El lunes por la mañana, la tensión en el rascacielos De Luca se cortaba con un cuchillo. Después del ultimátum que le había dado a Victoria, Dante tenía la cabeza puesta en un solo objetivo: coordinar el encuentro con su hijo para esa misma semana. Sin embargo, antes de que pudiera revisar los detalles logísticos que Franco le había preparado, la puerta de su despacho privado se abrió de golpe sin previo aviso.
Dante levantó la vista del monitor con el ceño fruncido, dispuesto a reprender al intruso por la falta de protocolo. Las palabras se le congelaron en la garganta.
Allí estaba Camila.
Llevaba un abrigo de lana fina color camel, el rostro perfectamente maquillado como siempre, pero con una expresión de desesperación y furia mal disimulada que desentonaba por completo con su habitual fachada de falsa elegancia. Ella era su prometida ante los ojos de la alta sociedad, la mujer con la que había asistido del brazo a la gala benéfica apenas una semana atrás, creyendo todavía que podía mantener una fachada de normalidad a su lado.
—¿Quién te dio permiso para subir hasta aquí sin anunciarte? —preguntó Dante con voz helada, poniéndose de pie lentamente detrás del escritorio, con una mirada que podría haber congelado el fuego.
—¿Ibas a ignorarme, Dante? Desde la noche de la gala apenas y me has dirigido la palabra, no contestas mis llamadas y actúas como si yo fuera una completa desconocida —respondió Camila, avanzando hacia el escritorio con los ojos inyectados en rabia y una desesperación palpable—. Me enteré de lo que pasó en la gala. Me enteré de que esa maldita aparecida de Victoria tiene un hijo. Un hijo que es tuyo.
Dante apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Verla allí, parada en su oficina, era como remover una herida infectada y recordar el origen de su propia desgracia.
La historia entre ellos era una cadena de manipulación y deudas morales. Dos años atrás, cuando Dante se divorció de Victoria creyendo ciegamente en las supuestas pruebas de infidelidad que Camila le había presentado tan hábilmente, su mundo personal se derrumbó. En medio del dolor, la rabia y el resentimiento, Dante se descuidó por completo. Hundió todo su enfoque en trabajar de manera obsesiva, pero su mente estaba fracturada. Cometió errores imperdonables de juicio que provocaron que su empresa sufriera pérdidas financieras muy significativas, poniendo en riesgo el imperio que tanto le había costado construir.
En ese momento de extrema vulnerabilidad, el padre de Camila —un viejo socio del sector industrial— había aparecido como un supuesto salvador, ofreciéndole un préstamo multimillonario para rescatar las acciones de la compañía y evitar la quiebra técnica. Al mismo tiempo, Camila se había instalado a su lado, consolándolo, cuidándolo y fingiendo ser su roca inquebrantable.
Agradecido por el rescate financiero que había salvado su legado y sintiéndose en deuda moral con la familia de Camila, Dante había accedido a comprometerse con ella un año atrás, llevándola a eventos exclusivos como la reciente gala. Había sido un compromiso frío, basado en la lealtad corporativa y el agradecimiento, no en el amor.
Pero la verdad había salido a la luz apenas un par de semanas antes de la gala. Gracias a una auditoría interna y a informes de sus propios investigadores privados, Dante descubrió el pastel: todo había sido una elaborada farsa. Las supuestas pruebas de infidelidad de Victoria habían sido fabricadas por la propia Camila para destruir su matrimonio y abrirse camino hacia él. Y el "rescate financiero" del padre de Camila había sido una maniobra coordinada para acorralarlo y obligarlo a comprometerse con su hija, asegurándose una posición de poder dentro del imperio De Luca.
En cuanto ató cabos y confirmó la traición, Dante rompió todo trato personal con ella y planeaba despojarla de cualquier vínculo formal, aunque la aparición repentina del hijo de Victoria había alterado todas sus prioridades de golpe.
—Descarada —espetó Dante, con una voz baja y peligrosa que hizo que Camila retrocediera un paso instintivamente—. Tienes el valor de pisar mi empresa después de todo lo que descubrí. ¿Acaso creíste que tu jueguito de mentiras iba a quedar impune solo porque sigues luciendo el anillo de compromiso que te di por gratitud?
—¡Yo lo hice porque te amaba, Dante! —gritó Camila perdiendo los estribos, con lágrimas de frustración resbalándole por las mejillas—. ¡Victoria no te merecía! Yo te saqué a flote cuando tu empresa se caía a pedazos, yo convencí a mi padre de que te prestara el dinero para salvar tu maldito imperio... ¡Y ahora me cambias por una cualquiera y un crío que apareció de la nada!
—Cierra la boca —le advirtió Dante, rodeando el escritorio con pasos lentos y amenazantes, con una oscuridad en la mirada que asustó a la propia Camila—. No vuelvas a pronunciar el nombre de Victoria ni el de mi hijo con esa sucia boca. Lo único que hiciste fue manipularme utilizando mi peor momento, inventando mentiras para destruir mi matrimonio y tendiéndome una trampa con el dinero de tu padre. El compromiso está terminado y lo sabes; lo único que me detenía de destruirte por completo era limpiar este desastre.
Camila temblaba de ira y humillación, viendo que ya no le quedaba ninguna carta por jugar. El título de prometida que ostentaba ante la sociedad se había derrumbado por completo.
—Me vas a pagar esto, Dante —siseó Camila con odio puro, apretando los dientes antes de girarse con brusquedad—. No creas que te vas a salir con la suya con Victoria y ese mocoso. Si yo no te tengo, nadie te va a tener.
Dante la vio marchar sin inmutarse, pero un mal presentimiento se instaló en su pecho. Camila estaba arrinconada, y una persona desesperada es capaz de cometer cualquier locura.
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Editado: 31.07.2026