Mi ex tiene un hijo mío

Capitulo 7

Abner tiró el saco sobre el sofá del hotel con brusquedad, se desabrochó los primeros botones de la camisa y se sirvió un vaso de whisky sin hielo. Le temblaba la mano. La imagen de Alya sonriéndole a Idris, la naturalidad con la que se dejaba besar el dorso de la mano y esa mirada de plenitud que jamás le vio cuando estaban en Nueva York le ardonaban en las entrañas como un ácido corrosivo.

Él estaba consumido por la culpa, atrapado en un bucle de arrepentimiento que llevaba cinco años carcomiéndolo, mientras ella florecía en el brillo de una vida perfecta, al lado de un hombre impecable.

La puerta de la suite se abrió de golpe, rompiendo el silencio. Bianca entró cargada de bolsas de compras de boutiques exclusivas de Bond Street. Lucía un abrigo de piel sintética y una sonrisa de satisfacción superficial mientras arrojaba los paquetes sobre la cama.

—¡Londres es sensacional para las compras, Abner! —exclamó la modelo sin mirarlo, acomodándose el cabello frente al espejo—. Deberías ver las colecciones de otoño que conseguí. Por cierto, ¿cómo te fue en tu aburrida cena de negocios?

Abner la observó desde la sombra de la barra. La vanidad vacía de Bianca, sus prioridades frívolas y la voz chillona le resultaron insoportables en comparación con la sobria dignidad de Alya. El contraste lo enfureció.

—Deberías buscarte un marido rico al que le guste gastar su dinero en estupideces inservibles —soltó Abner con una voz cargada de un veneno frío y seco.

Bianca se congeló frente al espejo. Se giró despacio, con las cejas fruncidas y la expresión desencajada por la sorpresa.

—¿Qué dijiste? —preguntó, dando un paso hacia él.

—Lo que oíste, Bianca —replicó Abner, dándole un trago largo a su vaso de whisky—. No soy tu cajero automático ni tengo ganas de soportar tus compras absurdas. Lárgate a gastarle el dinero a otro.

—¡Eres un grosero e imbécil! —estalló ella, caminando a grandes zancadas hacia él—. ¡Llego de pasar todo el día sola para esperarte y me recibes tratándome como a una basura! ¿Quién te crees que eres?

Antes de que Abner pudiera responder, Bianca levantó la mano y le asestó una bofetada sonora en la mejilla. El impacto hizo que la cabeza de Abner se ladeara ligeramente, pero no se inmutó. En lugar de reaccionar con violencia, dejó escapar una carcajada amarga, seca y llena de un desprecio absoluto.

—¿Te da risa, Abner? —reclamó ella, agitada, con los ojos llenos de rabia.

—Me da risa lo patéticos que somos —dijo él, mirándola con una frialdad que la hizo dar un paso atrás—. Estoy harto de esta farsa, Bianca. Harto de ti. Si todavía te tolero cerca es únicamente porque mi madre insistió en tenerte como un escudo barato frente a la prensa para que no inventen estupideces sobre mi vida privada. Pero la realidad es que no me importas en absoluto. Solo sirves para gastar dinero y estorbar.

Bianca se quedó sin aliento, herida en lo más profundo de su orgullo de modelo codiciada.

—¡No puedes hablarme así! ¡Se lo voy a decir a tu madre!

—Díselo a quien te dé la gana —respondió Abner pasando por su lado sin mirarla—. Recoge tus bolsas y vete a tu habitación conectada. No quiero verte la cara el resto de la noche.

Salió de la suite cerrando la puerta de un portazo que retumbó en todo el pasillo.
El bar del hotel era un refugio en penumbras, frecuentado por ejecutivos solitarios y viajeros de paso. Abner se acomodó en el rincón más apartado del mostrador, pidió una botella entera de bourbon y sacó el teléfono celular. Marcó el número de Agustín en Nueva York sin importar la diferencia horaria.

Al cuarto tono, la voz adormilada y ronca de Agustín respondió desde el otro lado del Atlántico.

—¿Abner? ¿Sabes qué hora es aquí, maldito loco?

—La vi, Agustín —soltó Abner sin rodeos, con la voz rasposa por el alcohol y el dolor contenido—. Vi a Alya.

Hubo un silencio prolongado en la línea. El tono adormilado de Agustín desapareció al instante, reemplazado por una seriedad alerta.

—¿Qué dijiste? ¿En Londres? ¿Cómo que la viste?

—Está aquí —continuó Abner, mirando fijamente el hielo derretirse en su vaso—. Es la esposa del socio con el que tengo que cerrar el trato más grande del año. Cené con ellos esta noche, Agustín. La tuve sentada justo frente a mí durante dos horas.

—Maldita sea... —murmuró Agustín desde Nueva York, reclinándose en la cama—. ¿Y cómo está ella? ¿Te reconoció?

—Está hermosa... Dios mío, Agustín, está más despampanante y elegante que nunca —confesó Abner, dejándose caer contra el respaldo del taburete y cerrando los ojos con fuerza—. Pero me miró como si fuera un perro callejero. Ni siquiera quiso tocarme la mano. Y lo peor no es eso... lo peor es que está felizmente casada.

—A ver, cálmate, Abner —intervino Agustín con pragmatismo—. ¿Felizmente casada? ¿Cómo puedes estar tan seguro de eso tras solo una cena de negocios? A lo mejor es solo apariencia, ya sabes cómo funciona este ambiente.

—No es apariencia —interrumpió Abner con una desesperación sofocante—. Se le nota en los ojos, Agustín. Se le nota en la forma en que se inclina hacia él, en cómo se ríe cuando él le habla... Ese tipo, el tal Idris, la trata como si fuera una joya de cristal. Le besó la mano en mitad de la mesa, la cuida, la mira con una devoción que me dio ganas de romper la mesa en mil pedazos. Ella lo ama, Agustín. Se ve plena, libre, como si el infierno que le hice pasar en Nueva York jamás hubiese existido.

Agustín dejó escapar un suspiro pesado a través del teléfono.

—Abner, brother... pasaron cinco años. Tú fuiste quien la acusó de ser una interesada, la echaste como si fuera una basura y dejaste que se fuera del país sola. ¿Qué esperabas encontrar? ¿A una mujer llorando por ti en un rincón? Ella rehízo su vida con un hombre de verdad.

—¡El problema es que yo no la he olvidado ni un solo segundo! —estalló Abner en un susurro violento, apretando el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—. Pensé que al verla me liberaría de esta culpa, pero es diez veces peor. Saber que la perdí por mi propia imbecilidad, por escuchar los venenos de mi madre... Saber que el lugar que ese tipo ocupa a su lado debió ser el mío me está matando. Saber que perdí a mi hijo...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.