Mi Guardaespaldas

Capítulo 6

Han pasado dos semanas desde aquel sábado en el gimnasio.

Dos semanas de miradas furtivas, comentarios sarcásticos y una tensión que crece como una planta silvestre. Valentina ha intentado olvidar lo que Diego le dijo aquella noche en el pasillo. "Entonces no dormiré nunca." Pero las palabras se repiten en su cabeza como un eco, cada vez que él la mira, cada vez que su mano roza la suya al pasar.

También ha intentado olvidar la imagen de él sin camiseta. Los tatuajes. El sudor. La forma en que sus músculos se movían bajo la piel.

Y ha fracasado estrepitosamente.

Por suerte, el sábado ha llegado. Ha invitado a Lucía y Carla, y también a Mateo, a pasar la tarde en la piscina de la mansión. Es la primera vez que puede hacer algo remotamente normal desde el incidente del parque, y está decidida a disfrutarlo.

—¿Qué te pones? —se pregunta, mirando su armario lleno de trajes de baño caros.

Finalmente elige uno: un bikini color turquesa de la marca más exclusiva, con diminutas tiras que apenas cubren lo necesario y un corte que deja poco a la imaginación. Es provocador, sí. Pero es para la piscina. Y además, está en su casa.

—Perfecto —dice, ajustándose las tiras en los hombros y echándose el cabello hacia atrás.

Salió de su habitación con una toalla al hombro y la confianza de quien sabe que se ve bien. Y entonces lo vio.

Diego salía de la suya, que estaba justo enfrente. Vestía una camiseta negra y pantalones de entrenamiento, el cabello aún húmedo de una ducha reciente.

Y cuando la vio, se detuvo.

Valentina lo vio. Esa fracción de segundo en la que sus ojos recorrieron su cuerpo de arriba abajo. Desde sus pies descalzos hasta sus piernas, pasando por la curva de su cintura, el borde de su bikini, y finalmente sus ojos.

Fue breve. Casi imperceptible.

Pero ella lo vio.

Y entonces él desvió la mirada, como si se hubiera quemado.

—Buenos días —dijo ella, con una sonrisa que era pura provocación.

—Buenos días —respondió él, sin mirarla.

—¿No vas a decir nada?

Diego la miró. Su rostro era una máscara de piedra, pero algo en sus ojos delataba que no era tan impasible como aparentaba.

—No tengo nada que decir.

—¿Nada? —Valentina dio un paso hacia él—. ¿Ni siquiera un comentario sobre mi bikini?

Diego apretó la mandíbula.

—No es apropiado.

—¿Qué no es apropiado? ¿Mi bikini o que lo menciones?

—Ambos.

Valentina soltó una risa.

—Eres tan serio, Diego. ¿No sabes divertirte?

—Mi trabajo no es divertirme.

—Ya, ya. —Valentina pasó a su lado, rozándolo con el hombro—. Pero hoy es sábado. He invitado a mis amigas y a Mateo a la piscina. Y voy a disfrutarlo. Con o sin tu permiso.

—No puede salir —dijo él, con la voz firme.

—¿Cómo que no puedo salir?

—Sus padres dijeron que no puede salir de casa. —Diego cruzó los brazos—. Y la piscina está fuera.

Valentina se giró, incrédula.

—¿En serio? ¿La piscina? ¿Eso es fuera de casa?

—Sí. Está en el jardín. El jardín está fuera. —Su tono era de una paciencia exasperante—. Y las reglas dicen que no puede salir. Así que no.

—¡Es mi casa! —exclamó ella, plantándose frente a él con las manos en las caderas—. Puedo ir a mi piscina si quiero.

—No es seguro.

—La piscina es segurísima. —Señaló hacia la ventana del pasillo—. Tiene valla, tiene sistemas de seguridad, y además tú estás aquí. ¿Qué más quieres?

—Quiero que usted se ponga algo más... —Diego hizo una pausa, buscando la palabra adecuada—. Más cubierto.

Valentina levantó una ceja.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué?

—Porque... —Diego apretó la mandíbula—. Porque es peligroso.

—¿Mi bikini es peligroso?

—Su bikini es... —Diego la miró a los ojos, y por un segundo, su máscara profesional se resquebrajó—. Es una distracción.

Valentina sintió un cosquilleo en el estómago.

—¿Una distracción?

—Sí. —Diego dio un paso al frente—. Para los que tenemos que vigilarla. Usted sabe muy bien lo que hace.

—No tengo ni idea de lo que hablas —dijo ella, con una inocencia fingida que era más peligrosa que su bikini.

—Sí, sabe. —Diego la miró fijamente—. Usted sabe que ese bikini va a llamar la atención. Y sabe que eso puede ser un problema.

—¿Un problema para quién?

—Para mí. —La palabra salió antes de que pudiera detenerla. Diego cerró los ojos un segundo, como si se arrepintiera de haber hablado—. Para mi trabajo.

Valentina sonrió. Una sonrisa triunfal.

—Entonces, ¿te distrae mi bikini?

—No dije eso.

—Lo dijiste.

—Dije que era una distracción.

—Es lo mismo.

Diego la miró con una mezcla de frustración y algo que ella no supo identificar.

—Usted es imposible —dijo finalmente.

—Y tú eres un aguafiestas. —Valentina pasó a su lado, rozándolo con el hombro—. Bajo a la piscina. Y si quieres, puedes venir a vigilarme. Pero no vas a impedir que disfrute de mi sábado.

Diego la vio alejarse con un suspiro que parecía salir del fondo de su alma.

Esa mujer me va a matar —pensó—. No de un balazo. De un infarto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.