron intimidad, apenas cumplieron la mayoría de edad. Mi hermana tomó su pureza alegando que como sería su futuro esposo no estaba haciendo nada que fuera contra las leyes.

De solo recordarlo me hizo sentirme otra vez de mal humor.

—¿Podrías... cubrirte? Por favor —exclamé tapándome los ojos.

No hubo palabras, tampoco vi qué expresión colocó ante mi insólita petición. Cuando saqué mis manos, con cautela él ya se había puesto unos pantalones y ahora se colocaba una camisa.

—¿No le gustó lo que vio? —preguntó con rabia, ofendido.

—No es que no me haya gustado, pero... hoy solo dormiremos, no es necesario que hagas algo.

—Es un alivio —señaló con atrevimiento.

Cualquier otro hombre que hubiera dicho algo así frente a su reciente esposa hubiera sido abofeteado en el acto. Yo no lo hice, solo sonreí con ironía, sé que se acostaría conmigo solo porque es obligado a hacerlo.

—¿No soy de tu gusto? —le pregunté esperando la respuesta que ya sé.

—No lo es, su hermana es mucho mejor, su cuerpo es más suave y huele mejor —respondió con claras intenciones de herirme.

—Me extraña que lo digas, ¿cómo puedes compararnos cuando ni quiera me has tocado con la punta de tus dedos?

Se quedó en silencio apretando la mandíbula.

—No necesito tocarla, me basta con solo mirarla.

Abrí un cajón y saqué un látigo, fue cosa de que Mauricio lo viera para de inmediato arrodillarse en el piso y quitarse la camisa. Sin replicar, sin suplicar, solo apretó los dientes y esperó.

Contrario a lo que esperaba, yo solo me senté en la cama jugando con aquel objeto.

—¿Sabes que Ainé me dio esto? Me dijo que había una forma de convertir a un hombre rebelde en un sumiso amante obsesivo, pero... esa basura no es lo mío —dicho esto dejé caer el látigo al tacho de basura y luego me acerqué a su lado inclinándome a su altura—. No te obligaré, tú y yo no nos gustamos, no soy de tu gusto, tú tampoco eres del mío. Tú no querías esto, yo tampoco lo quería. Dices que mi hermana, su piel es suave y huele bien, yo podría decir algo similar de Alberto, él tiene modales, tú solo eres un salvaje... pero no te preocupes solo mantengamos las apariencias. Es todo, no te pediré que me atiendas en la cama, no lo necesito.

Antes de terminar me agarró del cuello, esto es algo que ningún otro hombre se atrevería a hacer. Sus ojos furiosos se detuvieron en los míos, y amenazante mostró sus dientes gruñendo como si fuese en verdad un animal salvaje. No me intimide, mantuve mi atención en él, mi mirada fija, el ceño arrugado. Dándome cuenta de que aun cuando me ha tomado del cuello no ha apretado lo suficiente como para no dejarme respirar.

Al segundo, dándose cuenta de su atrevimiento de inmediato bajó su cabeza soltándome. Apoyó su frente en el piso, aun de rodillas, esperando su castigo.

—Tú... no eres de este lugar. Tu piel tostada, ese color de ojos, y tu cabello no los había visto jamás. ¿Vienes de las tierras cálidas?

—No lo recuerdo, solo sé que desde niño me trajeron a esta casa —fue toda su respuesta.

Mantuvo su cabeza en el piso. No pienso castigarlo pese a haber cometido tal acto que incluso podría condenarlo a la muerte. Me levanté sacudiendo mi ropa.

—Hoy dormirás en ese sofá, mañana te asignaré una de las habitaciones cercanas a la mía. Solo sé obediente y mantén las apariencias. Mañana tenemos que asistir obligadamente a la boda de Ainé, por lo que se te proporcionará ropas nuevas y accesorios. Ya sabes que no puedes usar nada de lo que mi hermana antes te dio.

No dijo palabras, se quedó en esa posición sin moverte. Solté un suspiro, no puede ser que incluso el nivel de control llegué a esto.

—Levántate y duerme en ese sofá —el lugar que le muestro es un enorme sofá de tres cuerpos, suficiente para que incluso alguien enorme como él caiga sin problemas en ese lugar.

Dicho esto me levanté hacia el cuarto de baño a darme una ducha. En verdad es bastante complicado lidiar con alguien así. Vi la marca que dejó en mi cuello, espero que mañana desaparezca o tendré que cambiar mi vestido.

'Si no lo controlas con este látigo él se escapará de tu control, desde niño nunca fue fácil lidiar con su carácter, parecía oponerse a la idea de vivir en un lugar en donde las mujeres controlamos todo. Creo que era un salvaje...'

Esas fueron las palabras de Ainé en cuanto me pasó el látigo para controlarlo.

Después de una larga ducha salí del baño, deteniendo mis ojos en la espalda desnuda de ese hombre, viendo las cicatrices de la 'enseñanzas' de mi hermana. Parece dormir, aunque en realidad de seguro sigue despierto, mañana será obligado a asistir a la boda de la mujer que tanto desea. Ver como ella se une a otro hombre, que no es él.




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