El sonido de la lluvia al golpear contra los cristales del ventanal era el único ruido que competía con los balbuceos juguetones de Lucas. Había pasado exactamente una semana desde aquella noche en el hotel Grand Imperial, siete días en los que el teléfono de Victoria no había dejado de vibrar. Las llamadas de su padre se repetían a diario para informarle lo mismo con frustración contenida: Dante De Luca no dejaba de acosarlo. El magnate exigía una reunión, un espacio, una tregua para hablar del niño. Pero la respuesta de Victoria siempre había sido un tajante y definitivo «no». No quería verlo. El simple hecho de pronunciar su nombre le devolvía el sabor amargo de la traición.
Victoria vivía en un moderno departamento en el centro de la ciudad, un espacio luminoso y cálido que ella misma había decorado con esmero. Aunque la mansión de sus padres era colosal y rebosaba de comodidades, ella se había negado a criar allí a su hijo. Necesitaba construir un hogar propio, un reducto de paz donde las únicas reglas las pusieran ella y el pequeño Lucas.
En la sala, alfombrada con una textura suave, Lucas jugaba sentado entre bloques de madera de colores. A sus casi dos años, su desarrollo era una mezcla de energía desbordante y la torpeza tierna de su edad: aún no hilvanaba oraciones completas, limitándose a soltar palabras sueltas o frases cortas a medias, y aunque intentaba correr por toda la casa, su equilibrio dependía por completo de que alguien le sostuviera una manita; si se soltaba, sus pequeños pasos se aceleraban tanto que terminaba dando tumbos hasta caer sentado entre risas.
—A ver, mi campeón, cuidado con la torre —le sonrió Victoria, agachándose para ayudarlo a enderezar un bloque mal colocado.
Lucas soltó una risita aguda y le entregó un cubo azul, balbuceando algo ininteligible que ella ya había aprendido a traducir como "para ti, mami".
De pronto, el timbre de la puerta principal rompió la tranquilidad de la tarde. Victoria frunció el ceño, mirando el reloj de la pared. Nadie de su círculo solía aparecer sin avisar. Su padre siempre llamaba antes, y cualquier servicio de entrega estaba descartado. Con un nudo repentino en el estómago —el miedo constante de que Dante hubiera encontrado su dirección se había instalado en su mente—, se puso de pie con cautela, caminó por el pasillo y miró a través de la mirilla.
El aire se escapó de sus pulmones, pero esta vez de alivio. Al otro lado del umbral, cargando una bolsa de papel con pasteles y una sonrisa amable, estaba Mateo.
Victoria abrió la puerta de inmediato.
—¡Hola, Vicky! Espero no interrumpir, pero pasé por la pastelería de la esquina y me acordé de ti —dijo Mateo con esa naturalidad cálida que lo caracterizaba.
Mateo era instructor en la clínica de maternidad y crianza a la que Victoria había asistido en los meses más duros tras dar a luz. Lo que comenzó como un consejo profesional se había transformado, con el tiempo, en una amistad sólida y sincera. Mateo se había convertido en un pilar invisible en su vida, alguien que nunca juzgaba y que adoraba a Lucas con una paciencia infinita. A sus treinta años, con su suéter de punto desaliñado y sus ojos claros llenos de bondad, representaba exactamente lo opuesto al mundo implacable y calculador del que Victoria había huido.
—No interrumpes para nada, Mateo. Pasa, por favor —respondió ella, haciéndose a un lado para dejarlo pasar.
Apenas el visitante cruzó la entrada, una pequeña sombra salió corriendo desde la sala. Lucas, intentando dar pasos rápidos y agitando los brazos para no perder el equilibrio, se abalanzó sobre las piernas de Mateo, abrazándose a sus pantalones con fuerza.
—¡Mate! ¡Mate! —exclamó el niño con entusiasmo, levantando la carita con una sonrisa radiante.
Mateo soltó una carcajada suave, se arrodilló de inmediato y revolvió con cariño los rizos castaños del pequeño.
—¡Pero miren a este hombrecito! ¿Cómo está el mejor ayudante del mundo? A ver, dame los cinco —le dijo, chocando su palma contra la manita regordeta de Lucas, quien soltó una risita encantada.
Mientras Mateo se quedaba jugando con el niño en la alfombra, montando una torre improvisada de cubos, Victoria fue a la cocina a preparar té. El ambiente era tan hogareño y seguro que, por unos minutos, logró olvidar la pesadilla de la gala. Sin embargo, al regresar con las tazas humeantes y ver la complicidad entre su amigo y su hijo, el peso de lo que había callado durante toda la semana comenzó a apretarle el pecho.
Mateo levantó la vista al recibir su taza y notó la sombra en el rostro de Victoria. Su sonrisa se desvaneció un poco.
—Te pasa algo —afirmó con suavidad, sin presionar, dándole el espacio para hablar—. Y no tiene que ver con la guardería ni con los berrinches de Lucas. ¿Ocurrió algo esta semana, Vicky?
Victoria dejó la taza sobre la mesa de centro con un movimiento lento. Exhaló un suspiro largo, sintiendo que ya no podía guardárselo más. Si había una persona en el mundo en la que podía confiar plenamente, era en él.
—Hace una semana fui a la gala benéfica de mis padres... y lo vi, Mateo —comenzó diciendo Victoria, con la voz temblando ligeramente al pronunciar aquellas palabras—. Vi al hombre del que te conté hace tiempo. Al padre de Lucas.
Mateo se quedó inmóvil. Aunque conocía a grandes rasgos la historia —el abandono, las mentiras de la supuesta amiga, el dolor de un embarazo en solitario—, jamás había visto a Victoria tan alterada. Dejó el cubo que sostenía en las manos y prestó total atención.
—¿Dante De Luca? —preguntó Mateo con voz grave, un destello de genuina preocupación cruzando su mirada clara.
—En persona —asintió Victoria, pasándose las manos por los brazos como si aún sintiera el frío de aquella noche—. Fue un caos. Se enteró de todo en cuanto vio a Lucas. Las matemáticas no fallan y supo de inmediato que el niño es suyo. Desde entonces, no ha parado de acosar a mi padre pidiendo hablar conmigo, exigiendo derechos, queriendo meterse en nuestras vidas. Pero yo no quiero verlo, Mateo. No puedo verlo. Después de todo lo que me hizo, después de creerme una cualquiera y tirarme a la calle, ¿con qué cara se atreve a aparecer ahora?
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Editado: 31.07.2026