Las cuatro paredes de la oficina de Abner se sentían cada vez más estrechas. El eco de las palabras de Alya —«el bebé ya no existe»— resonaba en sus oídos con la violencia de un impacto constante. Tras dos días sumido en una tormenta interna de frustración, culpa y una punzante nostalgia que intentaba sofocar sin éxito, la realidad finalmente quebró su orgullo. Necesitaba verla. Necesitaba mirarla a los ojos sin la barrera de su paranoia y pedirle una explicación, o tal vez, en el fondo, rogar por una absolución que sabía que no merecía.
Salió de la torre y manejó él mismo hasta la dirección que figuraba en la ficha de la pasante. Subió los escalones del viejo edificio con el corazón martilleándole el pecho, pero al llegar a la puerta del departamento, solo encontró silencio. Tras tocar insistentemente, una vecina del pasillo le confirmó lo que más temía: las dos muchachas se habían llevado sus maletas esa misma mañana. Se habían ido.
Desesperado, manejó de vuelta a Bonneville Enterprises a velocidad de riesgo. Ignoró a su secretaria, cruzó el pasillo central y abrió de golpe la puerta del despacho presidencial.
El señor Bonneville, sentado tras su imponente escritorio de caoba con unas gafas de lectura puestas, levantó la mirada con desaprobación ante la abrupta entrada de su hijo.
—¿Qué son estos modales, Abner? —preguntó el hombre mayor, dejando los papeles a un lado.
—Papá, necesito saber dónde está Alya Mirren —soltó Abner sin rodeos, apoyando las manos sobre el escritorio, agitado y con la frente perlada de sudor—. Fui a su departamento y está vacío. Desapareció. ¿A dónde se fue?
El señor Bonneville acomodó sus anteojos y suspiró con pesadez, reclinándose en su sillón.
—Alya vino hace unos días a presentar su renuncia formal —respondió con voz pausada—. Solicitó una transferencia y convalidación internacional para el cambio de sus pasantías a través del convenio universitario. Firmé los documentos porque era su derecho.
—¿A dónde, papá? ¿A qué país se fue? —exigió Abner, rozando la histeria.
—No lo sé, Abner. La universidad gestiona los destinos finales según las plazas disponibles en el extranjero. Ella solo pidió salir del país inmediatamente —el presidente lo observó con detenimiento, frunciendo el ceño ante la alteración desmedida de su hijo—. ¿Y se puede saber por qué estás tan desesperado por esa muchacha? Era solo una pasante. ¿A qué viene esta falta de compostura?
Abner se pasó ambas manos por la cara, despeinándose el cabello en un gesto de absoluta frustración. La máscara de heredero invulnerable que siempre lucía ante su familia se desmoronó por completo. La culpa que había intentado enterrar le quemaba la garganta.
—Me estaba viendo con ella, papá —confesó Abner, levantando la vista con los ojos enrojecidos—. Tuvimos un romance en secreto durante meses.
El señor Bonneville se enderezó en su asiento, endureciendo el gesto.
—¿Un romance con una pasante de esta empresa? Conoces perfectamente las políticas de la compañía sobre eso, Abner. Pero sigue, dudo que eso sea todo para que estés actuando como un loco.
—Ella... ella salió embarazada —admitió en un hilo de voz, tragando grueso—. Cuando me lo dijo hace unos días, me cegué. Pensé que me estaba manipulando, que solo quería el dinero, el apellido... Reaccioné de la peor manera. La acusé de ser una interesada y la eché de mi oficina. Por eso faltó esos días. Y cuando la vi aquí el día que vino a renunciar... me dijo que lo había abortado. Que ya no había ningún bebé.
Un silencio sepulcral cayó sobre la oficina. El señor Bonneville se puso de pie lentamente. Su rostro se transformó en una máscara de indignación y decepción absoluta. Se acercó a su hijo y, sin previo aviso, apoyó ambas manos sobre la mesa con fuerza, haciendo vibrar los objetos de cristal.
—¡Eres un imbécil e un irresponsable! —estalló el padre, con una voz retumbante que hizo que Abner diera un paso atrás por instinto—. ¡Un completo maduro e irresponsable! ¿Acaso no tienes un mínimo de empatía en la cabeza?
—Papá, yo...
—¡Cállate y escucha! —lo cortó el anciano, señalándolo con un dedo acusador—. ¿Tienes idea de quién es esa muchacha? ¡Alya es una joven huérfana! No tiene una familia con un imperio económico que le cubra las espaldas como tú. Llegó a esta empresa a fuerza de mérito propio, matándose trabajando y estudiando para salir adelante, para construir una vida decente sin pedirle un centavo a nadie. ¿Y tú, el hijo del dueño, el mimado que lo ha tenido todo servido en bandeja de plata gracias a la alcahuetería de tu madre, vienes a tratarla como a una miserable estafadora?
Abner bajó la cabeza, sintiendo cómo cada palabra de su padre le pesaba como una losa de plomo. Las defensas que su madre le había infundido sobre las «mujeres de clase baja» se desintegraron ante la cruda realidad que su padre le ponía enfrente.
—Lo sé... —murmuró Abner, con la voz quebrada por un arrepentimiento real—. Sé que cometí un error terrible, papá. De verdad lo sé. Me dejé llevar por el miedo, por las dudas... Fui un idiota. Lo siento.
El señor Bonneville dejó escapar un suspiro largo y amargo. Se dio la vuelta y caminó hacia los ventanales que daban a la ciudad, intentando serenarse.
—Tus disculpas no me sirven de nada a mí, Abner. A quien destruiste fue a esa muchacha. Ahora mismo vas a mover todos tus contactos, vas a buscarla donde sea que esté, le vas a dar la cara, le vas a pedir perdón de rodillas si es necesario y le vas a ofrecer una indemnización económica justa por todo el daño emocional y el perjuicio que le has causado. Es lo mínimo que un hombre de verdad haría.
Abner apretó los puños con impotencia.
—¡Es que ya la busqué, papá! —exclamó con desesperación—. Fui a su casa hoy mismo. Se mudó, entregó el departamento y cambió de número telefónico. Borró todo rastro. Desapareció por completo. No tengo forma de dar con ella.