Mi Exmarido Quiere a Nuestro Hijo

Capítulo 1: El eco de un pasado que creyó enterrado

El salón de baile del hotel Grand Imperial brillaba bajo una constelación de lámparas de cristal de Murano, proyectando destellos dorados sobre el suelo de mármol blanco y reflejando el lujo opulento de la alta sociedad. Para los asistentes, aquello no era más que una gala benéfica rutinaria, una oportunidad perfecta para cerrar acuerdos millonarios bajo la excusa de la filantropía y pavonearse con trajes de alta costura y joyas de valor incalculable. Sin embargo, para Victoria Miller, el evento se cernía como una prueba de fuego, un recordatorio de que el mundo en el que alguna vez reinó seguía girando con o sin ella.

A sus veinticuatro años, Victoria había aprendido a moverse por esos salones cargados de hipocresía con una armadura invisible, una elegancia tan fría como el diamante que colgaba de su garganta y un vestido largo de seda en tono esmeralda que contrastaba de manera perfecta con la altivez de su expresión. No obstante, toda esa coraza impecable se desmoronaba en cuanto bajaba la mirada. De su mano izquierda, un pequeño y cálido dedito se aferraba a su piel con una fuerza desesperada. Victoria bajó los ojos por una fracción de segundo, y una sonrisa genuina, cargada de una ternura infinita, curvó sus labios pintados de rojo carmín.

—¿Estás cansado, mi amor? —le susurró con la voz más dulce del mundo, inclinándose ligeramente hacia el suelo.

A su lado, Lucas, su hijo de casi dos años, bostezaba con desgana mientras se tallaba los ojitos regordetes con su manita libre. El pequeño iba vestido con un adorable mini esmoquin hecho a medida, idéntico al que llevaba su abuelo materno, lo que lo convertía en el centro de atención involuntario de las pocas personas que ya habían reparado en su presencia.

—No, mami. Toy bien —respondió el niño con su vocecita medio adormilada, negando con la cabeza antes de recostarse de nuevo contra la pierna de su madre, buscando refugio del bullicio ensordecedor de la orquesta en vivo.

Victoria había tomado la decisión de traerlo al evento porque su padre, el magnate Eduardo Miller, se había mostrado implacable al respecto. Su abuelo consideraba que el heredero del imperio familiar debía empezar a familiarizarse desde la cuna con las altas esferas, sin importarle las consecuencias psicológicas o el riesgo evidente de un reencuentro no deseado. Y es que Victoria sabía perfectamente que esa noche no era una noche cualquiera. Los grandes empresarios del país, los peces gordos de la industria tecnológica, inmobiliaria y financiera, acudían sin falta. Entre ellos, el hombre que había marcado su vida a fuego y cicatrices.

El murmullo general del salón, compuesto por risas artificiales, tintineo de copas de cristal y conversaciones de negocios, cambió de frecuencia de manera sutil pero abrumadora. Las puertas dobles de caoba maciza, chapadas en oro, se abrieron de par en par con ungélido silencio que se expandió como una onda expansiva por todo el perímetro.

La respiración de Victoria se detuvo por completo. El aire pareció volverse denso, casi irrespirable, mientras un frío repentino recorría su columna vertebral.

Ahí estaba él.

Dante De Luca.

A sus veintiocho años, la presencia del CEO más implacable y temido del país seguía imponiendo la misma autoridad absoluta que cuando ella lo conoció. Su esmoquin italiano, cortado a la perfección milimétrica, se ajustaba a unos hombros amplios que irradiaban un poder primitivo. Su mandíbula, marcada y perfectamente afeitada, parecía tallada en piedra, y sus ojos oscuros, fríos como el invierno más crudo, barrían el lugar con una altivez calculadora. Era un hombre acostumbrado a poseerlo todo, a pisotear a la competencia y a no rendirle cuentas a absolutamente nadie.

Pero lo que hizo que la sangre de Victoria se helara en las venas y sus nudillos se pusieran blancos al apretar la mano de su hijo no fue la mera aparición de Dante. Fue la mujer que venía colgada de su brazo, sonriendo con suficiencia.

Camila.

La que alguna vez fue su mejor amiga. La persona a la que Victoria le abrió las puertas de su casa, a la que le confió sus inseguridades más profundas, sus miedos de juventud y los secretos más íntimos de su matrimonio. Camila solía tomar té en su sala de estar, abrazarla cuando se sentía sola y fingir una lealtad inquebrantable mientras, a sus espaldas, tejía la red de mentiras más vil y destructiva que un ser humano pudiera imaginar. Ahora, la mujer lucía un vestido de alta costura deslumbrante, cargado de lentejuelas que brillaban bajo los reflectores, y se movía con la seguridad rotunda de quien creía haber ganado la partida definitiva, habiendo ocupado el puesto que por derecho y por ley le había pertenecido a Victoria.

Dos años. Habían transcurrido exactamente veinticuatro meses desde la última vez que Victoria vio los ojos de Dante de aquel modo. Veinticuatro meses desde aquella noche de tormenta implacable en la que él la arrojó a la calle como si fuera un desperdicio, creyendo a pies juntillas las acusaciones infundadas de infidelidad que Camila había plantado en su cabeza. Él ni siquiera se había tomado la molestia de investigarlo por su cuenta; la ciega confianza que le guardaba a su supuesta confidente pesó mucho más que dos años de matrimonio, que las promesas hechas frente al altar y que el amor genuino que Victoria le profesaba. La había juzgado, condenado y ejecutado social y emocionalmente sin derecho a réplica.

—Victoria, hija, ¿está todo bien? —la voz grave y experimentada de su padre la sacó de golpe del abismo de sus recuerdos.

Eduardo Miller se colocó a su lado, con el rostro endurecido por la furia contenida al ver a los recién llegados, y siguió la dirección exacta de su mirada—. Si te incomoda su presencia, podemos retirarnos ahora mismo. Que se jodan los inversores y la gala. Nadie nos obliga a soportar esta clase de insolencia bajo nuestro propio techo corporativo.

Victoria apretó los labios con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre. Una marea de recuerdos amargos —las lágrimas solitarias en un departamento prestado, el dolor físico y emocional de pasar las náuseas del embarazo sin nadie que le sostuviera la mano, el miedo constante a perderlo todo cuando apenas era una muchacha de veintidós años— amenazó con desbordarla. Sin embargo, bajó la vista hacia el suelo. Lucas seguía allí, tranquilo, jugando de forma inocente con el dobladillo de su costoso vestido de seda, totalmente ajeno al drama de los adultos.




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