A pocos kilómetros de distancia del refugio luminoso de Victoria, el ambiente en el despacho privado de Dante De Luca era exactamente el opuesto: denso, oscuro y cargado de una electricidad estática que rozaba la violencia.
La imponente oficina ocupaba el piso más alto del rascacielos De Luca, con ventanales de suelo a techo que ofrecían una vista panorámica de la ciudad iluminada. Sin embargo, en ese momento, las cortinas estaban cerradas a medias y la única iluminación provenía de la lámpara de diseño sobre el escritorio de caoba.
Dante estaba de pie frente al ventanal, con una copa de whisky en la mano que apenas había probado. Su mandíbula seguía tan tensa como la noche de la gala. Llevaba siete días intentando programar una reunión con Eduardo Miller, siete días de llamadas educadamente rechazadas, negativas rotundas y puertas cerradas en sus narices. El patriarca de los Miller se estaba encargando de hacerle pagar con creces la humillación que su hija había sufrido dos años atrás.
—Señor De Luca —la voz de su asistente personal, Franco, interrumpió el silencio sepulcral del despacho, resonando desde la puerta entreabierta.
Dante no se giró de inmediato. Tomó un trago lento del licor antes de responder con voz áspera:
—Dime que conseguiste la dirección.
—Sí y no, señor —respondió Franco con cautela, avanzando unos pasos y depositando una carpeta sobre el borde del escritorio—. Investigadores privados confirmaron que la señora Victoria Miller no está viviendo en la mansión familiar de los Miller. Desde hace más de un año adquirió un departamento propio en la zona exclusiva de Palermo. Es un complejo moderno, con alta seguridad y control de acceso estricto. Intenté coordinar una visita formal a nombre de la empresa, pero el personal de seguridad tiene órdenes directas de la familia Miller: prohibida la entrada a cualquier emisario suyo.
Dante apretó el cristal de la copa con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. El alcohol quemaba en su garganta, pero el verdadero fuego ardía en su cabeza. Su mente, acostumbrada a resolver cualquier crisis corporativa en cuestión de horas mediante acuerdos, dinero o presión legal, se estrellaba contra un muro invisible: el rencor de una madre.
—¿Y sobre el niño? —preguntó Dante, girándose lentamente para clavar sus ojos oscuros en su asistente. Su voz sonó baja, casi un susurro peligroso—. Dame los detalles exactos del registro.
Franco abrió la carpeta y sacó un par de hojas impresas con discreción.
—Se llama Lucas Miller. Nació en una clínica privada de la capital hace exactamente un año y diez meses. El certificado de nacimiento consta únicamente con los apellidos de la madre. Legalmente, usted no figura en ninguna parte, señor. Si decide iniciar una batalla judicial por la patria potestad o el reconocimiento de paternidad, el proceso podría tardar meses... o incluso años, dado el peso político y financiero que los Miller tienen en los tribunales.
—¿Meses? —replicó Dante, soltando una risa corta, seca y cargada de una furia gélida—. No tengo meses, Franco. Mi hijo tiene casi dos años y lleva viviendo en este mundo sin que yo supiera de su existencia.
Al pensar en eso, una rabia sorda y amarga le recorrió las venas. Para Dante, la traición de Victoria seguía siendo una herida abierta y sucia. Él estaba convencido de que ella lo había engañado con aquel socio, de que el matrimonio se había roto por la infidelidad de ella, y de que el embarazo era el resultado de esa aventura. Sin embargo, por mucho que la culpabilidad de ella fuera un hecho en su mente, las matemáticas no perdonaban: si el niño tenía casi dos años y se habían divorciado hace veinticuatro meses, ese crío llevaba su sangre. Era su heredero, un De Luca, y la idea de que otro hombre pudiera acercarse a su hijo o que Victoria pretendiera excluirlo de la vida del pequeño encendía en él un instinto posesivo y salvaje.
—La vía judicial es demasiado lenta y ruidosa —murmuró Dante, paseando por la oficina con pasos firmes, calculando cada jugada como si se tratara de una adquisición hostil en la bolsa de valores—. Si los Miller creen que van a mantenerme alejado de mi propio hijo mediante secretismo y seguridad privada, me subestiman profundamente.
Franco tragó saliva, conociendo de sobra esa expresión en el rostro de su jefe. Cuando Dante se ponía esa máscara de determinación absoluta, nada ni nadie podía detenerlo.
—¿Qué planea hacer, señor? ¿Ir directamente al departamento?
Dante se detuvo frente al ventanal, observando el tráfico de la ciudad que fluía en la noche como un río de luces artificiales. Su mente ya había trazado el plan. No iba a esperar a que Eduardo Miller se dignara a responderle el teléfono. No iba a permitir que los abogados jugaran al desgaste en un juzgado.
—No voy a ir como un intruso a tocar la puerta para que me la cierren en la cara —respondió Dante con una calma glacial, un brillo oscuro y decidido cruzando su mirada—. Voy a asegurarme de que Victoria no tenga más remedio que escucharme cara a cara, por las buenas o por las malas. Prepara el auto para mañana por la mañana. Voy a mover mis propias fichas.
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Editado: 31.07.2026