El domingo por la mañana, el reloj de pulsera marcó las nueve y cincuenta y cinco minutos exactos cuando el taxi se detuvo frente a la imponente estructura de cristal y acero del edificio De Luca.
Victoria se quedó mirando la fachada desde el interior del vehículo, sintiendo cómo las manos le temblaban ligeramente sobre el regazo. Llevaba puesto un traje sastre en tono gris perla, sobrio y elegante, una coraza destinada a recordarle a sí misma que ya no era aquella muchacha de veintidós años que huyó llorando de ese mismo mundo. Ahora era madre, y proteger a Lucas era su única misión.
—¿Segura que no quieres que suba contigo, Vicky? Puedo esperarte en la cafetería de enfrente —le había dicho Mateo esa misma mañana antes de salir, con una mezcla de preocupación y apoyo incondicional en los ojos.
Pero Victoria se había negado. Tenía que enfrentar a Dante a solas. Demostrar debilidad frente a él era firmar su propia sentencia.
Al entrar al vestíbulo principal, el piso de granito pulido reflejó sus pasos firmes. Las recepcionistas, al notar su presencia y reconocerla de inmediato —los ecos de su antiguo matrimonio seguían vivos entre los empleados más antiguos—, la miraron con asombro silencioso, pero ninguna se atrevió a detenerla. El propio Franco, el asistente personal de Dante, la esperaba junto a los ascensores privados con una expresión formal y respetuosa.
—Buenos días, señora Miller. El señor De Luca la espera en el último piso —indicó Franco, marcando la tarjeta de acceso dorada que abrió las puertas de inmediato.
El trayecto en el ascensor privado pareció eterno. El panel digital ascendía con rapidez vertiginosa, marcando los pisos hasta detenerse con un suave ding en la planta baja de las decisiones: el despacho ejecutivo.
Las puertas se abrieron directamente a una antesala silenciosa que conectaba con la oficina principal. Victoria caminó por el pasillo alfombrado con pasos medidos, tragando saliva con dificultad. Empujó la puerta de caoba sin previo aviso y entró.
Dante estaba de pie junto al ventanal de suelo a techo, con la chaqueta del traje colgada en el respaldo de su sillón ejecutivo y las mangas de la camisa blanca ligeramente dobladas hacia arriba. Al escuchar el sonido de la puerta, se giró lentamente.
Sus ojos oscuros recorrieron la figura de Victoria, deteniéndose un instante en la rigidez de su postura antes de cruzarse con su mirada. Ninguno de los dos dijo una palabra durante los primeros segundos; el aire entre ellos se sentía denso, cargado de dos años de reproches silencios y heridas mal cicatrizadas.
—Puntual. Como siempre —rompió el hielo Dante, con voz grave y controlada, rompiendo la distancia al caminar hacia el escritorio—. Me alegra que hayas decidido venir por las buenas, Victoria. Te habría ahorrado un desgaste innecesario con los tribunales.
Victoria dio un paso al frente, cerrando la puerta a sus espaldas con un golpe seco que resonó en la oficina. Sus ojos destellaban un fuego helado.
—No vine por las buenas, Dante. Vine porque utilizaste una amenaza barata y cobarde para acorralarme —espetó ella sin filtros, sin intenciones de jugar a la diplomacia corporativa—. Así que ahórrate los formalidades. ¿Qué es lo que quieres? ¿Firmar papeles? ¿Ver al niño? Di lo tuyo de una vez para largarme de este lugar.
Dante no se inmutó ante su hostilidad. Al contrario, caminó despacio hasta detenerse a pocos metros de ella, lo suficientemente cerca como para que Victoria volviera a percibir ese aroma a sándalo y colonia cara que tanto conocía del pasado.
—Lo que quiero es simple, Victoria: recuperar el tiempo perdido con mi hijo —respondió Dante, manteniendo la voz firme, aunque la tensión en su mandíbula delataba que se estaba conteniendo—. No voy a permitir que Lucas crezca llamando "papá" a cualquier desconocido, ni voy a aceptar que tú intentes borrarme de su vida por un error que cometiste..
—¡El único error aquí fuiste tú! —le soltó Victoria a la cara, con la voz quebrada por una mezcla de ira y dolor puro—. ¡Me echaste a la calle cuando más te necesitaba, Dante! ¿Acaso te acuerdas de eso? Estaba embarazada, sola, asustada, y tú firmaste un papel con una frialdad insoportable porque preferiste creerle a una mentirosa antes que a tu propia esposa. ¡Y ahora pretendes aparecerte como si nada con aires de dueño!
El golpe de sus palabras resonó en la gran oficina. Dante sintió que la culpa, un eco sordo que intentaba aplastar, volvía a quemarle el pecho. Sin embargo, su orgullo y su naturaleza posesiva se encendieron como una respuesta defensiva.
—Pero eso no cambia la realidad, Victoria. Ese niño lleva mi sangre. Y nos guste o no a los dos, vamos a tener que aprender a lidiar con esto.
—No voy a compartir a mi hijo contigo —respondió ella con un hilo de voz lleno de resolución, levantando la barbilla para sostenerle la mirada—. Haré lo que sea necesario.
Dante soltó una sonrisa sin gracia, una mueca fría que no llegó a sus ojos oscuros.
—No tienes opción, Victoria. Desde este momento, establecemos un régimen de visitas. Y te sugiero que cooperes, porque si intentas apartarme de nuevo, te juro que esta oficina se convertirá en tu peor pesadilla.
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Editado: 31.07.2026