Mi ex tiene un hijo mío

Capitulo 8

La casa en las afueras de Londres estaba en absoluto silencio cuando cruzaron el umbral. Alya caminó directo hacia la sala, descalzándose en el trayecto mientras dejaba su bolso sobre la mesa de centro. Sentía la cabeza a punto de estallar.
Idris cerró la puerta con llave y la observó en penumbras. Su andar tenso y la rigidez de sus hombros le dijeron todo lo que no se había atrevido a pronunciar en el restaurante.

—¿Estás bien, Alya? —preguntó Idris, acercándose con lentitud y cruzándose de brazos.

Alya negó con la cabeza sin mirarlo. Respiró hondo, pero el aire le quemó la garganta.

—No —susurró con la voz rasposa—. No esperaba volver a verlo jamás, Idris. Mucho menos aquí, en medio de tu trabajo.

Se pasó las manos por el rostro, intentando frenar el temblor de sus dedos.

—Tengo miedo —confesó, levantando la mirada hacia su esposo—. Tengo terror de que se entere de que nunca aborté. Si descubre a mi hijo... no sé de qué pueda ser capaz ese hombre.

Idris la escuchó con atención. Dio dos pasos más y le sostuvo los hombros para transmitirle firmeza.

—No tiene por qué saberlo, Alya. Tranquila.

—¿Y si lo ve? —insistió ella, al borde del colapso—. Londres no es tan grande cuando el destino se empeña en cruzar a la gente.

—Si por alguna casualidad llega a verlo, no tiene forma de atar cabos —respondió Idris con tono pragmático—. El niño tiene casi cuatro años. Para cualquier desconocido es un pequeño saludable viviendo en otro país.
Idris hizo una pausa y le dedicó una sonrisa serena para calmarla.

—Además, recuerda que nuestro hijo no habla. Y pongo las manos en el fuego a que un magnate de Nueva York como Abner Bonneville no tiene la más mínima idea de cómo interpretar el lenguaje de señas. Tu secreto está a salvo.

Alya dejó escapar un suspiro pesado, pero la angustia no desapareció de su pecho. Miró hacia las escaleras que llevaban a las habitaciones.

—Es mejor que no vuelva a acompañarte a ninguna reunión —sentenció Alya, apretando las manos—. Me mantendré lejos de los negocios y de cualquier lugar donde él pueda estar hasta que firme ese contrato y se regrese a Estados Unidos.

Idris la observó en silencio durante un par de segundos. La soltó de los hombros y adoptó una postura seria, cargada de honestidad.

—¿Vas a esconderte en tu propia casa, Alya?

—No es esconderme, es ser prudente —replicó ella, eludiendo la mirada.

—No, no es prudencia —dijo Idris con voz pausada y profunda—. Lo que quieres es huir de lo que sientes por él.

Alya se congeló en su sitio. Sintió una punzada caliente en el estómago y levantó la vista, clavándole una mirada llena de tensión.

—Idris... —pronunció su nombre con un todo de clara advertencia, pidiéndole que no cruzara esa línea.

Idris no se amedrentó. En lugar de discutir, dio un paso adelante y la envolvió en un abrazo cálido y protector. Alya apoyó la frente en su hombro, sintiendo cómo la coraza que había construido durante cinco años se resquebrajaba por completo.

—No te estoy juzgando, mi amor —le susurró Idris al oído mientras le acariciaba la espalda—. Jamás lo haría. Pero el dolor no se cura huyendo. Tienes que enfrentarte al pasado de una vez por todas si de verdad quieres dejarlo atrás y vivir en paz.

Alya se separó del abrazo y se cubrió el rostro con ambas manos, frustrada.
Estaba molesta, profundamente furiosa consigo misma. Le quemaba el orgullo admitir que, a pesar del tiempo, de la distancia, de la humillación y de las acusaciones crueles en aquella oficina de Nueva York, ver a Abner frente a ella había desordenado todo su mundo. Odiaba que su corazón aún reconociera la voz del hombre que casi la destruye.

Unos pasos menudos sobre la madera del pasillo interrumpieron la tensión.

El pequeño apareció en el umbral de la sala con su pijama de osos, frotándose un ojo con el puño cerrado. Al ver a sus padres despiertos, sus labios se curvaron en una sonrisa tranquila.

La atmósfera densa se disipó al instante.

—¡Pero miren quién se despertó! —exclamó Idris, cambiando su semblante a una alegría contagiosa.

Se agachó y alzó al niño de un solo tirón, elevándolo por el aire mientras el pequeño dejaba escapar una risa sorda, agitando los brazos de felicidad. Idris comenzó a hacerle cosquillas en las costillas, sacándole mudas carcajadas que llenaron la sala de una calidez reconfortante.

Alya se quedó a un lado, observándolos jugar.

Apoyó la espalda contra la pared, cruzándose de brazos mientras la imagen de su hijo riendo en brazos de Idris le llenaba el alma, pero también le traía una certeza abrumadora.

No podía ocultar a su hijo para siempre. El mundo era demasiado incierto y la verdad siempre encontraba una rendija por donde filtrarse. Sin embargo, al contemplar la inocencia de su pequeño, Alya sintió que el pecho se le apretaba.

No estaba lista. No sabía cómo protegerlo, y mucho menos sabía si algún día tendría el valor de confesarle la verdad sobre el hombre que le había dado la vida.




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