Mi ex tiene un hijo mío

Capitulo 6

El ambiente del exclusivo restaurante privado en Londres era perfecto para cerrar alianzas internacionales: luces tenues, manteles de lino pulcro y un murmullo suave de jazz que amortiguaba el sonido de las copas de cristal. Sin embargo, para Abner Bonneville, el viaje de negocios era solo una obligación más dentro de su monótona rutina. Había volado desde Nueva York para concretar la inversión más importante del año junto a su socio mayoritario, un veterano inversionista británico que coordinaba la fusión de capitales. Lo que Abner no imaginaba era que el socio local con el que compartiría la mesa esa noche no era otro que el esposo de la mujer que no había podido borrar de su mente durante cinco años.

Acompañado por el inversionista mayor, Abner caminó hacia la reservación privada. Ajustó los puños de su saco con frialdad mientras el maître los guiaba a la terraza cubierta.

Al llegar a la mesa, el tiempo pareció congelarse.

Allí, bajo la luz cálida de las lámparas de araña, estaba ella. Alya lucía despampanante, con una elegancia madura que le quitó el aliento a Abner al instante. Reía con suavidad, inclinada hacia el hombre sentado a su lado, ofreciéndole una sonrisa genuina y llena de calidez, una mirada iluminada que le perteneció a él.

Un impacto brutal sacudió el pecho de Abner, haciendo que se frenara a un paso de la mesa. El aire se le escapó de los pulmones.

—Buenas tardes —articuló Abner con la voz rasposa, haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener la compostura.

Al escuchar la inconfundible voz masculina en español con acento neoyorquino, Alya volteó con sorpresa. El color se le drenó del rostro al instante. Sus ojos de sangre árabe y francesa chocaron contra la mirada azul e incólume de Abner. El tenedor que sostenía estuvo a punto de caer de sus dedos. Por un segundo, el restaurante pareció desaparecer y el aire entre ambos se volvió irrespirable.

Sintiendo la repentina rigidez de su cuerpo, Idris le lanzó una mirada rápida de preocupación. Percibió de inmediato el nerviosismo de su esposa y, con naturalidad absoluta, le tomó la mano sobre la mesa, apretándola con ternura mientras le dedicaba una sonrisa tranquilizadora para sostener su templo.

El socio mayor, ajeno a la corriente eléctrica que acababa de fracturar la mesa, rompió el hielo con entusiasmo.

—¡Caballeros, por favor, tomen asiento! —dijo el inversionista con una franca sonrisa—. Déjenme presentarlos adecuadamente. Abner, él es Idris Davies, nuestro socio estratégico en el Reino Unido y el cerebro detrás de la expansión europea. Y ella es su encantadora esposa, Alya.

Idris se puso de pie con una prestancia impecable. Extendió la mano con profesionalismo intachable hacia el magnate americano.

—Un placer, señor Bonneville. He oído hablar mucho de su impecable trayectoria en Nueva York.

—Abner Bonneville —se presentó el aludido, estrechando la mano de Idris con firmeza, aunque sus ojos jamás abandonaron el rostro de Alya—. El placer es mío.

Alya tragó saliva, obligando a su corazón a ralentizar sus latidos desbocados. Miró al hombre que años atrás la había destrozado acusándola de interesada, y decidió responder con la coraza más impenetrable que poseía: la indiferencia. Lo miró como si se tratara de un absoluto desconocido, un simple ejecutivo de paso.

—Un gusto, señor Bonneville —pronunció Alya con una voz helada, limpia de cualquier emoción, evitando intencionalmente extenderle la mano.

Abner apretó los dientes, sintiendo una punzada de frustración que le quemaba por dentro. Tomó asiento justo frente a ellos. Su mirada clavada en ella era implacable, buscando desenmascarar la máscara de serenidad que la joven lucía frente a su esposo.

El socio mayor tomó la jarra de agua y sonrió hacia Abner con curiosidad.

—Por cierto, Abner, ¿dónde quedó su prometida? Pensé que vendría con usted a Londres para aprovechar el viaje.

Abner no apartó la vista de Alya ni un milímetro al responder.

—No es mi prometida —la corrigió de inmediato, marcando una distancia tajante que hizo que el socio mayor alzara las cejas—. Es solo mi novia. Y no vino a la reunión porque prefirió asistir a una gala de moda.

Al escuchar la mención de la mujer en la vida de Abner, Alya se tensó imperceptiblemente. Sintiéndose observada de manera sofocante, tomó la copa de vino tinto y le dio un trago largo para calmar el nudo en su garganta.

Idris, advirtiendo la tensión sutil en la postura de Alya, reaccionó de inmediato. Rozó con afecto la mano de su esposa sobre la mesa, se la llevó a los labios y le plantó un beso tierno y prolongado en el dorso, mirándola a los ojos con devoción.

—Mi amor, ¿estás bien? Si el vino está muy fuerte te pido algo más suave —le susurró Idris con dulzura, lo suficientemente alto para que la mesa lo escuchara.

Alya lo miró y le devolvió una sonrisa genuina, cargada de una complicidad real.

—Estoy bien, cielo. El vino está perfecto, gracias.

La escena fue demasiado para Abner. La visión de las manos entrelazadas, los besos cotidianos y la sonrisa que Alya le regalaba con tanta soltura a otro hombre encendió un fuego rabioso en su estómago. La culpa y los celos se mezclaron en una cóctel corrosivo. Sin poder disimular su molestia, Abner sujetó su propia copa de vino y se la tomó de un solo trago, dejando la copa de cristal sobre la mesa con un golpe seco que llamó la atención del mozo.

El resto de la reunión transcurrió entre balances financieros, proyecciones de mercado y cláusulas de inversión. Mientras Idris y el socio mayor discutían con fluidez los pormenores del contrato, Abner apenas podía concentrarse en las cifras. Cada gesto de Alya, el brillo de su anillo de matrimonio, su porte elegante y la forma en que rozaba el hombro de su esposo lo torturaban sin piedad. La pasante frágil a la que había herido ya no existía; en su lugar había una mujer inalcanzable, casada y asentada en un imperio que él no podía tocar.




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