Mi ex tiene un hijo mío

Capitulo 11

Los días transcurrieron en Londres bajo una bruma constante, pero la tormenta en el interior de Abner no daba tregua. Incapaz de aceptar la derrota definitiva, continuaba postergando su regreso a Nueva York. Se recluía en la suite del hotel, consumido por el alcohol y una fijación enfermiza que se alimentaba del dolor.

Bianca, harta de permanecer confinada en una ciudad que no le interesaba y de tolerar la frialdad de Abner, irrumpió en la sala de la suite a grandes zancadas. Traía las maletas listas y una expresión de furia contenida.

—¡Esto se acabó, Abner! —estalló la modelo, tirando su bolso sobre el sofá—. Llevamos días encerrados aquí por tus supuestos "negocios". Exijo que saques los pasajes y nos vayamos hoy mismo a Nueva York.

Abner ni siquiera se molestó en mirarla. Continuó contemplando la calle a través del ventanal, con un vaso de cristal sujeto entre los dedos.

—Si tanta prisa tienes, saca tu propio pasaje y vete sola —respondió él con una voz monótona y helada.

—¿Qué me vaya sola? —reclamó Bianca, acercándose a él con los puños apretados—. ¡Sé perfectamente por qué te quieres quedar! Crees que soy estúpida, pero me di cuenta de cómo miras a esa mujer. Si no nos vamos ahora mismo, voy a llamar a tu madre y le voy a decir que andas en Europa arrastrándote detrás de una cualquiera casada.

La mención de su madre y la amenaza directa actuaron como un detonante en la mente inestable de Abner.

En un movimiento felino y violento, se giró y la acorraló contra la pared adyacente. Su mano derecha se cerró alrededor del cuello de Bianca, no para asfixiarla por completo, pero sí con la fuerza suficiente para inmovilizarla y arrebatarle el aliento.
El rostro de Abner se transformó en una máscara de rabia pura. Su mirada azul echaba chispas.

—Escúchame muy bien, Bianca —susurró él, pegando su rostro al de ella, con una voz tan oscura que le heló la sangre a la mujer—. Si no quieres regresar a Nueva York viajando en la última fila de un vuelo comercial en segunda clase, vas a mantener esa maldita boca cerrada.

Bianca, con los ojos desorbitados por el pánico y la sorpresa, le agarró las muñecas a Abner con ambas manos, intentando en vano liberarse de su agarre.

—Eres... un... idiota —articuló ella entre tosidas, tratando de tomar aire.

Abner la soltó con un empujón seco, haciendo que ella se llevara una mano a la garganta mientras recuperaba el aliento. Él se sacudió las manos como si hubiera tocado algo sucio y acomodó las solapas de su saco con absoluta frialdad.

—Arréglate —le ordenó sin un solo rastro de remordimiento en el tono—. Esta noche asistiremos a una gala en un restaurante muy importante con los altos ejecutivos de la firma. Y más te vale comportarte y sonreír para las fotos.

Bianca lo miró con odio retenido, pero el miedo terminó por imponerse. Sin pronunciar una palabra más, se giró y caminó a paso rápido hacia el vestidor.

En la casa de Alya, la atmósfera era diametralmente opuesta. Una cálida luz amarilla iluminaba la sala mientras el aroma a perfume fresco y flores llenaba el ambiente.

Alya terminaba de abotonar el pequeño chaleco del traje de noche de su hijo. El niño lucía adorable en su diminuto esmoquin negro con una pajarita azul marino. Tras el encuentro en el centro comercial, Alya sentía que un peso enorme se le había quitado de encima. Estaba convencida de que sus palabras crueles habían surtido efecto y que Abner finalmente había tomado un avión de vuelta a Estados Unidos.

—Mírate nada más —le dijo Alya con una sonrisa radiante, acomodándole el cuello de la camisa—. Estás guapísimo, mi amor. Pareces un verdadero caballerito.

El niño la miró fijamente con sus grandes ojos expresivos. Sonrió con ternura y levantó sus pequeñas manos. Con soltura rápida y precisa en lenguaje de señas, le indicó: «Tú también estás muy hermosa, mamá».

Alya se llevó una mano al corazón, enternecida, y se agachó para darle un beso prolongado en la mejilla, sacándole una risita sorda al pequeño.

—¡Vaya, pero qué familia tan elegante tengo! —resonó la voz alegre de Idris desde las escaleras.

Idris bajaba los escalones luciendo un esmoquin de corte italiano impecable, ajustándose los gemelos de plata en las muñecas. Caminó hacia ellos con una postura impecable y una amplia sonrisa en el rostro.

—Definitivamente, ustedes dos se roban todas las miradas esta noche —comentó Idris, agachándose para despeinar con cariño al niño, quien le devolvió un pulgar arriba en señal de aprobación.

Alya se puso de pie, arreglándose la falda de su vestido de seda color vino. Miró a su amigo de arriba abajo y dejó escapar una leve risa.

—Tú tampoco te quedas atrás, cariño —lo halagó ella con sinceridad—. Ese traje te queda espectacular.

—Lo sé, querida, el buen gusto es un don natural —bromeó él, guiñándole un ojo con diversión.

El niño hizo un gesto rápido con las manos dirigidas a Idris: «El mejor papá del mundo». Idris sonrió conmovido, lo alzó en brazos y lo hizo girar en el aire mientras el pequeño reía sin emitir sonido, contagiando a Alya con su felicidad.

Por un momento, el fantasma de Nueva York, las mentiras y el miedo al futuro parecieron disolverse en el aire. La risa fluía con libertad en el recibidor, regándoles un instante de paz absoluta que necesitaban con desesperación.

—Bueno, mis invitados de honor —anunció Idris, acomodando al niño sobre su cadera y ofreciéndole el otro brazo a Alya—, nuestro auto nos espera. La velada promete ser inolvidable.

Alya se tomó del brazo de Idris con una sonrisa tranquila, sintiéndose protegida.

Ninguno de los tres sospechaba que, al cruzar las puertas de esa velada, el destino los estaba aguardando para desmantelar la mentira que con tanto esmero habían intentado proteger.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.