Mi Guardaespaldas

Capítulo 3

El viernes llegó más rápido de lo que Valentina esperaba.

Estaba emocionada. Una noche en el parque de diversiones con Mateo, lejos de las obligaciones de la universidad y de la mirada constante de su guardaespaldas... bueno, no tan lejos de esa última parte.

Porque Diego, por supuesto, insistió en acompañarlos.

—Es mi trabajo —dijo, cuando Valentina intentó convencerlo de que se quedara en casa—. Además, su padre me pidió que no la perdiera de vista en lugares concurridos.

—¿Y no puedes esperar en el coche? —preguntó Mateo, con un tono que intentaba sonar casual pero que delataba su molestia.

—No.

—¿Ni siquiera en la entrada?

—No.

—¿En un banco, al menos?

—No.

Mateo apretó los dientes. Valentina tuvo que morderse el labio para no reírse.

—Está bien —dijo ella, tomando a Mateo del brazo—. Que venga. Pero se queda atrás. ¿Vale?

—Atrás —repitió Diego, sin cambiar su expresión—. Como siempre.

Y así fue como los tres terminaron en el parque de diversiones, con las luces de la noria iluminando el cielo nocturno y el olor a algodón de azúcar flotando en el aire.

El parque estaba lleno de familias, parejas y grupos de amigos. Valentina iba tomada de la mano de Mateo, con un vestido rojo que combinaba perfectamente con su actitud despreocupada. Diego caminaba unos pasos detrás, como una sombra vestida de traje oscuro.

—¿Ves? —dijo Mateo, señalando la noria gigante—. Vamos a subir. Desde arriba se ve toda la ciudad. Es súper romántico.

—Me encanta —respondió Valentina, emocionada.

Mientras hacían la fila, Mateo se volvió hacia Diego con una sonrisa burlona.

—Oye, guardaespaldas —dijo, alzando la voz—. ¿No te da miedo la altura? Porque si te da miedo, puedes esperarnos abajo. No queremos que te desmayes.

Diego no cambió su expresión.

—La altura no me preocupa —respondió con voz plana—. Lo que me preocupa es que usted se caiga y yo tenga que explicar por qué no lo atrapé a tiempo.

—¿Qué quisiste decir con eso?

—Nada. —Diego alzó una ceja con una paciencia exasperante—. Solo digo que la noria es alta. Y las caídas pueden ser... dolorosas.

Valentina soltó una risa que intentó disimular con un carraspeo.

—Diego —dijo, aunque sus ojos brillaban de diversión—. Mateo solo bromeaba.

—Yo también.

—No te creo —murmuró Mateo, pero no insistió.

Cuando subieron a la noria, Mateo aprovechó para rodear a Valentina con el brazo y susurrarle algo al oído. Ella se rió y le dio un beso en la mejilla.

Diego, en la cabina de atrás, miraba el horizonte con interés fingido.

Después de la noria, caminaron hacia la zona de juegos. Mateo se detuvo en una carpa de tiro al blanco y, después de varios intentos fallidos, logró derribar suficientes latas para ganar un oso de peluche .

—Para mi princesa —dijo, entregándoselo a Valentina con una sonrisa de oreja a oreja.

Valentina abrazó el peluche, un oso blanco suave, con una sonrisa genuina.

—¡Es precioso! Gracias, amor.

Y sin pensarlo, lo besó en los labios. Un beso largo, dulce, que duró varios segundos.

Cuando se separaron, Valentina notó que Diego había desviado la mirada. Estaba mirando hacia otro lado, con las manos en los bolsillos, como si el puesto de algodón de azúcar fuera lo más interesante del mundo.

—¿Qué pasa, guardaespaldas? —dijo Mateo, notando su gesto—. ¿Nunca has visto a una pareja besarse?

Diego lo miró con una frialdad que habría congelado el mar.

—Sí —respondió—. Pero prefiero no mirar. Por respeto.

—¿Respeto? —Mateo soltó una risa—. ¿A quién le tienes respeto?

—A su novia. —Diego se volvió hacia la fila del siguiente juego—. Ya que usted no parece tenerlo.

El comentario cayó como un balde de agua fría.

Mateo abrió la boca para responder, pero Valentina lo interrumpió.

—Mateo, déjalo —dijo, apretándole la mano—. Vamos a la montaña rusa.

—Pero...

—Vamos.

Mateo la miró, frustrado, pero finalmente asintió y la siguió.

Diego, detrás de ellos, esbozó una sonrisa casi imperceptible.

La noche continuó entre juegos, risas y más comentarios sarcásticos de parte de ambos hombres.

En un puesto de tiro con arco, Mateo intentó impresionar a Valentina con su puntería, pero falló estrepitosamente.

—No es mi día —dijo, encogiéndose de hombros.

—¿Quiere que intente? —preguntó Diego, con un tono que sonaba inocente pero que claramente no lo era.

Mateo lo miró con desprecio.

—¿Tú sabes usar un arco?

—Sé usar muchas cosas.

—Pues demuéstralo.

Diego tomó el arco, apuntó sin pensarlo demasiado y dio en el blanco. Tres veces seguidas.

Mateo se quedó con la boca abierta.

—Suerte —dijo finalmente.

—Sí —respondió Diego, devolviendo el arco—. Seguro.

Valentina se rió entre dientes, y Mateo la miró con una mezcla de ofensa y sorpresa.

—¿Te parece gracioso?

—No, amor —dijo ella, aunque no podía ocultar la sonrisa—. Solo que... bueno, tiene puntería.

—Cualquiera tiene puntería con un arco de feria.

—Claro —dijo Diego, con esa calma irritante—. Cualquiera.

Más tarde, mientras caminaban por el paseo de comida, Mateo anunció que iba al baño.

—Vuelvo enseguida —dijo, dando un beso rápido a Valentina—. ¿Quieres algo de comer mientras tanto?

—Un algodón de azúcar —respondió ella, señalando el puesto cercano—. El rosa.

—Perfecto. —Mateo se alejó con paso confiado.

Valentina se quedó sola con Diego, algo que todavía no le resultaba cómodo. El hombre seguía mirando a su alrededor, escaneando cada rincón como si esperara que algo saltara de la nada.

—¿No te cansas de estar siempre en alerta? —preguntó ella, rompiendo el silencio.

—Es mi trabajo.

—Ya, pero podrías relajarte un poco. Nadie va a atacarnos en un parque de diversiones.

Diego la miró. Por primera vez en la noche, sus ojos se fijaron en ella con una intensidad que la hizo estremecerse.




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