Mi Guardaespaldas

Capítulo 2

Los primeros días con Diego fueron un ejercicio de paciencia para ambos.

Valentina descubrió que su nuevo guardaespaldas era como una sombra: siempre ahí, siempre presente, pero sin hacer ruido. La esperaba fuera de cada aula, con la espalda recta y los brazos cruzados, como una estatua viviente que solo se movía cuando ella aparecía.

—¿No tienes nada mejor que hacer? —le preguntó el miércoles, al salir de su clase de Economía.

—Protegerla es mi única tarea —respondió él, sin inmutarse.

—Podrías leer un libro. O mirar el teléfono. O... no sé, ¿existir un poco más?

Diego la miró con esa expresión que ya empezaba a conocer: paciencia infinita mezclada con un leve destello de irritación.

—Existir lo suficiente para mantenerla viva. ¿Eso le sirve?

Valentina rodó los ojos y siguió caminando. Diego la siguió a tres pasos de distancia, justo como había hecho durante toda la semana.

El jueves, después de su clase de Administración, Valentina salió del aula junto a Lucía y Carla. Las tres iban riendo por algo que Carla había dicho, mientras caminaban por el pasillo principal de la universidad.

Diego iba unos metros detrás de ellas. Lo suficiente para no invadir su espacio, pero lo bastante cerca para reaccionar ante cualquier amenaza.

—En serio, Carla, no puedes decirle eso al profesor —se reía Lucía—. ¿"Su bigote le da autoridad"? ¿Quién dice eso?

—Yo —respondió Carla con orgullo—. Y funcionó. Me puso un punto extra por "originalidad".

—Eso no es originalidad, es descaro —dijo Valentina, riendo también.

Fue entonces cuando lo sintió.

Una mano que se posaba sobre su hombro desde atrás. Un movimiento rápido, sigiloso, que venía por su espalda.

Antes de que pudiera girarse, todo ocurrió en segundos.

Diego apareció de la nada. Literalmente. Un segundo estaba a cinco metros, y al siguiente ya tenía a la persona del brazo contra la pared, con una llave que inmovilizaba cualquier intento de movimiento.

—¡Ay! —gritó la voz masculina—. ¡¿Qué haces?!

Valentina se giró con el corazón en la garganta.

—¡Diego! —exclamó, reconociendo la voz—. ¡Déjalo! ¡Es Mateo!

Diego no soltó la llave. Su rostro era una máscara de piedra, con el ceño profundamente fruncido.

—Que se identifique —dijo, con una voz que no admitía discusión.

—¡Es mi novio, idiota! —Valentina se abalanzó sobre él, golpeándole el brazo—. ¡Suéltalo ahora mismo!

Diego dudó un segundo. Sus ojos oscuros recorrieron a Mateo de arriba abajo, evaluando. Luego, con lentitud deliberada, aflojó la presión y lo soltó.

Mateo se enderezó, ajustándose la camisa arrugada y el cabello despeinado. Su rostro estaba rojo, y no precisamente por el esfuerzo.

—¿Pero quién te crees que eres? —bufó, señalando a Diego con un dedo acusador—. ¿Qué clase de salvaje ataca a la gente así?

—Alguien que hace su trabajo —respondió Diego con una frialdad que cortaba el aire—. Usted se acercó por detrás sin ser identificado. Mi protocolo es neutralizar la amenaza.

—¿Amenaza? —Mateo soltó una risa que sonó forzada—. Soy el novio de Valentina. ¿No ves que estábamos bromeando?

Diego no respondió. En lugar de eso, sacó una pequeña libreta negra del bolsillo interior de su chaqueta, junto con un bolígrafo.

—Su nombre —dijo, mirando a Mateo con una calma exasperante.

—¿Qué?

—Su nombre completo. Para mis registros.

Mateo lo miró como si hubiera hablado en otro idioma. Luego, con una sonrisa despectiva que a Valentina le resultó incómodamente familiar, se cruzó de brazos.

—No tengo por qué darle mi nombre a un simple empleado. Tú solo eres un guardaespaldas contratado. Yo soy... bueno, yo soy alguien importante aquí.

El silencio que siguió fue helado.

Valentina sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No por lo que Mateo había dicho, sino por cómo lo había dicho. Con ese tono altanero que ella misma usaba a veces, pero que en él sonaba... feo.

Diego, sin embargo, no se inmutó. Cerró la libreta con un movimiento seco y guardó el bolígrafo.

—Entendido —dijo, con una voz que no dejaba espacio para réplicas—. Entonces, señor "alguien importante", manténgase a cinco metros de distancia de la señorita Mendoza en todo momento. Si vuelve a acercarse sin previo aviso, consideraré que es una amenaza y actuaré en consecuencia.

—¿Cinco metros? —Mateo abrió los ojos con incredulidad—. ¡Pero si es mi novia!

—Entonces actúe como tal. —Diego dio un paso al frente, y aunque su tono seguía siendo profesional, había algo en su mirada que hacía que Mateo diera un paso atrás—. Preséntese. Anuncie su llegada. No se acerque por sorpresa. ¿Queda claro?

Mateo abrió la boca para decir algo, pero Valentina lo interrumpió antes de que pudiera empeorar la situación.

—Mateo —dijo, con una voz que intentaba sonar calmada pero que temblaba ligeramente—. Solo dale tu nombre. No vale la pena discutir.

Mateo la miró con una mezcla de sorpresa y ofensa. Pero finalmente, con un bufido, soltó:

—Mateo Gutiérrez del Castillo. ¿Contento?

Diego anotó el nombre en su libreta sin levantar la vista.

—Gracias. —Guardó la libreta y se colocó detrás de Valentina, a la distancia justa—. Pueden continuar.

—¿Continuar? —Mateo soltó una risa incrédula—. ¿Continuar qué? ¡Me acabas de atacar!

—Ya está identificado. —Diego alzó una ceja con una paciencia que parecía infinita—. Ahora puede acercarse.

Mateo lo miró con odio, pero finalmente se acercó a Valentina y la abrazó. Un abrazo largo, posesivo, como si quisiera marcar territorio.

—¿Estás bien, cariño? —preguntó, con una voz que era un susurro exageradamente dulce.

—Sí, sí. —Valentina se rió, incómoda por la escena pero aliviada de que todo hubiera terminado—. No le hagas caso. Es su trabajo.

—Pues su trabajo es una mierda.

—Mateo —lo reprendió ella, aunque sin demasiado enfado.




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