Mi ex tiene un hijo mío

Capitulo 3

Al tercer día, el aire de Nueva York se sentía extrañamente pesado. Alya caminó hacia la torre Bonneville vestida con la elegancia sobria que siempre la caracterizó, pero con una coraza invisible alrededor de su fragilidad. No iba a trabajar. Tampoco iba a suplicar ni a dar explicaciones a Recursos Humanos. Su destino era la oficina del presidente de la compañía: el padre de Abner.

El señor Bonneville, a diferencia de su hijo, era un hombre de negocios justo y observador. Alya entró a su despacho con la barbilla en alto, presentó su carta de renuncia formal y solicitó el traslado inmediato de la convalidación de sus prácticas profesionales para no perder el avance universitario. Ante las preguntas discretas del hombre sobre las razones de su repentina partida, ella solo argumentó motivos de fuerza mayor y personales, manteniendo la dignidad y sin emitir una sola acusación. La firma del documento fue rápida, un trámite helado que sellaba el fin de su etapa en ese edificio.

Cuando las puertas de cristal del piso se abrieron y Alya caminó por el vestíbulo privado hacia los ascensores, una figura la cortó en seco.

Abner la estaba esperando. Apoyado contra una columna de mármol, con la corata ligeramente desanudada y la desesperación pintada en los ojos, se abalanzó hacia ella en cuanto la vio salir del despacho de su padre.

—Alya —soltó él, alzando la mano en un gesto instintivo para detenerla, aunque sin atreverse a rozarla todavía—. Necesitamos hablar. Por favor.

Alya no redujo el paso, intentando esquivarlo como si fuera un obstáculo insignificante.

—No tenemos nada de qué hablar, señor Bonneville —respondió con una voz monótona, desprovista de cualquier calidez o rencor.

Él se interpuso en su trayectoria, rodeándola con torpeza mientras la seguía a paso rápido por el pasillo desierto.

—¡Escúchame un segundo! —exigió Abner, bajando el tono a un susurro lleno de urgencia—. Hablemos de... del bebé. Tenemos que llegar a un acuerdo, no puedes simplemente desaparecer así.

Alya se detuvo de golpe. Se giró hacia él y lo miró fijamente a los ojos. En sus pupilas de sangre árabe y francesa ya no quedaba el rastro de la pasante enamorada; solo había una frialdad absoluta que hizo que a Abner se le oprimiera el pecho.

—Ya no hay nada de qué hablar, Abner —dijo ella en voz baja y firme—. El bebé ya no existe.

La palabra cayó como un mazo en el estómago del hombre. Abner se quedó congelado, paralizado en mitad del pasillo. La sangre se le drenó del rostro mientras la miraba con una mezcla de horror e incredulidad.

—¿Qué...? —balbuceó, parpadeando torpemente—. ¿De qué estás hablando? Alya... ¿qué me estás diciendo? ¿El bebé...?

—Lo que oíste —interrumpió ella sin pestañear—. Ya me encargué de eso. Tal como asumiste que lo haría para no complicarte la vida.

Llevado por un impulso de pánico y culpa, Abner dio un paso adelante y le sujetó el antebrazo con desesperación.

—No... Alya, mírame, ¿es verdad? Dime que no es verdad, ¿qué le pasó al bebé?

El contacto físico de sus dedos sobre la piel de Alya actuó como un detonante. Ella se soltó bruscamente, dando un tirón violento hacia atrás que obligó a Abner a soltarla.

—¡No me toques! —le advirtió con un tono cargado de un desprecio tan puro que lo obligó a retroceder un paso—. Te dije exactamente lo que querías oír, ¿no? Ya no hay ningún niño. Ya no hay ningún apellido que según tú quería robarme. Ahora apártate de mi camino y no vuelvas a ponerme una mano encima jamás.

Sin esperar una respuesta y dejando a Abner en un absoluto estado de shock, Alya subió al ascensor que acababa de abrirse y desapareció de su vista.

El trayecto de regreso a su hogar fue un borrón de luces y ruido metropolitano. Alya entró al departamento, cerró la puerta con seguro y apoyó la espalda contra la madera. La coraza que la había mantenido firme frente a Abner se desmoronó en un instante. Se dejó caer al suelo de madera, abrazando sus rodillas mientras el pecho se le convulsionaba en sollozos silenciosos.

En medio de la penumbra del recibidor, el teléfono sobre la mesa de centro comenzó a vibrar de forma insistente. Alya respiró hondo, se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se arrastró para contestar. La pantalla mostraba un número internacional de Reino Unido.

—¿Hola? —articuló con la voz rota.

—Alya... por fin contestas, mi vida —resonó la voz cálida, elegante y profundamente preocupada de Idris Davies al otro lado de la línea desde Londres.

Idris había sido el amigo inseparable de ella y de Meridian durante la época universitaria en Nueva York antes de regresar a Inglaterra.

—Idris... —murmuró ella, incapaz de reprimir un nuevo hipo de llanto.

—Alya, me enteré de todo. Meridian me llamó hecha una fiera hace unas horas y me contó lo que pasó con ese idiota de Bonneville y lo que te hizo pasar —dijo Idris, sumergido en una mezcla de impotencia y ternura—. Lo lamento tanto, mi amor. De verdad, lo siento con el alma.

Alya apretó el auricular contra su oreja, dejando que las lágrimas fluyeran libremente ahora que estaba frente a alguien en quien confiaba a ciegas.

—Yo sabía quién era él, Idris... —confesó ella entre sollozos desgarradores—. Sabía su reputación de donjuán, sabía la diferencia entre su mundo y el mío... Sabía que algo así podía pasar, pero fui tan estúpida como para creer en sus palabras cuando estábamos a solas. Me acusó de lo peor, Idris... Me trató como a una rata interesada.

—Escúchame bien, Alya Mirren —interrumpió Idris con firmeza amorosa desde el otro lado del Atlántico—. Tú no tuviste la culpa de nada. Ese tipo es un miserable inmaduro que no te llega ni a los talones. Pero no vas a quedarte ahí destruyéndote en esa ciudad que solo te trae recuerdos amargos.

Alya guardó silencio, escuchando el murmullo de la lluvia de Londres a través de la bocina.

—Ven a Londres —le propuso Idris sin dudar un solo segundo—. Agarra tus cosas, habla con Meridian y ven a vivir conmigo. Tengo el espacio, tengo la estabilidad y, sobre todo, me tienes a mí. Aquí podrás empezar de cero, tranquila, sin que nadie te juzgue ni te persiga.




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