Valentina despertó a las siete de la mañana con una mezcla de aburrimiento y frustración.
Sábado. Sin clase. Sin salidas. Sin planes.
Sus padres, aún con el susto del parque fresco en la memoria, le habían prohibido salir de casa durante todo el fin de semana.
—Ni al jardín, hija —había dicho su madre con firmeza—. Te quedas dentro hasta que sepamos algo.
—¿Y si quiero tomar aire?
—Abres la ventana.
—¿Y si quiero ver a mis amigas?
—Las llamas por videollamada.
—¿Y si quiero...
—No.
Valentina había resoplado con tanta fuerza que casi se despeina. Pero sabía que era inútil discutir. Cuando sus padres se ponían así, no había quien los moviera.
Así que allí estaba, a las siete de la mañana de un sábado, sin saber qué hacer con su vida.
Hasta que recordó que la mansión tenía un gimnasio privado.
—Al menos puedo quemar algo de energía —murmuró, mientras se ponía una malla deportiva negra y un top sin mangas—. Y de paso, me pongo en forma para cuando pueda salir.
No era una mentira. Le gustaba mantenerse activa, aunque sus clases de baile ya le daban suficiente ejercicio.
—
Bajó las escaleras con paso decidido, con el cabello recogido en una coleta alta y el rostro fresco sin una gota de maquillaje. Atravesó el pasillo hasta la puerta del gimnasio y la abrió sin pensar.
Y se quedó congelada en el umbral.
Diego estaba allí.
Haciendo lagartijas.
Sin camiseta.
Valentina parpadeó. Una vez. Dos veces. Tres.
No era suficiente.
El hombre llevaba un ritmo perfecto: subía y bajaba con una precisión mecánica, los brazos tensos, los hombros anchos, la espalda marcada con músculos que parecían esculpidos en piedra. El sudor brillaba sobre su piel morena, resbalando por la curva de su columna y perdiéndose en la cintura de sus pantalones de entrenamiento.
Y los tatuajes.
Dios, los tatuajes.
Uno grande en su hombro derecho, de diseño tribal pero con un toque moderno. Otro más pequeño en el antebrazo izquierdo, una frase en latín que ella no pudo leer desde donde estaba. Y en su costado, casi oculto por el movimiento, algo que parecía una línea de coordenadas.
Valentina sintió que la boca se le secaba.
No mires —se ordenó a sí misma—. No mires. No. Mires.
Pero miraba.
Porque era imposible no hacerlo.
Diego la sintió antes de verla. Se detuvo a medio movimiento, con los brazos extendidos y el pecho casi rozando el suelo, y levantó la cabeza para mirarla.
—Señorita —dijo, con una voz que sonó más ronca de lo normal por el esfuerzo—. Buenos días.
—B-buenos días —logró articular ella, con una voz que apenas reconocía como suya—. No sabía que... que estabas aquí.
—Siempre entreno a esta hora. —Se incorporó lentamente, sin prisas, y se puso de pie. Valentina tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no bajar la mirada—. 5:30. Todos los días.
—¿T-todos los días? —repitió ella, sintiéndose increíblemente idiota.
—Todos. —Diego tomó una toalla blanca que estaba en el banco cercano y se secó el rostro, luego el cuello, luego los hombros. Valentina siguió cada movimiento con los ojos, incapaz de apartarlos—. ¿Usted también entrena?
—A veces —mintió. La última vez que había entrado a ese gimnasio fue hace tres meses, y solo para tomarse una foto en la máquina de elíptica—. Hoy me apetecía.
—Entonces no la molesto. —Diego se giró hacia una de las máquinas, pero Valentina lo detuvo.
—No, no. No molestas. —Se sintió ridícula inmediatamente después de decirlo—. Quiero decir... el gimnasio es grande. Podemos... entrenar los dos. Sin problemas.
Diego la miró. Por un segundo, sus ojos recorrieron su cuerpo con una lentitud que ella sintió como una caricia invisible. Pero su rostro no cambió.
—Como usted quiera.
Valentina se movió hacia la cinta de correr con pasos que esperaba que parecieran seguros. Subió, programó una velocidad moderada y empezó a caminar.
Pero no podía concentrarse.
Porque Diego, a solo tres metros de distancia, se había colocado en la barra de dominadas.
Y comenzó a hacerlas.
Valentina apretó los dientes y fijó la mirada en el panel de la máquina. 5 minutos. 6. 7. Cualquier cosa menos mirarlo.
Pero su mente traicionera reprodujo la imagen de él haciendo lagartijas. Los músculos de su espalda tensándose. El sudor. Los tatuajes. La forma en que su cuerpo se movía con una precisión casi animal.
—¿Se encuentra bien, señorita?
La voz de Diego la sobresaltó. Levantó la vista y lo vio de pie frente a la cinta, con el rostro ligeramente inclinado y una expresión que mezclaba curiosidad y algo más que ella no supo identificar.
—Sí, sí —respondió rápidamente—. ¿Por qué?
—Porque lleva ocho minutos caminando a la misma velocidad y no ha subido ni una sola vez la intensidad. —Sus labios se curvaron en algo que casi era una sonrisa—. Normalmente, cuando la gente viene a entrenar, suda.
Valentina sintió que las mejillas le ardían.
—Soy... estoy calentando.
—Lleva ocho minutos calentando. —Diego apoyó una mano en el borde de la cinta, cerca de ella—. Si sigue así, no quemará ni una caloría.
—¿Y a ti qué te importa? —respondió ella, con un tono más cortante de lo que pretendía.
Diego inclinó la cabeza.
—Solo observo.
—¿Observar mi entrenamiento también es tu trabajo?
—Todo lo que tiene que ver con usted es mi trabajo. —Su voz era plana, pero sus ojos brillaban con un destello burlón—. Incluyendo cuando hace ejercicio sin convicción.
Valentina apretó los dientes y aumentó la velocidad de la cinta.
—¿Así? —preguntó, con el corazón ya acelerado por el esfuerzo.
—Mejor.
—¿Y ahora?
—Sigue mejor.
—¿Y ahora?
—Casi llegando.
—¡Ya basta! —exclamó, bajando la velocidad de golpe—. No necesito tus comentarios sobre mi entrenamiento.
Editado: 24.08.2026