La mañana del sábado se presentaba luminosa y fresca. Victoria y Mateo habían extendido una manta a cuadros sobre el césped verde del parque situado a media cuadra del edificio, disfrutando de un ambiente relajado y de la suave brisa. Lucas gateaba y jugueteaba sobre la tela, pero en cuanto vio a un grupo de niños corriendo un poco más allá, su curiosidad infantil pudo más. Con una sonrisa pícara, se puso de pie y se lanzó a caminar a tropezones, dando pasos rápidos y tambaleantes hacia ellos, mientras Victoria y Mateo lo observaban con una sonrisa cómplice y conversaban animadamente al mismo tiempo.
Entre risas y charlas cotidianas, los segundos pasaron. De repente, Victoria giró la cabeza para vigilar al pequeño y notó que ya no estaba en el grupo de niños. Su corazón dio un vuelco.
—Lucas... —murmuró ella, poniéndose de pie de un salto, con el pánico asomándose en su mirada.
—Aquí ta —se escuchó una vocecita alegre y cantarina justo detrás de ellos.
Victoria y Mateo se giraron de inmediato. Detrás del banco de césped, de pie y con una postura imponente pero calmada, estaba Dante De Luca. Y en sus brazos, sostenido con una firmeza natural, se encontraba el pequeño Lucas, quien lo miraba con total curiosidad, jugando con la solapa del costoso traje de su padre.
El aire pareció congelarse en los pulmones de Victoria. Sin pensarlo un solo segundo, se abalanzó sobre él y le arrebató al niño de los brazos, pegándolo a su pecho con desesperación, mientras retrocedía un paso y lo miraba con fiereza.
—¡No vuelvas a tocar a mi hijo! —le advirtió Victoria con la voz temblorosa de rabia, cubriendo a Lucas con su cuerpo.
Dante soltó un suspiro profundo, pasando una mano por su cabello perfectamente peinado. No venía gritando ni alterado; su postura era la de un hombre acostumbrado a calcular cada movimiento, aunque la tensión en su mandíbula delataba el esfuerzo que le costaba mantener la calma. Su mirada oscura se desvió un instante hacia Mateo, quien se había puesto de pie de inmediato, flanqueando a Victoria con una postura protectora. Dante observó a Mateo con fría indiferencia antes de volver a centrar toda su atención en la madre de su hijo.
—Necesitamos hablar, Victoria —dijo Dante con voz grave, midiendo cada palabra.
—Yo no tengo absolutamente nada de qué hablar contigo —espetó ella, negando con la cabeza y apretando al niño con más fuerza—. Vuelve por donde viniste y no te acerques a nosotros.
—No me estás entendiendo —respondió Dante, dando un paso al frente, con un tono implacable que no admitía réplica—. Podemos hacer esto por las buenas, sentarnos civilizadamente y llegar a un acuerdo sobre mi hijo. O podemos irnos por la vía legal. Pero te aseguro que a ti no te iría nada bien si decido ir a los tribunales; tengo los mejores abogados del país, los recursos necesarios y el tiempo para demostrar quién soy. Y al final, de una u otra forma, voy a estar en la vida de Lucas.
Las palabras cayeron como una sentencia de muerte sobre los hombros de Victoria. El terror puro le heló la sangre. Sabía perfectamente el poder que los abogados corporativos de Dante tenían; una batalla legal contra él podría destruirla y arrebatarle lo que más amaba en este mundo.
La rabia y el odio le quemaron la garganta, haciendo que su voz sonara helada y filosa cuando volvió a hablar:
—No te atreverías... —siseó Victoria, con los ojos anegados en un coraje absoluto, odiando la facilidad con la que él podía acorralarla.
— Pruébame —respondió Dante sin vacilar, sosteniéndole la mirada con una seriedad pasmosa—. Mañana a las diez de la mañana. En mi oficina. Espero que estés allí, Victoria, porque si no me presento yo mismo aquí.
Dante dio media vuelta con paso firme, alejándose del parque bajo la atenta y tensa mirada de Mateo. Victoria se quedó inmóvil, con el pecho agitado, sabiendo que ya no tenía escapatoria. Había perdido la batalla de la huida; al día siguiente, tendría que pisar el rascacios de los De Luca y ver al hombre que destruyó su pasado para negociar el futuro de su hijo.
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Editado: 31.07.2026