El murmullo de los invitados alrededor de Dante De Luca pareció disolverse en un eco lejano, ahogado por el latido ensordecedor que golpeaba contra sus sienes. Sus ojos oscuros seguían fijos en Victoria, como si intentara descifrar un jeroglífico imposible. Cada segundo que pasaba congelado en medio de aquel salón de lujo era una eternidad en la que su cerebro intentaba procesar la magnitud del abismo que se abría bajo sus pies.
A pocos metros de distancia, la tensión entre ambos era un cable de alta tensión a punto de romperse. Victoria no había apartado la mirada ni un solo segundo. Le sostenía el pulso con una frialdad glacial, disfrutando, casi con crueldad contenida, del momento exacto en que la máscara de absoluta invulnerabilidad del poderoso CEO se agrietaba frente a todo el mundo.
—Dante, amor, ¿te pasa algo? Estás pálido —la voz meliflua de Camila rompió el hechizo, sacándolo de su estupor.
La mujer se había percatado de que su prometido había dejado de escucharla por completo y seguía una línea de visión muy concreta. Camila frunció el ceño, confundida, y giró la cabeza para ver qué era lo que había paralizado al hombre más poderoso de la sala.
Cuando sus ojos chocaron con la figura de Victoria Miller de pie, erguida, elegante y con una mirada cargada de un veneno silencioso, la sonrisa ensayada de Camila se congeló en sus labios. El color abandonó su rostro de golpe. Su mano, que hasta hacía un segundo descansaba con familiaridad sobre el brazo de Dante, se tensó y retrocedió por instinto.
—No... no puede ser —murmuró Camila para sí misma, con un hilo de voz apenas audible que se perdió entre la música clásica del fondo.
Pero lo peor no fue ver a Victoria. Lo peor, lo verdaderamente aterrador para Camila, fue bajar la mirada y encontrarse con los grandes ojos oscuros del pequeño Lucas, quien, en ese instante, se había asombrado por una luz brillante del techo y miraba directamente hacia ellos, ladeando la cabecita con una inocencia desarmante. El parecido físico era una bofetada sin manos. La línea de la mandíbula, la forma de mirar, la altivez innata incluso a esa corta edad: era la copia exacta de Dante De Luca a los dos años.
Dante reaccionó con la agilidad mental que lo había llevado a amasar su inmensa fortuna. Apartó el brazo de Camila con un movimiento seco, casi grosero, ignorando el respingo de asombro que ella dio. Sus pasos, largos y decididos, comenzaron a cortar la distancia que los separaba, ignorando por completo los saludos a medias de los empresarios que intentaban captar su atención al pasar.
Eduardo Miller notó el avance inmediato del CEO. Su cuerpo se tensó de inmediato y dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre Dante y su hija, como un oso protector defendiendo a su cría.
—Vaya, parece que el señor De Luca ha olvidado las buenas maneras al caminar —soltó Eduardo con una voz ronca y cargada de desprecio, sin bajar la guardia ni un instante—. Aunque, supongo que la sorpresa de ver a personas reales en lugar de números en una hoja de cálculo suele desconcertar a cualquiera.
Dante se detuvo a escasos metros de ellos. Su respiración era profunda, contenida por un esfuerzo titánico de autocontrol. Ignoró por completo al patriarca de los Miller; sus ojos oscuros, ardientes de una furia sorda y una confusión abrumadora, se clavaron directamente en los de Victoria.
—Victoria —dijo su nombre como si fuera un rasguño, un eco áspero que no se atrevía a creer del todo. Su mandíbula se contrajo con tanta fuerza que los músculos se le marcaron en el rostro—. Explícame qué significa esto.
La mención directa, desprovista de cualquier protocolo social, hizo que algunos curiosos cercanos contuvieran la respiración. Victoria no se inmutó. Al contrario, soltó una risa corta, seca y amarga, que destilaba años de dolor acumulado.
—¿Significa qué, Dante? —respondió ella con una serenidad pasmosa, inclinando ligeramente la cabeza hacia un lado—. ¿Acaso la alta sociedad te ha atrofiado la vista y ya no sabes distinguir a una mujer y a un niño en una gala benéfica? Creí que tu nivel intelectual daba para más.
—No juegues conmigo, Victoria —siseó él, dando un paso más hacia adelante, ignorando la mirada asesina que le dirigía Eduardo Miller—. Las matemáticas no mienten. Dos años. Ese niño...
—¿Ese niño qué? —lo interrumpió Victoria con voz tajante, dando un paso al frente para acortar la distancia, plantándose cara a cara con el hombre que un día le juró amor eterno antes de tirarla a los leones—. ¿Acaso te sorprende ver que sobreviví? ¿O te molesta que el fruto de la infidelidad de la que me acusaste tan alegremente tenga una fecha de nacimiento que no encaja con tus patéticas mentiras?
El golpe dialéctico dio de lleno en el blanco. Dante sintió que el aire le quemaba los pulmones. Recordó la noche en que la echó, el odio ciego con el que firmó los papeles, la seguridad absoluta con la que Camila le había jurado que Victoria lo engañaba con un socio de la competencia. En ese instante, las piezas del engranaje mental de Dante comenzaron a rechinar de forma dolorosa. Si las fechas daban... si el niño tenía casi dos años y se habían divorciado hace exactamente veinticuatro meses... significaba que cuando la echó a la calle bajo la lluvia, con una maleta y sin importarle su llanto, Victoria ya estaba embarazada.
Significaba que él mismo la había empujado al abismo, creyendo ciegamente en la serpiente que ahora mismo temblaba de miedo al otro lado del salón.
—Estabas... estabas embarazada cuando te fuiste —la voz de Dante perdió toda la autoridad, transformándose en un susurro áspero, casi incrédulo, mientras sus ojos bajaban de nuevo hacia Lucas, quien se aferraba con más fuerza a la pierna de su madre, sintiendo la energía pesada entre los adultos.
—¡Claro que lo estaba, idiota! —estalló Victoria por fin, dejando escapar una chispa del fuego que llevaba guardando en el alma durante dos años enteros, aunque su voz no subió de tono, manteniendo una dignidad implacable—. Pero a ti no te importó comprobar la verdad. Preferiste creerle a tu amiguita del alma, firmaste los papeles de un plumazo y me sacaste de tu vida como si fuera basura. ¿Y ahora vienes a exigir explicaciones con esa cara de asombro? No tienes ningún derecho. Ni sobre mí, ni mucho menos sobre mi hijo.
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Editado: 31.07.2026