El silencio que siguió a la advertencia de Dante fue tan denso que parecía tener peso propio. Victoria se mantuvo firme, con las manos apretadas en puños dentro de los bolsillos de su saco sastre, negándose a parpadear frente al hombre que pretendía arrebatarle la paz que tanto le había costado construir.
—¿Un régimen de visitas? —repitió Victoria con una sonrisa helada, cargada de una mezcla de desprecio y furia contenida—. Hablas como si estuvieras negociando la adquisición de una empresa, Dante. Estás hablando de un niño de casi dos años, un bebé que ni siquiera sabe quién eres, al que pretendes arrancar de su rutina de la noche a la mañana solo porque tu ego herido no tolera que se te haya ocultado algo.
—No es una negociación, Victoria, es un hecho —replicó Dante con voz implacable, dando un paso más para acortar la distancia entre ambos—. No voy a renunciar a mi hijo. Tuviste dos años para hacer tu vida, para ocultármelo y mantenerlo lejos, pero ese tiempo se acabó. A partir de esta semana, Lucas pasará tiempo conmigo.
—¡Ni lo sueñes! —estalló ella, perdiendo por fin la compostura glacial que había intentado mantener desde que cruzó la puerta—. No te voy a entregar a mi hijo para que lo uses como un trofeo o un recordatorio de tu poder. Si quieres verlo, tendrás que pasar por encima de mí... y te aseguro que los tribunales no te lo van a poner tan fácil como crees.
Dante soltó un suspiro pesado, pasándose una mano por la nuca con visible frustración. Odiaba chocar contra esa pared de resistencia absoluta, pero su mente calculadora ya había trazado el camino a seguir. Sabía que una guerra en los juzgados sería ruidosa, mediática y desgastante para todos, incluido el niño. Él no quería una batalla campal; quería el control, y quería que Victoria entendiera que resistírsele era una causa perdida.
—Podemos pasar los próximos seis meses destruyéndonos en los tribunales, ventilando nuestra vida privada en las revistas de negocios y asustando al niño con disputas legales —dijo Dante con una calma glacial, volviendo a mirarla directamente a los ojos—. O podemos hacerlo de forma civilizada. Tú pones las condiciones iniciales: el lugar, el tiempo, las horas... siempre y cuando yo empiece a convivir con mi hijo esta misma semana. Si cooperas, te prometo que no tendré que recurrir a medidas drásticas.
Victoria sintió que el estómago se le encogía. Las opciones que le daba eran un insulto, pero el trasfondo era una amenaza velada que conocía demasiado bien. Dante De Luca cumplía siempre lo que prometía, y la idea de que pudiera iniciar un proceso legal agresivo la aterraba por completo. Quedarse sin Lucas era su peor pesadilla.
—Eres un manipulador sin entrañas —susurró Victoria, con los ojos ardiendo de lágrimas que se negó a dejar caer—. Me destruiste hace dos años, y ahora pretendes hacer lo mismo con nuestra vida.
Las palabras golpearon a Dante con más fuerza de la que él mismo habría esperado. El eco de aquella noche de lluvia en la que la echó de la mansión resonó en su memoria, mezclado con la culpa sorda que intentaba reprimir. Pero su fachada de CEO intocable no se derrumbó; se limitó a endurecer la mandíbula.
—Haz lo que tengas que hacer, Victoria, pero piénsalo bien —respondió él con voz ronca, volviendo a tomar asiento tras su escritorio y tomando una carpeta de cuero negro—. Mañana por la tarde quiero ver al niño. En un lugar neutral, donde él se sienta cómodo. Me mandarás la dirección a través de Franco. Y te sugiero que estés presente, por el bien de Lucas.
Victoria lo miró con un odio profundo, sintiendo que cada célula de su cuerpo rechazaba esa imposición. Dio media vuelta sin agregar una sola palabra más, abrió la puerta de un golpe seco y salió de la oficina a zancadas, dejando atrás el rascacielos con el corazón latiéndole a mil por hora y la certeza de que su pesadilla apenas comenzaba.
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Editado: 31.07.2026