Mi Guardaespaldas

Capítulo 4

Valentina no recordaba cuánto tiempo llevaba sentada en el coche, Diego estaba adentro hablando con sus padres, cuando su teléfono vibró.

El nombre de Mateo apareció en la pantalla, y su corazón dio un vuelco. Con dedos aún temblorosos, deslizó el dedo para responder.

—¿Mateo? —su voz salió más aguda de lo que quería—. ¿Estás bien? ¿Dónde estás?

—Tranquila, amor —la voz de él sonó al otro lado, un poco entrecortada pero firme—. Estoy bien. Ya salí del parque. La policía me escoltó hasta la salida. ¿Y tú? ¿Dónde estás?

—En casa —respondió ella, mirando la fachada iluminada de la mansión—. Diego me trajo. No podía esperarte, había demasiados disparos y...

—Lo sé, lo sé. —Mateo la interrumpió—. No te preocupes. Lo importante es que estás bien. Yo también estoy bien.

Valentina sintió que un peso enorme se le quitaba de encima.

—¿Estás seguro? ¿No te pasó nada?

—Nada, amor. Solo un susto. —Hubo una pausa breve—. Oye, ¿ese guardaespaldas tuyo te llevó bien? ¿No te hizo nada raro?

—No, Mateo. Me protegió. —Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas—. De verdad, me cubrió con su cuerpo y...

—Bueno, bueno —la interrumpió él, con un tono que sonaba incómodo—. Me alegra que estés bien. Mañana hablamos, ¿vale? Ahora necesito descansar.

—Claro. —Valentina asintió, aunque él no podía verla—. Cuídate.

—Tú también, cariño. Te quiero.

—Yo también.

Colgó y se quedó mirando el teléfono en blanco. La conversación había sido tan rápida, tan... superficial. Mateo no había preguntado por los detalles, no había mostrado curiosidad por cómo había escapado.

Quizá está en shock —pensó—. O quizá solo quiere olvidarlo.

La puerta de la mansión se abrió, y su madre, Alicia, salió corriendo con el rostro desencajado.

—¡Valentina! —gritó, abrazándola con tanta fuerza que casi la asfixia—. ¡Gracias a Dios estás bien! Diego nos contó todo. ¡Dios mío, hija, pensé que te había pasado algo!

—Mamá, tranquila —dijo Valentina, devolviéndole el abrazo—. Estoy bien. Diego me sacó de allí.

—Ya lo sé, ya lo sé. —Alicia la separó para mirarla de arriba abajo, como si buscara heridas invisibles—. ¿Te duele algo? ¿Te hicieron daño?

—No, mamá. Estoy bien. Solo asustada.

Su padre apareció en la puerta con el teléfono en la mano y el ceño fruncido.

—He llamado a la policía. Están investigando lo ocurrido. —Se acercó a su hija y la abrazó con un gesto más contenido pero igual de preocupado—. Hija, ¿estás segura de que estás bien?

—Sí, papá. —Valentina se sintió pequeña entre los brazos de sus padres, como una niña otra vez—. Diego... él me protegió. No me dejó volver atrás.

Carlos miró por encima de la cabeza de su hija hacia Diego, que estaba de pie a unos metros, con las manos a los costados y el rostro impasible.

—Gracias, Diego —dijo, con una voz que mezclaba gratitud y seriedad—. Has cumplido tu trabajo. Y más.

—Es mi deber, señor —respondió Diego, con un leve asentimiento.

Alicia, aún con el brazo alrededor de los hombros de su hija, miró a su marido con una expresión que Valentina conocía bien. Era su "cara de decisión irrevocable".

—Carlos —dijo—. No podemos permitir que esto vuelva a pasar. Esa gente sabe quién es nuestra hija. Saben dónde está. Y ahora...

—Lo sé, Alicia. —Carlos suspiró—. Pero estamos en casa. Tenemos seguridad. Los guardaespaldas en el perímetro, las cámaras...

—Y si entran igual que entraron al parque —lo interrumpió ella—. No me importa. Quiero que Diego se quede aquí. En la casa. Esta noche y las que hagan falta.

Valentina abrió la boca para protestar, pero su madre la fulminó con una mirada que no admitía réplica.

—No es negociable, Valentina. Si esos hombres intentaron llevártela en el parque, no me fío ni de nuestras propias paredes. Diego se queda.

Diego, que había permanecido en silencio, habló por primera vez.

—Señora, si usted lo prefiere, puedo hacer guardia en el exterior. No es necesario que...

—No. —Alicia lo cortó con firmeza—. Quiero que estés dentro. En la casa. Si pasa algo, quiero que estés cerca de ella.

Diego la miró un largo segundo, como evaluando la situación. Luego asintió.

—Como usted ordene, señora.

Valentina sintió un nudo en el estómago.

¿Diego? ¿Durmiendo en mi casa?

La idea era tan extraña como incómoda.

La mansión Mendoza tenía suficientes habitaciones para albergar a un ejército, pero eso no hizo que la situación fuera menos tensa.

Mientras los criados preparaban una habitación para Diego en el ala este de la casa, cerca de la de Valentina, para desgracia de ella, la cena familiar se desarrolló en un silencio incómodo.

Valentina apenas tocó la comida. Su madre no paraba de servirle cosas, como si llenar su plato pudiera borrar lo que había pasado.

—Come, hija —insistió Alicia—. Necesitas fuerzas.

—No tengo hambre, mamá.

—No me importa. Come.

Valentina tomó el tenedor y movió la comida sin realmente llevársela a la boca.

Diego estaba sentado al final de la mesa, en un lugar que normalmente ocupaba algún invitado de negocios. Tenía un plato frente a él, pero apenas había comido. Su mirada recorría la estancia con ese hábito profesional que ya empezaba a resultarle familiar a Valentina.

—Diego —dijo Carlos, rompiendo el silencio—. ¿Qué sabe de los hombres del parque?

Diego dejó el tenedor con cuidado.

—Poco aún, señor. Iban encapuchados, armados. Disparaban al aire, como para crear pánico. Pero dos de ellos se acercaron directamente a la señorita Valentina cuando intentaba salir.

—¿Y cree que iban por ella? —preguntó Alicia, con voz temblorosa.

—Sí, señora. —Diego no dudó—. No fue un ataque al azar. El parque estaba lleno de gente. Si hubieran querido causar daño masivo, lo habrían hecho. Pero se concentraron en nuestra dirección. Eso significa que sabían dónde estaba ella.




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