Mi ex tiene un hijo mío

Capitulo 01

Bonneville Enterprises en Manhattan ofrecía una vista impecable del skyline de Nueva York, pero para Alya Mirren solo era un espejo en el que se reflejaba su propia ingenuidad. Con solo veintidós años y una pasantía que representaba el único boleto para salir de la precariedad en la que había crecido junto a su amiga Meridian, Alya había cometido el error de ignorar sus propios instintos.

Había intentado resistirse. Supo desde el primer día que Abner Bonneville —el heredero directo de la firma, un hombre con sangre francesa e imponente porte neoyorquino— era un peligro. Era un donjuán de reputación implacable, acostumbrado a conseguir cuanto deseaba. Sin embargo, tras meses de insistencia clandestina por los pasillos discretos y los ascensores privados de la empresa, ella cedió. Cayó en una vorágine de encuentros a escondidas donde la diferencia de clase social parecía disolverse en la intimidad.

Pero en las últimas semanas, el ritmo de los encuentros se volvió más arriesgado. Abner comenzó a presionar para no usar preservativo. Aunque él le juró tener la situación bajo control al terminar fuera en cada ocasión, el cuerpo de Alya empezó a enviar señales alarmantes: náuseas matutinas, un cansancio plomizo y una sensibilidad extraña en el pecho.

Alya apretó los puños dentro de los bolsillos de su abrigo. El resultado positivo de la prueba de embarazo, aún escondido en su bolso, quemaba como carbón encendido. Ella, una huérfana de sangre árabe y francesa sin más respaldo que su propio esfuerzo, estaba embarazada del futuro presidente del imperio donde servía café y archivaba documentos.

Sabía que no podía exigirle un cuento de hadas. Con el corazón latiéndole desbocado en la garganta, decidió enfrentarlo. Si él consideraba que un hijo en este momento era una ruina para su carrera y decidía que lo mejor era abortar, ella estaba dispuesta a aceptarlo con tal de no destruir la vida de nadie. Solo quería honestidad.

Esperó a que la planta quedara desierta. Abner estaba en su oficina de cristal, aflojándose la corbata mientras revisaba unos balances comerciales. Cuando Alya cerró la puerta de roble a sus espaldas, él levantó la mirada, sorprendido de verla allí fuera del horario pactado.

—Alya, ¿qué haces aquí a esta hora? Si alguien te ve subir al área de dirección... —comenzó él, levantándose con ligereza.

—Tenemos que hablar, Abner —lo interrumpió ella. Su voz sonó más temblorosa de lo que hubiera deseado.
Él suspiró, caminando rodeando el escritorio.

—Si es por lo de anoche, te dije que tenía una cena formal con mi madre y unos inversionistas. No puedo atenderte el teléfono a cualquier hora.

—No es por anoche —respondió ella, dando un paso al frente y sacando del bolso la pequeña barra de plástico. La dejó sobre la mesa de centro con manos temblorosas—. Me he estado sintiendo mal. Me hice esto hoy por la mañana.

Abner bajó la mirada. El silencio en la oficina se volvió denso, sofocante. Las dos líneas rosadas brillaban bajo la luz halógena con una claridad despiadada.

El rostro de Abner mutó de la confusión a una palidez mortal. De pronto, no pensó en Alya, ni en su salud, ni en el bebé. Su mente se llenó de un pánico absoluto centrado únicamente en él mismo.

—¿Qué... qué demonios es esto, Alya? —soltó Abner, dando un paso atrás como si el objeto fuera a explotar—. ¿Es una broma? ¡Dime que es una maldita broma de mal gusto!

—Es una prueba de embarazo, Abner. Estoy embarazada.

—¡No! ¡No, no, no! —exclamó él, pasándose las manos por el cabello con desesperación, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado—. ¡Esto no puede estar pasando!

—El método que usaste no es infalible y lo sabes —replicó ella, sintiendo cómo los ojos se le llenaban de lágrimas—. No vine a exigirte nada, Abner. Vine a decírtelo porque tienes derecho a saberlo...

Pero Abner ni siquiera la escuchó. Estaba completamente ahogado en sus propios miedos.

—¿Tú tienes idea del problema gigante en el que me estás metiendo? —estalló él, mirándola con los ojos desorbitados por el pánico—. ¡Mi padre está a punto de nombrar al nuevo presidente de la compañía en la junta del próximo mes! Si mi padre se entera de esto... ¡si se entera de que embaracé a una pasante de la empresa, me va a quitar la presidencia! ¡Me va a sacar del testamento, Alya!

—Abner, cálmate, escúchame...

—¡No me pidas que me calme! —la cortó él con agresividad, levantando la voz—. ¿Tienes idea de lo que me va a hacer mi madre si esto sale a la luz? ¡Lleva años advirtiéndome sobre esto! Decenas de reporteros y la prensa de Nueva York devorándome en los periódicos. ¿Qué va a decir la junta? ¿Qué van a pensar de mí los inversionistas? ¡Voy a perder todo por lo que he trabajado!

Alya lo miró congelada. En la cabeza de Abner no había espacio para ella, ni para lo que estaba sintiendo su cuerpo, ni para la vida que crecía en su vientre. Solo existían su apellido, su puesto y el miedo al qué dirán.

—¿Te estás escuchando? —susurró Alya con el corazón hecho pedazos—. Solo estás pensando en tu puesto y en tu padre... ¿Ni siquiera me vas a preguntar cómo me siento yo?

La paranoia de Abner, alimentada por los prejuicios de su madre y la desesperación por zafarse de la responsabilidad, se transformó en un ataque ruin e hiriente.

—¡Por favor, Alya! —escupió él, acercándose a ella con expresión acusadora y una sonrisa amarga—. ¿De verdad pretendes que me trague el cuento del hijo abnegado? Ni siquiera me consta que esa criatura sea mía. Sabrá Dios con cuántos más te estás viendo para venir a colgarme el niño a mí y asegurarte la vida con mi apellido. Eres una simple pasante huérfana, viste la oportunidad perfecta para chantajearme y no dudaste en usarla.

El aire se congeló en la oficina. La bajeza de su insinuación fue la gota que derramó el vaso.

Antes de que él pudiera dar un paso atrás, la mano de Alya cruzó el aire con una fuerza ciega y desesperada.




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