Habían pasado cuatro años desde la última vez que habló con Daniel Rivas, el chico que una vez le prometió que siempre estaría a su lado. Cuatro años desde aquella despedida en la estación de autobuses, cuando él se marchó para perseguir su sueño de convertirse en jugador profesional de voleibol.
Y lo había logrado.
Ahora su rostro aparecía en revistas deportivas, anuncios y programas de televisión. Todos hablaban del gran Daniel Rivas, el capitán de la selección nacional.
Camila, por su parte, llevaba una vida tranquila. Trabajaba en una cafetería y estudiaba diseño gráfico. Había intentado dejar el pasado atrás.
Hasta aquella mañana.
—Camila, ¿puedes entregar este pedido al gimnasio municipal? —preguntó su jefe.
—Claro.
Tomó las cajas de café y bocadillos y caminó hasta el gimnasio.
Al entrar, escuchó aplausos y gritos.
Un equipo profesional entrenaba en la cancha.
Camila apenas levantó la vista.
Pero entonces oyó una voz familiar.
—¡Buen saque!
Su corazón se detuvo.
Conocía esa voz.
Lentamente giró la cabeza.
Y allí estaba.
Más alto, más fuerte y con la misma sonrisa que había sido capaz de alegrarle los peores días.
Daniel.
Él también la vio.
Durante unos segundos el ruido del gimnasio desapareció.
Ninguno de los dos habló.
Ninguno de los dos se movió.
Hasta que Daniel dio un paso adelante.
—¿Camila?
Ella sintió un nudo en la garganta.
—Hola, Daniel.
El capitán del equipo sonrió con nerviosismo.
—No puedo creer que seas tú.
Camila tampoco podía creerlo.
Porque después de cuatro años, los sentimientos que creía olvidados acababan de despertar.
Y eso era exactamente lo que más miedo le daba.
Continuará...