Mi ex tiene un hijo mío

Capitulo 10

​Abner pospuso su vuelo a Nueva York por tercera vez en la semana. Utilizó cualquier pretexto—revisiones de cláusulas secundarias, auditorías de mercado y ajustes de presupuesto— para justificar su permanencia en Londres. Su equipo no entendía la urgencia, pero para él la razón era simple y enfermiza: necesitaba estar cerca de Alya, respirar su mismo aire y encontrar una rendija por donde volver a entrar en su vida.

​El fin de semana trajo un respiro para Alya. Intentando dejar atrás la sombra de Abner, salió con Idris y su hijo a un concurrido centro comercial de la ciudad. El pequeño caminaba tomado de la mano de ambos, observando las vitrinas animadas con ojos curiosos. Decidieron hacer una parada en la heladería del segundo nivel, un espacio iluminado y abarrotado de familias.

​Mientras Idris pagaba en el mostrador, Alya ayudaba al niño a acomodarse en una mesa alta. El pequeño sonreía, frotándose las manos con anticipación.

​Fue entonces cuando Alya sintió esa mirada punzante que ya conocía demasiado bien.

​Al levantar la vista, su corazón dio un vuelco violento. Abner caminaba a pocos metros de distancia, vistiendo un abrigo oscuro que contrastaba con el ambiente festivo del lugar. Se detuvo en seco al verlos.

​El pánico se apoderó de Alya. El niño estaba justo allí. Aunque físicamente el pequeño era el retrato vivo de Alya —sus mismos ojos expresivos y sus rasgos finos—, la sola presencia de Abner cerca de su hijo le producía un terror visceral. No podía permitir que atara cabos.

​Idris regresó a la mesa con los helados y notó de inmediato la rigidez en la postura de su esposa. Siguió la dirección de su mirada y divisó a Abner. Sin perder la compostura, Idris le entregó el helado al niño y lo cargó en brazos con una soltura entrañable.

​—Bebé, voy a llevar al niño a la tienda de juguetes de enfrente mientras miras unas cosas —dijo Idris en voz alta, guiñándole un ojo con complicidad—. Vamos, campeón, a ver esos autos de carreras.

​ El pequeño asintió emocionado, rodeando el cuello de Idris con sus brazos mientras se alejaban.

​Alya respiró aliviada por un segundo, pero antes de que pudiera dar un paso para seguirlos, una mano firme le sujetó el antebrazo.

​ El agarre de Abner era desesperado, casi tembloroso.

​—¿De quién es ese niño, Alya? —exigió Abner en un susurro ronco, acercándose a ella hasta romper cualquier distancia respetable—. Dime la verdad. Mírame y dímelo. ¿Es mío? ¿Es nuestro hijo?

​Alya sintió que la sangre se le congelaba. El pánico amenazó con desarmarla, pero al ver los ojos de Abner —llenos de una esperanza sofocante y egoísta—, una fuerza oscura y defensiva emergió desde lo más profundo de su ser.

​ Se soltó del agarre con un movimiento brusco. Luego, contra todo pronóstico, dejó escapar una risa seca, fría y cargada de un desprecio que desconcertó al hombre.

​—¿Nuestro? —preguntó ella, mirándolo como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo—. ¿De verdad eres tan ególatra para pensar que guardaría un recuerdo tuyo?
​Abner dio un paso atrás, impactado por la reacción.

​—Ese niño es de mi esposo y mío —mintió Alya, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Te lo dije hace cinco años y te lo repito hoy: yo aborté a tu criatura. Y como no pensaba quedarme con las manos vacías ni sufriendo por un cobarde, busqué de inmediato a un hombre de verdad. Un hombre con estabilidad, con clase y con un corazón que tú jamás tendrás.

​ El rostro de Abner se tornó pálido.

​—Me quedé embarazada de Idris un mes después de deshacerme de lo tuyo —continuó ella con la voz cortante como una navaja—. Hice exactamente lo que me acusaste de hacer: me aseguré una vida cómoda. Así que haznos un favor a los dos y déjame en paz. Recuerda que fuiste tú quien me trató como a una miserable interesada en tu oficina. Yo solo le hice el favor a tu ilustre apellido de desaparecer de tu vista.

​ Cada palabra cayó sobre Abner con el peso de una losa de hormigón. La mínima esperanza que albergaba en el pecho —la ilusión secreta de que ese niño fuera suyo y la fantasía infantil de poder conquistarla y redimirse— se pulverizó en mil pedazos.

​ El corazón se le rompió en silencio. La vio allí, tan firme, tan ajena y tan convencida de su desprecio, que no encontró una sola palabra para rebatirle. Se quedó estático en medio del pasillo del centro comercial, viendo cómo Alya se daba la vuelta y caminaba con paso firme hacia la tienda de juguetes donde la esperaba su familia.

​ De regreso en la casa victoriana, el ambiente era sereno. El pequeño jugaba en la alfombra de la sala con la pista de autos nueva que Idris le había comprado, ajeno a la tormenta que se había desarrollado horas antes.

​Alya estaba de pie junto a la ventana del tragaluz, con una taza de té entre las manos que ya se había enfriado. Temblaba levemente.

​Idris se acercó por detrás y le colocó una mano cálida sobre el hombro.

​—Alya... —dijo él con suavidad.

​—Tuve que mentirle de la peor manera, Idris —confesó ella, apoyando la cabeza en el cristal—. Tuve que decir cosas horribles de mí misma para que nos deje en paz.

​Idris suspiró con pesadez. Se giró para quedar frente a ella y la miró con una mezcla de afecto y melancolía.

​—Hiciste lo que creíste necesario para proteger al niño —dijo Idris con voz pausada—. Pero sabes tan bien como yo que las mentiras son estructuras frágiles, Alya. Todo secreto sale a la luz algún día. Tanto el tuyo con ese niño... como el mío con mi propia vida y mi familia.

​Alya levantó la mirada hacia su esposo. Sabía exactamente a qué se refería. Idris también cargaba con sus propias cadenas, ocultando su verdadera naturaleza ante una familia aristocrática que jamás entendería su realidad.

​ La frustración la oprimió por dentro. Cerró los ojos con fuerza, consciente de que, por más que intentara construir muros perfectos alrededor de su hogar, el destino siempre encontraba la forma de cobrar sus cuentas.




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