Mi Guardaespaldas

Capítulo 7

El timbre sonó a las dos de la tarde.

Valentina abrió la puerta con una sonrisa radiante. Sus amigas estaban allí, con sus bolsas de playa y sus bikinis igualmente provocadores.

—¡Vale! —gritó Lucía, abrazándola—. ¡Necesitaba esto! Mi vida es un aburrimiento total.

—¡Y yo! —Carla la abrazó también—. Hace dos semanas que no salgo de casa. Estoy como una loca.

—Pues hoy vamos a relajarnos —dijo Valentina, guiándolas hacia el jardín—. Hay snacks, bebidas y la piscina más grande de la ciudad.

—Y tú con ese bikini —susurró Lucía, alzando una ceja—. ¿Estás segura de que no quieres impresionar a alguien?

—No sé de qué hablas —respondió Valentina, aunque sus mejillas se sonrojaron.

Mateo llegó veinte minutos después, con una camisa de lino y una sonrisa de niño rico.

—Cariño —dijo, besándola en los labios—. Te ves espectacular.

—Gracias, amor. —Valentina lo tomó de la mano y lo llevó hacia la piscina—. Ven, tenemos una tarde increíble planeada.

La tarde fue perfecta. El sol brillaba, el agua estaba a la temperatura ideal, y los snacks eran deliciosos. Valentina se tiró a la piscina con sus amigas, riendo y salpicándose como si no tuvieran un cuidado en el mundo.

Mateo se quedó en el borde, con un vaso de limonada en la mano, mirándolas con una sonrisa que intentaba ser indulgente pero que tenía un dejo de superioridad.

—¿No te metes? —preguntó Valentina, saliendo del agua con el bikini pegado al cuerpo.

—Prefiero mirar —respondió él, con una sonrisa que a ella le pareció un poco forzada—. Así puedo apreciar la vista.

Valentina se rió y le dio un beso rápido.

Diego, desde la terraza, observaba la escena con los brazos cruzados.

No podía evitar mirarla. Y odiaba que no pudiera evitarlo.

Había movilizado a tres hombres de seguridad adicionales para vigilar los alrededores de la piscina. Estaban colocados en puntos estratégicos, con auriculares y trajes negros que los hacían parecer parte del paisaje.

Pero aún así, no podía quitarse de la cabeza la imagen de Valentina saliendo del agua con ese bikini turquesa.

—Señor —dijo uno de los hombres, acercándose—. Tenemos el perímetro asegurado.

—Bien —respondió Diego, sin apartar la mirada de la piscina—. Rondas cada diez minutos.

—¿Cada diez?

—Cada diez.

Valentina salió de la piscina con una toalla en el hombro y se acercó a la terraza para tomar algo de beber. Cuando vio a Diego, con su traje oscuro y su mirada de pocos amigos, no pudo evitar sonreír.

—¿Sigues aquí? —preguntó, con un tono burlón—. Pensé que te habrías ido a hacer algo más útil.

—Estoy haciendo algo útil —respondió Diego, sin mirarla—. Vigilo su seguridad.

—¿Vigilar mi seguridad? —Valentina se rió—. Estoy en mi casa. En mi piscina. Con mis amigos. ¿Qué va a pasar?

Diego la miró con una expresión que era pura exasperación.

—Usted no entiende, ¿verdad?

—¿Entender qué?

—Que los hombres que vinieron por usted en el parque no se fueron. Están ahí fuera. Y usted, con su actitud de niña consentida, está haciendo mi trabajo más difícil de lo que ya es.

—¿Mi actitud? —Valentina sintió que la sangre se le calentaba—. ¿Mi actitud? ¡Tú eres el que está todo el día con esa cara de pocos amigos! ¡Y encima pones a tus hombres alrededor de la piscina como si fuera una zona de guerra!

—Es una zona de guerra —respondió él, con una calma irritante—. La única diferencia es que usted no lo sabe.

—¡Estoy harta de ti! —exclamó Valentina, con la voz elevada—. ¡De tus reglas, de tus advertencias, de tu cara de malo! ¡No puedo ni disfrutar de un día en mi propia casa sin que tú estés ahí, vigilándome como un buitre!

Diego la miró por un largo segundo. Luego, lentamente, soltó un suspiro tan profundo que pareció vaciarle el alma.

—Está bien —dijo, y su voz sonó más cansada que enfadada—. ¿Quiere que quite a los hombres?

Valentina parpadeó. No esperaba esa respuesta.

—¿Qué?

—Los hombres. Los de seguridad. ¿Quiere que se marchen?

—Bueno... —Valentina dudó—. Sí. Mejor.

Diego se llevó el auricular a la boca.

—Equipo, retírense al perímetro exterior. Rondas cada media hora.

—¿Cada media hora? —preguntó una voz en el auricular.

—Cada media hora —repitió Diego, con un tono que no admitía réplica.

Los hombres empezaron a retirarse lentamente. Valentina sintió una mezcla de satisfacción y algo que no supo identificar. ¿Compasión? ¿Culpa?

—Ya está —dijo Diego, sin mirarla—. Ahora puede disfrutar de su sábado. Sin buitres.

Y sin decir nada más, se giró y caminó hacia la casa.

Valentina se quedó sola en la terraza, con el corazón latiendo con fuerza y una pregunta incómoda flotando en su cabeza.

¿Por qué siento que acabo de ganar una batalla y perder la guerra?




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