Después del domingo en el centro comercial y la extraña tregua conseguida entre la cera caliente y la tienda de lencería, el ambiente en la casa debería haber sido más ligero. Sin embargo, al cruzar la puerta del vestíbulo a las siete y media de la mañana, Valentina comprobó que la versión «humana» de Diego Fuentes había desaparecido.
En su lugar, estaba de nuevo la estatua de mármol con traje impecable, corbata oscura y una expresión que parecía decir que el día anterior jamás había existido.
—Buenos días, señorita Mendoza —dijo él, con esa voz plana y protocolaria mientras le abría la puerta del coche.
Valentina se detuvo un segundo antes de subir, ajustándose la correa de su bolso de diseñador. Lo miró fijamente a los ojos, buscando cualquier rastro del hombre que se había quejado de la cera caliente o del que había admitido, a su manera, que ella era una distracción.
No encontró nada. Solo una mirada profesional e impasible.
—Buenos días, Fuentes —respondió ella, marcando el apellido con una pizca de ironía.
Subió al coche y se acomodó en el asiento de cuero. Diego cerró la puerta con la fuerza justa, rodeó el vehículo y se colocó tras el volante. Durante todo el trayecto hacia la universidad, el silencio en el interior fue denso. Valentina miraba por la ventana, pero por el reojo podía ver los nudillos de Diego apretando el volante cada vez que el tráfico se detenía.
Llegaron al campus diez minutos antes de su primera clase. Como era habitual, Diego aparcó en la zona reservada, bajó rápidamente y le abrió la puerta a Valentina.
—La esperaré en el pasillo exterior del edificio de Administración —dijo él, mientras caminaban hacia la entrada principal—. Recuerde que no debe alejarse sin avisarme.
—Tranquilo, no planeo escapar por el conducto de ventilación hoy —mencionó ella, intentando sacarle una sonrisa.
Diego ni siquiera pestañeo.
—Estaré atento por si lo intenta.
Valentina suspiró, frustrada por la muralla de hielo que él había vuelto a levantar alrededor de su persona. Sin embargo, antes de que pudiera decir nada más, una voz familiar resonó desde el final del pasillo.
—¡Cariño!
Mateo caminaba hacia ellos con paso firme, vistiendo una chaqueta de marca y su habitual peinado perfecto. Llevaba dos vasos de café para llevar en la mano y una sonrisa confiada. Pero cuando sus ojos se cruzaron con los de Diego, su gesto se endureció ligeramente.
—Hola, Mateo —dijo Valentina, forzando una sonrisa dulce.
Mateo se acercó, ignorando olímpicamente a Diego, y le entregó uno de los vasos de café a Valentina antes de inclinar su rostro para darle un beso en los labios. No fue un beso rápido de saludo; fue un beso largo, deliberado, con una mano posada en su cintura para tirar de ella hacia su cuerpo.
Era un gesto demasiado público, demasiado calculado. Estaba marcando terreno.
Valentina se sintió incómoda. Normalmente no le molestaban las demostraciones de afecto de Mateo, pero con la presencia de Diego a solo dos metros de distancia, la escena le pareció repentinamente fuera de lugar, casi fingida. Se separó suavemente de él con una risa nerviosa.
—Gracias por el café, pero voy justa de tiempo para la clase de Microeconomía.
—Tranquila, te acompaño —dijo Mateo, pasándole el brazo por los hombros y apretándola contra su costado—. Por cierto, ¿qué tal estuvo el resto de tu domingo? Te llamé anoche y me dijiste que estabas cansada.
—Sí, el spa nos dejó agotadas a las chicas.
Mateo soltó una risa ligera y miró de reojo a Diego, que permanecía erguido a tres pasos de distancia, con la mirada clavada en la nada.
—Me alegra que tu «niñera» por fin te dejara respirar un poco —dijo Mateo con tono burlón, lo suficientemente alto para que el guardaespaldas lo escuchara—. Aunque sigo pensando que es ridículo que este tipo tenga que seguirte hasta cuando te haces las uñas.
Valentina sintió un punzazo de molestia.
—Mateo, ya hablamos de esto. Es el trabajo de Diego.
—Ya, ya. Pero un trabajo no debería interrumpir nuestra vida de pareja —repuso Mateo, bajando la voz mientras caminaban por el pasillo toward el aula—. Estaba pensando que este viernes podríamos ir a la finca de mis padres en la montaña. Solo nosotros dos. Sin seguridad, sin miradas encima, sin nadie arruinando el ambiente.
Valentina se detuvo en seco frente a la puerta de su salón.
—Mateo, sabes que mis padres no me van a dejar ir a la montaña. La situación con el intento de secuestro aún no se ha resuelto.
—A tus padres puedo convencerlos yo —insistió Mateo, tomándola de las dos manos con un tono persistente que rayaba en la impaciencia—. Además, han pasado dos semanas. Quienquiera que haya sido ese susto en el parque ya se habrá olvidado. No puedes vivir encerrada por culpa de la paranoia de tus padres... o de este tipo.
Al escuchar la palabra «sustos», Diego dio un paso al frente de forma instintiva. La distancia de tres metros se redujo a uno.
—Señor Gutiérrez —intervino Diego. Su voz no era elevada, pero tenía un peso gravitatorio que hizo que Mateo se tensara—. Lo que ocurrió en el parque no fue un «susto». Fue un ataque coordinado con armas de fuego. La señorita Mendoza no saldrá de la ciudad hasta que la investigación concluya.
Mateo se giró bruscamente hacia él, soltando las manos de Valentina.
—A ti nadie te ha pedido opinión, empleado. Estoy hablando con mi novia.
—Y yo estoy garantizando la vida de la señorita Mendoza —respondió Diego con una frialdad glacial—. Ir a una finca aislada en la montaña en este momento es una falla crítica de seguridad. No va a suceder.
—¿No va a suceder? —Mateo se rió con incredulidad, dando un paso intimidatorio hacia Diego, aunque la diferencia de estatura y corpulencia hacía que el gesto pareciera casi absurdo—. ¿Ahora eres tú quien decide a dónde va mi novia? ¿Quién te crees que eres?
Editado: 24.08.2026