La mañana del domingo amaneció con el sol entrando por los ventanales de la habitación de invitados donde Lucía y Carla se habían quedado a dormir. La noche anterior, después de la piscina, las tres amigas habían terminado viendo películas hasta tarde, comiendo palomitas y hablando de todo y de nada.
Valentina se despertó con una idea brillante.
—Chicas —dijo, entrando en la habitación de sus amigas sin previo aviso—. Hoy vamos de compras.
Lucía, que aún estaba medio dormida, levantó una ceja.
—¿No te han prohibido salir?
—Sí —respondió Valentina con una sonrisa pícara—. Pero voy a convencer a mis padres.
—¿Y al guardaespaldas? —preguntó Carla, bostezando—. Ese no parece muy convencible.
—Déjamelo a mí.
—
Bajaron las escaleras juntas, las tres con sus pijamas y el cabello despeinado. En el comedor, los padres de Valentina ya estaban desayunando, y Diego estaba en su lugar habitual, al final de la mesa, con una taza de café en la mano.
—Papá, mamá —dijo Valentina, con su mejor sonrisa de niña buena—. Quería preguntarles si hoy puedo ir al centro comercial con Lucía y Carla.
El silencio que siguió fue elocuente.
—Valentina —dijo su madre, dejando la taza con cuidado—. Sabes que no puedes salir. Es demasiado peligroso.
—Pero mamá...
—No, hija. No vamos a discutir esto otra vez.
Valentina apretó los dientes. Iba a insistir, a hacer un berrinche, a llorar si era necesario. Pero antes de que pudiera abrir la boca, una voz grave interrumpió la escena.
—Señor, señora.
Todos se giraron hacia Diego. Él había dejado su café y estaba mirando a los padres de Valentina con una serenidad que desarmaba cualquier objeción.
—Me encargo personalmente de la seguridad de su hija. No creo que los atacantes actúen tan pronto después de dos intentos fallidos. Estarán reagrupándose, evaluando sus errores. Es el momento perfecto para que la señorita Valentina retome su vida normal. Con precaución, pero sin encerrarla.
Carlos y Alicia intercambiaron una mirada.
—¿Estás seguro, Diego? —preguntó Carlos.
—Completamente, señor. No la perderé de vista ni un segundo.
Alicia suspiró, mirando a su hija con una mezcla de preocupación y resignación.
—Está bien —dijo finalmente—. Pero vuelven antes del anochecer.
—¡Gracias, mamá! —Valentina corrió a abrazar a su madre, y luego, sin pensarlo demasiado, le lanzó una sonrisa triunfal a Diego.
Él, sin embargo, ya estaba revisando su teléfono, probablemente coordinando el plan de seguridad.
—Prepárense —dijo, sin levantar la vista—. Salimos en una hora.
Valentina sintió un cosquilleo de emoción.
Hoy va a ser un día divertido —pensó—. Muy divertido.
—
Dos horas después, el coche negro de Diego se deslizaba por la autopista hacia el centro comercial más exclusivo de la ciudad.
Valentina iba en el asiento del copiloto, con sus amigas detrás. Llevaba un vestido veraniego blanco que combinaba a la perfección con su actitud de domingo despreocupado.
Desde el asiento trasero, Lucía y Carla se miraban con sonrisas cómplices.
—Chicas —dijo Valentina, girándose hacia ellas—. ¿Qué tiendas vamos a visitar primero?
—Zara —respondió Carla.
—Stradivarius —dijo Lucía.
—Las dos —decidió Valentina—. Y luego el spa.
—¿Spa? —Diego frunció el ceño—. No mencionaron spa en el plan.
—Ah, sí —dijo Valentina, con una inocencia fingida—. Es una parada obligatoria. Nosotras vamos a relajarnos un poco. Tú también puedes venir.
Diego apretó el volante con fuerza.
—No necesito relajarme.
—Claro que sí. —Valentina se inclinó hacia él—. Estás todo el día tenso. Un buen masaje te vendría de maravilla.
—No necesito un masaje.
—Lo necesitas. Y no me vas a decir que no.
Diego la miró de reojo, y por un segundo, su mirada fue una advertencia.
—Usted no sabe lo que está diciendo.
—Lo sé perfectamente. —Valentina sonrió, triunfal—. Y hoy vas a hacer lo que yo diga. Es mi día. Y tú eres mi guardaespaldas. Así que te toca obedecer.
Desde atrás, Carla soltó un silbido.
—Vale, este día promete.
Diego no dijo nada. Pero sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el volante.
—
El centro comercial era un laberinto de luces, tiendas y gente elegante. Diego las siguió como una sombra, siempre a tres pasos de distancia, con la mirada escaneando cada rincón.
Pero Valentina no lo dejaba respirar.
—Diego, ven aquí —decía, tirándolo hacia una tienda de ropa—. ¿Qué te parece este vestido?
Diego miraba el vestido con una expresión de total desinterés.
—Es un vestido.
—¿Solo eso? ¿No tienes opinión?
—Mi opinión es que es un vestido.
—Eres terrible para esto. —Valentina se lo ponía delante—. ¿Me queda bien?
Diego la miró. El vestido era corto, rojo, y definitivamente llamativo.
—No es apropiado para la situación —dijo finalmente.
—¿Qué situación?
—La situación de estar en un centro comercial conmigo.
Valentina se rió.
—No sabía que tenías opiniones sobre moda.
—No tengo. Solo sé lo que es seguro y lo que no lo es.
—¿Y un vestido rojo es inseguro?
—Es una distracción.
Valentina sintió un cosquilleo en el estómago. La misma palabra que había usado la semana pasada.
—¿Otra vez con las distracciones?
—Siempre con las distracciones. —Diego se giró para mirar a otro lado, pero no pudo ocultar el tono de su voz—. Usted es una distracción constante.
Lucía y Carla, que estaban en la tienda de al lado, se asomaron para ver la escena.
—¿Están discutiendo? —preguntó Carla, con una sonrisa.
—Siempre discuten —respondió Lucía—. Es su forma de comunicarse.
Valentina se concentró en Diego.
—Vamos al spa —dijo, como si nada hubiera pasado—. Te prometo que te va a gustar.
Diego la miró con una mezcla de resignación y algo que ella no supo identificar.
Editado: 24.08.2026